Javier Moro - El sari rojo

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Una gran novela de amor, traición y familia en el corazón de la India protagonizada por Sonia Gandi. Una italiana de familia humilde que, a raíz de su matrimonio con Rajiv Gandhi, vivió un cuento de hadas al pasar a formar parte de la emblemática saga de los Nehru-Gandhi.

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– ¿Quiere decir que me llevan a la cárcel?

– Sí… -balbuceó el hombre, visiblemente intimidado.

– Será una buena oportunidad para descansar -soltó Indira.

En realidad, llevaba tiempo esperando este momento, como lo esperaba el país entero.

– ¿Se puede saber de qué se me acusa?

El hombre le leyó los cargos. La acusaban de haber coaccionado a dos empresas para que donasen ciento catorce todoterrenos para la campaña del Partido del Congreso y luego venderlos al ejército, lo que sugería cohecho. También de haber otorgado un contrato a una empresa que había sacado a concurso una oferta más cara que otras, lo que sugería corrupción. Indira alzó los ojos al cielo: era todo mentira. «¡¿Eran ésos los horrores de la Emergency?!», pensó para sus adentros.

– Mañana tiene usted cita en el tribunal y allí la llevaremos -dijo el hombre.

– Quiero ver la orden de arresto.

El hombre le entregó unos papeles. Indira prosiguió:

– Si no le importa, voy a consultarlo con mis abogados. Espere un momento, por favor.

Se metió en casa con los documentos. Salió una hora después.

El oficial sij esperaba fuera, sentado en un escalón de la entrada.

– Aquí falta el First Information Report -dijo Indira-. No pienso moverme hasta que todos los papeles estén en regla.

– Señora, no servirá de nada hacerme el trabajo más difícil de lo que ya es.

– No se preocupe, aquí estaré cuando vuelva.

– Está bien, mandaré a un oficial a por el papel que falta.

– Puede usted esperar dentro si lo desea.

El hombre entró, entre agradecido e incómodo. La casa estaba rodeada de policías y numerosos curiosos empezaban a acercarse. Sanjay y Maneka habían abandonado su partido y se habían encerrado en su cuarto. Usha, que se enteró inmediatamente de lo que había ocurrido, acudió rauda a Willingdon Crescent. «Cuando llegué, vi una escena que me entristeció. Antes, el cordón de policía servía para proteger a la primera ministra de posibles altercados y manifestaciones. Ahora estaba allí para impedir el paso de la gente y arrestarla.» Usha consiguió penetrar en el interior. Indira entraba y salía de su habitación, muy atareada. Se alegró mucho de verla.

– Usha, ¡qué bien que estés aquí! Por favor, ¿por qué no ayudas a Sonia a preparar mi bolsa de viaje?

Sonia estaba en el cuarto de Indira, con ropa de su suegra desplegada sobre la cama. Esta vez no sabía muy bien qué meter dentro. Éste no era un viaje como los demás.

– ¿Dónde la van a llevar? -inquirió Usha.

– No lo sé, no lo han dicho -respondió Sonia.

– Mejor le metemos un chal, quizás se la lleven a algún sitio en las montañas.

– Confío en vosotras para que me arregléis bien el pelo -dijo Indira desde el pasillo-. Quiero estar lo más guapa posible.

– No te preocupes por eso -le dijo Sonia, que ya sabía que a su suegra no le gustaba nada ir descuidada, ni siquiera en el interior de casa. Pero ese afán de acicalamiento, que parecía que iba a una boda en lugar de a la cárcel, era inaudito. «Dios mío -se dijo Sonia-. ¡Y a una cárcel india!… ¿Por qué quiere ir tan peripuesta?», se preguntaba.

– La señora Gandhi es así -le dijo Usha.

Mientras le elegían un sari, Indira llevaba a la cocina algunos documentos que consideraba peligrosos si caían en manos de la policía o del Servicio de Inteligencia. El cocinero se encargaba de destruirlos de una manera muy peculiar, utilizando la máquina de hacer pasta de Sonia como trituradora.

Aunque los teléfonos estaban cortados, Sanjay y los abogados se las arreglaron para dar la voz de aviso a compañeros del partido, que a su vez avisaron a la prensa. Periodistas con cámaras de televisión, seguidores del Youth Congress de Sanjay y una multitud creciente de curiosos fueron a agolparse contra el cordón de policía.

