Marta Cruz - La vida después

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Victoria lleva en Nueva York la que parece una vida envidiable: da clase en la universidad, tiene un marido rico y guapo y un ático en el Upper East Side. Cuando recibe la noticia de la muerte de Jan, su mejor amigo, regresa a Madrid para asistir al funeral. Allí se encontrará con la sofisticada Chloe, antiguo amor de Jan; con su hija, la rebelde Solange; con Marga, su esposa; con su excéntrica suegra, Shirley… Un giro de los acontecimientos obligará a Victoria a permanecer en Madrid, donde tendrá que enfrentarse a la desconfianza de cuatro mujeres que nunca creyeron que su amistad con Jan fuese del todo sincera. La vida después es una novela sobre los amigos y el afecto, y también sobre las relaciones entre mujeres. Una historia en torno al complicado mapa de los sentimientos donde hay lugar para los conflictos, los celos y la envidia, pero también para el cariño, la lealtad y la entrega. En estas páginas, Marta Rivera de la Cruz -la novelista de las cosas pequeñas- vuelve a traernos una historia de ternura sobre la que gravita una pregunta fundamental: ¿es posible que dos personas de distinto sexo se quieran sin amarse? ¿Pueden un hombre y una mujer ser nada más que amigos?

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– El caso es que tengo una cinta, una película viejísima que he comprado por eBay, y me gustaría saber qué es exactamente. Me pregunto si podrías echarme una mano.

– No entiendo…

– Me hace falta un proyector. Uno antiguo, supongo.

¿Un proyector antiguo? ¿Una mujer a quien no recordaba -o, al menos, ésa era su esperanza- le estaba pidiendo un proyector para ver Dios sabe qué? Roberto Vidal sopesó la posibilidad de que se tratase de una broma. Sí. Quizá era cosa de sus compañeros. A lo mejor habían contratado a… a una stripper como regalo de jubilación. Tal vez, si le seguía la corriente, aquella mujer se presentaría en la filmoteca con una enorme película de plástico debajo del brazo, una gabardina y un tanga minúsculo, y la intención de montar un numerito en la sala de proyección. La frente se le perló de sudor… ni en sus peores pesadillas…

– Eh… mira… Eh, Victoria… es que esto está cerrado… en agosto no hay nadie por aquí. A mí me pillas de milagro.

– Sí, ya me imagino. Es una suerte que te haya localizado. Comprendo que lo que te estoy pidiendo se sale de lo normal, pero, al fin y al cabo…

Al fin y al cabo, ¿qué? ¿Con quién se creía que estaba hablando? Definitivamente, tenía que tratarse de una broma.

– Soy profesora en una universidad que tiene programas de colaboración con el Instituto Cervantes de Nueva York. Ya sé que la Filmoteca depende de Cultura, no de Exteriores, pero…

Una luz se encendió al final del túnel. Una luz minúscula que iba cobrando intensidad… la visita al Cervantes… el ciclo de cine de Buñuel que habían presentado en Manhattan… la Universidad de Grace, que patrocinaba la muestra… y aquella profesora tan guapa que los había invitado a todos a cenar en un coqueto restaurante del SoHo…

Victoria Suárez, morena, elegante, muy simpática. Parecía la típica neoyorquina sofisticada y rica. Y era cierto que le había dicho que podía contar con él si necesitaba algo de Madrid. De pronto lo recordaba todo… Aquellas chicas americanas gritando histéricas cuando la navaja se acercaba al ojo, las tres botellas de vino de California que se bebieron, las velitas sobre la mesa, Nueva York en otoño… Su memoria iba abriendo nuevas ventanas por las que entraba a raudales toda la información acumulada durante aquellos días en Manhattan. No estaba viejo, no estaba gagá, se jubilaba porque le daba la gana, no porque tuviera que hacerlo. Se jubilaba porque estaba hasta el mismo gorro de ver películas que no le interesaban, porque quería viajar y tener un huerto, y pasear del brazo de su mujer los lunes por la mañana sin volver a pensar en que le había puesto los cuernos con una putilla vikinga. Qué felicidad, qué alivio… Oh, gracias, gracias, gracias… De pronto, Roberto Vidal se sintió en la necesidad de ponerse en paz con el mundo entero.

– ¿Tienes la cinta contigo? ¿Sí? Pues pásate por aquí en una hora. Te espero en la puerta. Me apañaré una sala de proyección, ¿eh? Te debo una después de aquella cena tan estupenda que organizaste. ¿Sigue abierto aquel restaurante del SoHo? ¿Cómo se llamaba? Tal vez vaya a Nueva York con mi mujer dentro de poco. Me jubilo en tres meses, ¿qué te parece…? De verdad que me alegro de que hayas llamado… No, no, no es ninguna molestia, aquí te espero… Adiós, adiós.

