– El regalo-guinda.
– La tarta de la casa. Ya me lo imagino. Pero ¿quién es?
– Es ahora uno de los grandes traficantes de España. Te va a gustar. Don Julio Galán Torrent, alias Gato.
– ¿Y qué? -preguntó el Gera.
– Espera un momento -dijo Carlos-. Julio Galán es el de los muebles de oficina. ¡Claro! Los camiones Gato. Como si lo viera: trasladan muebles y nieve, sí, señor. Pero, Gera, ¿no te suena?
– Debo de ser muy bruto.
– Es el suegro de José Luis Álvarez, el inspector José L…
– ¡Ahí va diez! Me ca… Anda con la mosca muerta. Hijo de puta…, siempre mezquino, ¿eh, Carlos?, siempre ratilla, José Luis. Con la de cosas que te ha debido de contar de nosotros, siempre husmeando el tío, no sé cómo te hemos pillado. Mírale. Hombre, va a ser una de las satisfacciones de esta operación…
– Regular, Gera, porque eso quiere decir que no la vamos a poder montar con efectivos de la brigada, no vaya a haber un soplo, se entere José Luis y adiós Madrid. Nada… Fatal.
– Mira, tiramos a José Luis al Manzanares esta noche.
– No te sirve, porque, así, faltará de casa de su suegro, se olerán la tostada y adiós Madrid…
– Os voy a decir lo que hacemos. -El Gera se echó hacia adelante para explicarles su plan, pero se calló de golpe. Miró a Jacinto-. Me cago en tu padre, Jacinto.
– Ya -dijo Carlos-. Como hace una pila de años.
El Gera sacudió la cabeza.
– ¡Aj! -dijo-. Lo primero que vas a hacer, Jacinto, es llamar a tu gente y decirles que no se preocupen por ti, que estás bien, que estás con una tía, que siempre lo haces antes de una operación, que te calma los nervios,
que crees en los reyes magos, lo que quieras…, pero que no se nos asusten hasta su debido tiempo… ¿Cuándo empieza el lío?
– A las ocho de la mañana de pasado mañana.
– Di que estarás ahí a menos cinco. ¿Tienes algo más que decir a alguien más? -Horcajo hizo un gesto negativo con la cabeza-. No te lo voy a repetir, Jacinto, porque… no te lo voy a repetir, ¿eh? Pero voy a estar detrás de ti, como si fueras mi novio y, como muevas un dedo de donde deba estar, te meto todo el cargador en el cuerpo, ¿vale?
Horcajo se puso pálido.
– Es que no te queremos como antes -dijo Carlos.
– Y tú, llama a Paloma, que debe de estar al borde del infarto.
– Sí, bwana. ¿Has pensado que hagamos esto tú y yo solos?
– Ya lo hablaremos. -El Gera miró nuevamente a Horcajo-. Lo siento, Jacinto, pero te vas a pasar un par de días esposado a un radiador. Bueno, la verdad es que no lo siento nada. Voy a llamar a Carmen para decirle que me quedo aquí un par de días.
– Dile que venga. Sitio hay -dijo Carlos.
– Como le diga que venga y luego viene y ve a Jacinto, le saca los ojos. Mejor, no.
22.15
– ¿Estás bien? -preguntó Paloma por el teléfono. Su voz sonaba bronca y tensa.
– Estoy bien, no te preocupes. Siento lo de antes. De veras… Nos pusimos tan histéricos que ya ni… Tuvo suerte Jacinto de que llegaras cuando llegaste…
Hubo un largo silencio. Tanto, que Carlos dijo:
– ¿Estás ahí?
– Oye, ayatola, me asustaste. No te había visto así…
– Lo siento, de verdad que lo siento. Es cuando me pongo el disfraz…
– No es un disfraz, Carlos, que lo sé yo. Eres así. -Había asombro en la voz de Paloma-. Tan tierno a ratos…, tan brutal a ratos, qué sé yo… Oye, Drácula, como me mires así una sola vez, una sola vez, ¿eh?, en tu vida, te lo digo ahora, pego una carrera tal que no me alcanzas ni en coche.
Carlos suspiró.
– ¿Cómo están las cosas? -dijo Paloma.