El oficial sij, en el vestíbulo, seguía esperando a Indira, cada vez más nervioso. No le gustaba nada el circo que se estaba montando alrededor de la casa. De todas las misiones que le habían encomendado a lo largo de su carrera, ésta era quizás la que más le repelía. A nadie le gusta arrestar a una diosa. Estaba intranquilo e indeciso. Procuraba hacerse el simpático con Priyanka y Rahul, pero los niños le respondían con miradas hostiles.

Por fin, a las ocho de la noche, apareció Indira, bien maquillada y mejor peinada, vestida con un precioso sari blanco con borde verde que Usha y Sonia le habían elegido. Era la imagen misma de la distinción. El oficial sij no salía de su asombro, eso era como arrestar a una abuela elegante… Encima, cuando Indira salió de casa, en el jardín fue recibida con vítores y con una lluvia de pétalos de flor. En ese momento, se volvió hacia el oficial sij:

– Quiero que me ponga las esposas -le dijo.

N. K. Singh se quedó perplejo, con la boca entreabierta. «¡Ahora la abuelita le pedía esposas!», pensó horrorizado.

– Señora, por favor…

– Quiero salir esposada de mi casa. ¿No estoy detenida?… Pues póngame las esposas.

Sonia, que la seguía a escasa distancia con su marido y su cuñado, estaba igual de pasmada que el sij. El policía, al borde del ataque de nervios, fue a consultar con sus colegas. Volvió a los pocos instantes.

– Señora, no la vamos a esposar.

– Si no me esposan, no me muevo. Aquí me quedo.

– Señora, por favor, no me ponga en un aprieto… -dijo avergonzado-. No estoy autorizado a esposarla. Haga el favor de seguirme o la tendremos que llevar a la fuerza.

Ante la determinación del sij, Indira cedió y siguió a los policías, mientras la multitud en la calle le lanzaba flores y la aclamaba. Rajiv, antes de abandonar la casa con Sonia, pidió a Usha el favor de quedarse cuidando de los niños. No sabía lo que tardarían en regresar.

Antes de meterse en el coche, Indira se dirigió a un grupo de periodistas. «Tenía que haber ido mañana a Gujarat a visitar unas comunidades tribales. Os pido que por favor transmitáis mis disculpas al pueblo de Gujarat.» Preguntada por su detención, declaró: «He intentado servir a nuestra patria de la mejor manera posible. Los cargos presentados contra mí carecen de base. Éste es un arresto político.»

El coche arrancó, precedido de un jeep militar y seguido de una caravana de vehículos en los que viajaban sus hijos y nueras, simpatizantes y reporteros. Atrás, los niños quedaban llorando, a cargo de Usha. La historia se repetía de nuevo en la dinastía de los Nehru, como cuando la policía venía a arrestar a Jawaharlal y su hija intentaba impedirles el acceso.

No la llevaron a la infame cárcel de Tihar, donde ella había mandado encerrar a las maharaníes de Gwalior y de Jaipur y a tantos otros. Su «prisión» fue en realidad el dormitorio de una comisaría de policía, espartano y relativamente limpio. Muy digna, se despidió de sus hijos y de sus nueras a la entrada. Irradiaba serenidad, porque intuía que a esta hora la noticia de su arresto, como si de un criminal común se tratase, viajaba ya por boca del pueblo a los rincones más alejados de su inmenso país. Sabía que si conseguía darse una imagen de mártir -razón por la cual había pedido las esposas-, ganaría la partida. Sonia, ajena a esta maniobra, la veía con una pena inmensa y hacía esfuerzos sobrehumanos para contener las lágrimas. Los Nehru no eran efusivos, y menos en situaciones así. Tampoco ella podía hundirse ahora. Los policías de guardia se cuadraron ante Indira cuando entró en su «cárcel». Les costaba asimilar que la tenían de huésped aquella noche. Era el mundo al revés. En el interior, le ofrecieron comida pero ella la rechazó. Temía ser envenenada. Se tumbó en la litera de su «celda» y estuvo leyendo largo rato una novela que Usha y Sonia le habían metido en la bolsa. Durmió profundamente y al alba ya estaba vestida, duchada y lista para enfrentarse al tribunal

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