Era la una y media cuando llegaron al edificio de la Filmoteca. Hacía un calor infame, pensó Victoria, un calor de otro mundo, que reblandecía el asfalto y las ideas y propiciaba el desánimo. Al menos no era el bochorno húmedo de Manhattan, se dijo para consolarse, que ponía en pie de guerra la sudoración y pintaba horribles rodetes debajo de los brazos.

Roberto Vidal las esperaba en la puerta. Era un hombre agradablemente feo, de vivos ojos azules y un cabello espeso que raleaba en la coronilla. Llevaba pantalones vaqueros, un polo desgastado y unas zapatillas de deporte. Las hizo pasar a una oficina desordenada y oscura donde, gracias a Dios, funcionaba un aparato de aire acondicionado.

– Bueno, bueno, bueno… Me alegro mucho de verte, Victoria, cuánto tiempo, ¿eh?

– Cuatro años, creo… Mira, ella es Marga. La película de la que te hablé es suya.

– Vamos a echarle un vistazo…

Marga había metido el rollo en una bolsa de la librería, pero en lugar de cogerla por las asas la llevaba apretada contra el pecho. Victoria tuvo la sensación de que había hecho un gesto de recelo al entregar la bobina a Roberto. El no pareció darse cuenta. De pronto, toda su atención parecía estar fijada en la película. Tenía un aspecto curioso, con aquella expresión reconcentrada y las gafitas al borde de la nariz. Extrajo un poco de cinta de la bobina con un cuidado exquisito, apenas agarrándola con la punta de los dedos, como si estuviese manipulando un material precioso.

– Es, en efecto, una cinta muy antigua. Podría tener ochenta años, tal vez algunos más… Pero, desde luego, está grabada, y no parece en muy mal estado. Creo que podremos verla.

Victoria y Marga se acomodaron en una pequeña sala de proyección mientras Roberto instalaba la película en el proyector.

– Dirás que soy tonta, pero estoy nerviosa.

– Yo también. Pero no nos hagamos ilusiones. Probablemente, aparecerá un niño jugando con un perro o… o tal vez unas imágenes del NODO… En cualquier caso, esto es divertido. Deberíamos haber avisado a tu madre y a Solange.

– Mira que si es una porno del año del diluvio, como decías ayer…

Se rieron las dos. Victoria pensó que estaba algo más inquieta de lo que quería reconocer. Le sudaban las palmas de las manos y notaba el hambre feroz que tan bien conocía. De camino a la Filmoteca habían visto una tienda de dulces. Tal vez debería haber comprado un paquete de chucherías, una de esas enormes bolsas llenas de ositos de goma, regaliz de colores y caramelos recubiertos de polvos pica pica… Eso hubiese sido suficiente para calmar su ansiedad. Ojalá hubiese sido más previsora. Unas cuantas gominolas hubiesen bastado para…

– Esto ya está. Voy a apagar las luces, ¿de acuerdo? Imaginaos el rugido de un león para entrar en ambiente… Allá vamos.

La sala quedó a oscuras hasta que un haz de luz blanca se fijó en la pantalla mientras el cinematógrafo empezaba a repiquetear su letanía. Victoria pensó en lo mucho que le gustaba aquel murmullo, que le recordaba al crepitar del fuego. Aparecieron las primeras imágenes, en blanco y negro y de una calidad dudosa: el interior de una casa palaciega de altos techos y molduras en las puertas, y dos doncellas de uniforme enfrascadas en la limpieza de una enorme mesa de comedor. Las criadas se marchaban cuando entraba en la pieza un hombre de larga barba blanca y gesto airado. Tras él trotaba un guapo adolescente de aire contrito. El hombre parecía enfadado con el chico, y le decía algo mientras gesticulaba ostensiblemente. La cámara iba del rostro de uno al del otro para evidenciar la actitud colérica del primero y la dócil defensa de su oponente, que se llevaba las manos al pecho como implorando clemencia. La conversación terminaba de manera abrupta cuando el hombre salía de la habitación, y el joven quedaba solo con la cara oculta entre las manos. En ese momento, alguien entraba en la pieza y avanzaba sonriendo tristemente hacia aquel chico que tan desesperado parecía. Era una bella muchacha de su edad, que ladeaba la cabeza antes de apartar de la cara del otro las manos que la protegían. Cuando el joven veía a la muchacha, se ponía de pie y la abrazaba desesperado.

En aquel momento, Victoria tuvo que ahogar un grito. Fue Roberto, que hacía segundos que había perdido el color, quien encendió las luces de la sala. También Marga estaba blanca como el papel.

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