Fernando Schwartz - El Peor Hombre Del Mundo

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Novela negra de trazos muy nítidos en el más puro estilo del género, El peor hombre del mundo combina la acción vertiginosa con el humor, la pasión y el riesgo. El secuestro de un millonario en Amsterdam desencadena una serie de acontecimientos que desembocan en el submundo de la droga de Madrid. A su vez, el ex-agente Horcajo, el peor hombre del mundo, ha abandonado su refugio en Colombia y ha regresado a la ciudad. ¿Qué le ha hecho volver a un lugar en el que se sabe condenado a muerte? ¿Qué papel juega en todo esto Paloma, una madrileña rompedora? Y, por cierto, ¿cómo se cobra un rescate sin ser detenido?.

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– No hay trato -dijo el Gera.

– Pues ya podéis ir llamando al subcomisario, que no nos vamos a entender.

– Ya diré yo cuándo llamo o no llamo al jefe. ¿Qué tienes para darnos? -preguntó Carlos.

– Doscientos kilos de cocaína, una banda aquí, otra fuera y un regalo-guinda que no os lo vais a creer.

– Desde luego -dijo Carlos-, tu lealtad para con tus compañeros me apabulla. Eres una roca de fidelidad, Jacinto.

– Mira, majo, en este mundo sólo se sobrevive defendiendo el interés propio. Entre los dieciocho mil años de trena que dices tú que me van a meter o todo el lote de regalos que te ofrezco, yo, particularmente, no lo dudo.

– No hace falta que lo jures -dijo el Gera.

– No, mira. Aquí se aplica el mismo principio con el que operan los etarras. ¿Os acordáis? Si los pillaban y no podían escapar…, la vida ante todo. Se rendían, cantaban lo que había que cantar y a la cárcel, que ya llegará la reinserción…

– Eso, si tenían suerte y no se te rendían a ti.

– Coño, Carlos, si no recuerdo mal, uno de los que se me rindió te tenía puesta una pistola en la nuca cuando se me rindió.

Hubo un silencio incómodo.

– No, hombre -añadió Jacinto sin alterar la expresión-. Lo de la estación de Biarritz fue una mala casualidad y lo siento. Coño, Gera, lo digo de verdad. Mi guerra no iba con vosotros. Pasamos demasiado miedo juntos… Pero entonces se trataba de mi vida. Oye, y no lo dudo… A mí me debes una, Carlos, pero yo no la cobro, porque tú habrías hecho lo mismo.

– Con la única diferencia de que yo lo hubiera hecho como amigo tuyo y tú…

– … Y yo también. Eres un cachondo. O sea que salvarte la vida no vale si, en vez de ser virgen y mártir, soy un traficante. Vaya baremos, chico. Que yo recuerde, no me has tirado tu vida, la vida que yo te salvé, a la cara, ¿eh? Además, tampoco pido tanto: salir corriendo, a cambio de un operativo por el que os acabarán dando la laureada de San Fernando. No sé de qué dudáis…

– Jopé…, y nos entregas a tus cómplices enganchados como longanizas…

– Pero vaya longanizas, amigo. Otrosí digo, como solías tú decir cuando querías demostrarnos que eras abogado, aquí, sálvese quien pueda, ¿no?, que la vida está llena de riesgos. ¿Qué dices, Gera?

El Gera hizo una mueca. Frunció el ceño.

– Cuéntanos algo más.

– Coño, ¿te parece poco doscientos kilos de harina de la mejor?

– No está mal, pero dinos algo más… Danos, por ejemplo, el nombre del representante del cártel de Medellín en España.

– No hay, Gera. El negocio es demasiado sencillo y se hace demasiado dinero con él como para que sea necesaria una organización. ¡Si salen bandas y mafias como churros! Vienen, nos compran, distribuyen, se forran, se hacen ambiciosos y se la pegan. Y cuando se la pegan ellos, ya hay otras tres bandas haciendo cola. Y nosotros, sentaditos en Medellín o en Miami…, que eso es más complicado. Pero ¿Europa? Europa se lo monta sola. Bueno, ¿qué decís?

– ¿Cómo sabremos que no son trescientos kilos ¿que has traído…, porque los has traído tú, no? ¿Cómo lo sabemos?

– No lo sabéis, Carlos. Os vais a tener que fiar, ¿qué quieres que te diga? ¿Cómo sé yo que, si os lo cuento todo, me vais a dejar que me escape?

– No lo sabes, Jacinto.