– Ya, bien. Bien… Eso, bien. ¿Vas a venir? -Paloma volvió a estar callada durante un rato-. Ésta es tu casa… Bueno, habíamos hablado de eso… Ya, ya lo sé, a ratos y vaya momento de ofrecértelo. Pero no se me han quitado las ganas de ponerte mi cabeza en el regazo.
Por fin, Paloma soltó una carcajada.
– Ya sabía yo dónde me metía… Bueno -rió de nuevo-, así conozco a Horcajo, el que me faltaba del trío. No lo habréis sacudido.
– No.
MIÉRCOLES 27 DE MAYO
Y al séptimo día, todos los guerreros descansaron.
JUEVES 28 DE MAYO
5.45
– Tengo la impresión de no haber dormido nada -dijo Paloma-. ¿Qué hora es?
– Cualquier disparate. -Carlos bostezó largamente y, con los ojos apenas entreabiertos para que no le molestara la luz, encendió la lámpara de la mesilla de noche-. Las seis… o algo así… A estas horas, yo no sé cómo se dice la hora esa que pone el despertador… Me da la impresión de que hemos apagado hace media hora.
– Es que hemos apagado hace media hora -dijo Paloma, mordisqueándole la oreja-. Y esto es lo que tú llamas una historia de amor, sexo y lujo.
– Dos de tres, no está mal… Tengo el paladar como una jaula de grillos.
Paloma bostezó, sacó los brazos de debajo de las sábanas y se estiró.
– Aaaaah… Tú sigue teniéndome a este ritmo y pronto será uno de tres, porque también se nos acabará el sexo por agotamiento… Oye, tú… -añadió al cabo de un momento-, nadie te da derecho a hacerme esas cosas cuando hago mis ejercicios matinales… ¿Adonde vas?
– A ducharme… Tengo un par de cosillas que resolver antes de almorzar, ya sabes…
Paloma se puso seria. Se destapó bruscamente, se levantó de un salto y lo siguió al cuarto de baño.
– Oye, tú…
– … Mover un poco de capital aquí y allá. Ya sabes, como los banqueros -dijo Carlos cogiendo la máquina eléctrica de afeitar.
– No tienes gracia… Como enciendas ese aparato, rompo… rompo… algo… Grito.
Carlos empezaba a acostumbrarse a estos bruscos cambios de talante y pensó que, a estas horas de la mañana, era preferible contemporizar.
– Vale, vale.
– Si tú te crees que me trago toda esa demencia que me explicasteis tú y el Gera anoche, vas de cráneo. ¡Y yo aquí como una idiota, con el morbo puesto…! ¿Será posible? La esposa del guerrero. Nada, como está chupado… Esto no tiene problema alguno, no, no. Ningún problema. Os vais a meter en la guarida del lobo, que sois un par de tarados mentales, y os van a coser a tortas. -Lo agarró por los costados y lo forzó a volverse hacia ella-. ¿Tú, o sea, tú has visto los ojos de Horcajo? ¿Los has mirado bien? Ése es como Jomeini…, una fiera. -A Paloma se le escapó un sollozo de angustia y rabia-. ¡Aj! Pero, por Dios, Carlos, ¿no te acuerdas de lo que os hizo en Francia…? Que te pusiste enfermo sólo de contármelo.
– Espera, espera, eh, eh, no te pongas así, anda -dijo Carlos; le puso las manos a ambos lados de la cabeza y, con los pulgares, le acarició las cejas-. Calla, boba. No te pongas así, anda.
– ¿Que no me ponga así? Y pensar que hace una semana iba yo por libre en la vida…, tan tranquila… Que no me ponga así, dice. Anoche lo miraba mientras contabais vuestras batallitas y os reíais… ¿Sabes lo que te digo? Los únicos que os reíais erais el Gera y tú. Jacinto no se reía; él hacía ruidos con la garganta. Pero yo le miraba los ojos, ¿sabes?
Carlos movió la cabeza para hacerla callar, como queriendo decirle que entendía bien su preocupación pero que no tenía importancia.
– Ya, ya lo sé. Qué te crees. ¿Que nos chupamos el dedo? Paloma. Al Gera y a mí no se nos olvida que sigue siendo el tío más malo del mundo y que, a poco que pueda, nos manda al otro barrio… Ésa es la ventaja que le llevamos, porque lo que él no sabe es que su vida pende de un hilo finísimo porque él cree, vamos, que a pesar de nuestros ladridos nos ha engañado…
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