– Pues, al final, la letra pequeña, Carlos, es que nos vamos a tener que fiar todos de todos. Yo entrego a unos tíos que ni me van ni me vienen a cambio de mi vida. Vosotros pegáis un golpe del carajo a cambio de mi vida… Oye, ahora que lo pienso, aquí, el único que se juega la existencia soy yo. -Hizo una pausa y miró a Carlos y al Gera-. ¿Vale?

– Vale -dijo Carlos, por fin-, pero nosotros ponemos las condiciones en que se hace la operación.

– ¿Eso qué quiere decir?

– Quiere decir, Jacinto, que aquí no estamos jugando un partido de golf con reglas inmutables de caballerosidad, sino que estamos al loro, viendo de qué va en cada momento. Vamos…, que aquí no hay árbitro.

– … Y que me sigo cagando en tu madre -dijo el Gera con gran seriedad.

Horcajo suspiró. Bebió un gran sorbo de su cuba-libre. Luego, con extremo cuidado, como si le fuera a estallar entre las manos, colocó el vaso en el suelo.

– Vine a Madrid con doscientos kilos de cocaína al ochenta por ciento… a hacer un negociete discreto, sin que me viera nadie. Monto la operación y me escondo… Mecachis la mar. Debe de haber aproximadamente una posibilidad entre un millón de que me tope con vosotros… y me encontráis dos veces por casualidad en menos de una semana. Es para pegarse un tiro. Qué le vamos a hacer. Ciento ochenta kilos son para una banda holandesa. Nos pagarán por ellos tres millones doscientos mil dólares, de los cuales dos y medio… en diamantes. -Carlos frunció el ceño y el Gera se enderezó-. El intermediario, que es un español, recibirá los veinte kilos restantes por su trabajo, que incluye organizar el intercambio, garantizar la operación y facilitar el transporte de la nieve hasta Holanda.

– Oye -dijo Carlos-, el intermediario se mete en el bolsillo, sin que le cueste un duro, ¿eh?, de bóbilis, mil y pico millones de pelas, que es lo que cuesta esta mercancía debidamente tratada y puesta en la calle de la Ballesta y en los cenáculos de la alta sociedad madrileña… ¡Carajo!

– Diamantes -dijo el Gera -. Espérate un momento, que tú y yo sabemos seguro de dónde salen estos pedruscos. La lista y las fotos que nos dio el Sopla ayer…

– Los holandeses que se van a llevar la nieve son los que secuestraron al tío ese de Amsterdam…

– No, si te digo yo que dais un golpe de campeonato… y encima me escatimáis la libertad… -dijo Horcajo. Rió.

– Carambas, tío, ésta sí que es gorda.

– Oye, tres millones doscientos mil dólares son…

– Unos… quinientos millones de pelas -dijo Horcajo-, no te molestes en calcularlo, que me lo sé de memoria. Eso, dividido entre ciento ochenta kilos, -recitó de carrerilla- son más o menos dos millones seiscientas mil pesetas por kilo, un precio intermedio entre lo que se paga en Miami y lo que se paga en Madrid. Y luego, puesto en la calle, ¿cómo se calculaba? ¿Por mil, por cinco y por diez? Una provechosa operación para todos.

– Oye, Gera, ¿tú qué tal vas de matemáticas?

– Más o menos igual que tú; pero, por lo menos, llego a darme cuenta de que el holandés no es que haya cobrado dos millones y medio de dólares por su rescate, sino, una vez de regreso a Amsterdam, agárrate, diez o doce mil kilos de pesetas, que es lo que valdrá la droga cuando la comercialice. ¡Vaya negocio, tío!

– Oye, si quieres, también lo calculamos en liras italianas, que da mucho más.

– Jacinto, y toda esta maravilla, ¿cuándo ocurre?

– Pasado mañana.

– ¿Dónde?

– En Madrid.

– No me digas, buhigas, que se me caen las ligas. Quiero decir dónde en Madrid.

– Se supone -interrumpió el Gera - que tú tienes la cocaína, los holandeses han llegado con los diamantes y un poco más de pasta, y todos os juntáis a contar los diamantes y analizar nieve en casa del intermediario español.

– Sí.

– Pero, como no llevas la nieve encima, la vas a tener que recoger en algún sitio.

– Sí. No vais a tener más remedio que seguirme paso a paso. Mira, hombre, no imaginaba yo que iba a llevar guardaespaldas de lujo… Una cosa sí quiero deciros: los holandeses son mala gente y son más ligeros con las armas que Billy el Niño.

– Ya nos cuidaremos -dijo Carlos-. Oye, ¿y el intermediario quién es?

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