La sombra de una duda se asomó a la cara de Basilio. Frunció el ceño. Luego, recordando el diez por ciento del Crédit et Banque du Cantón, se relajó. Siempre había sido mal jugador de póquer.
– No puedes con mi capital.
– ¿Ah sí? Voy a hacer una oferta de compra del cinco por ciento a un precio que te vas a hacer pipí en los pantalones.
Basilio se incorporó con brusquedad.
– Hazla, hazla. Ya veremos. Te lo advierto ahora, Javier. Ya veremos lo que te pasa cuando hayan entrado las proxies. ¡Aj!, bah -concluyó con disgusto.
Se dio la vuelta, se dirigió hacia la puerta, la abrió y salió del despacho sin cerrarla.
– Me parece que tenemos un pequeño desacuerdo -dijo Javier con suavidad. Se inclinó en su asiento y agarró el borde de la mesa con ambas manos-. Un pequeño desacuerdo, sí, señor.
Andrés se había apartado de la ventana. Fue a la puerta y la cerró. Luego se volvió hacia Montero.
– ¿Te has vuelto loco? No has podido con él, ¿eh?
– Sí, hombre, sí. ¿Has visto cómo se ha puesto de histérico?
– Pero qué histérico ni qué niño muerto. El tío ni ha tenido que sacar su diez por ciento. Con decir que tenía un cuatro te ha derrotado. Ya puedes hacer las maletas, majo… ¿OPA? Pero ¿de qué hablas? Para dar una OPA tienes que ofrecer por lo menos setenta y seis mil por acción. Y, con el dinero que tienes en este momento, compras más o menos diez.
– Estás equivocado, Andrés. Siéntate, hombre, que me canso sólo de verte. Tú…, vamos a ver, tú crees que el mundo es tan impoluto como el Kempis…
Martínez-Malo se puso muy serio.
– Eso me enseñó tu padre.
– Pues mira a Basilio, que me está diciendo que tiene el cuatro por ciento y, cuando pueda, me enseñará el diez y luego, en la junta, me querrá destronar y ponerse él de presidente. ¿Eso no es mentir? No sé cómo lo llamarás tú, pero me parece que, en el mundo de la banca, este tema del Kempis sale algo mal parado. Y, además, yo no lo hago por mí. -Miró a Andrés y, corrigiéndose, dijo-:… Bueno, no sólo por mí. Como a Basilio le dejen ser presidente, el banco dura lo que un pastel a la puerta de un colegio. ¿Estamos de acuerdo? Bueno, pues desde que mi padre nos hablaba del Kempis ha corrido mucha agua debajo de los puentes. -Lo miró con aire especulativo, haciendo un mohín con la boca-. Venga, Andrés, que te voy a contar una historia, anda. Te vas a divertir.
– No estoy seguro -dijo Andrés.
19.15
– Aquí Lambert hijo -dijo Oswaldo Borrero desde la habitación 516 del hotel Palace.
– Adelante -le contestaron desde París.
– La operación ha sido un éxito. Mi colega la ha aprobado. Firmamos el viernes allí en las condisiones previstas y por la cantidad que pensábamos.
– ¿Conocen algo de la procedencia del repentino aumento de capital que ha tenido el primo Basilio?
– No. Lo achacan a Qatar. Pero no hay que desdeñar a la parte contraria. No me párese ningún subnormal y lo veo bastante capas de realisar con éxito una investigación que lo condusca a la verdad, ¿sí?, por poco que tenga alguna sospecha… llegará hasta nosotros, ¿sí?
– Bien. A la hora de la verdad, aunque lo descubra, no tendrá mucha importancia. Tú te vienes ya mañana, ¿no?
– Sí, en el primer vuelo.
– ¿Y la operación subsidiaria que lleva tu colega con Holanda?
– Eso va bien, tranquilamente. Concluyen pasado mañana.
– Recuérdale que nada puede estropear el contrato que firmáis aquí el viernes. Si ve que se estropea la operación holandesa, que recuerde que es muy secundaria; que lo suelte y se venga para acá, ¿eh?
– Se lo diré. A él le divierte, porque, aunque sea cosa de poca monta, le da gusto poder reírse de sus antiguos compañeros de trabajo. Pero le recordaré las prioridades.
– Muy bien. Hasta mañana.
19.30
Impasible, casi indiferente, Jacinto Horcajo seguía sentado en el sofá del salón-comedor del piso de Carlos. Tenía un pequeño corte justo debajo del ojo izquierdo y de vez en cuando se llevaba el pañuelo a él. Le escocía y, al apretarlo con la tela, salía un poco de líquido. Pero había dejado de sangrar.
Cuando sin dejar de apuntar a Jacinto, Carlos había abierto la puerta, el Gera se había quedado mudo de asombro. Durante unos segundos no había comprendido lo que pasaba.
– ¿Qué…? -había dicho.
Y después, siguiendo con la mirada la trayectoria de la pistola, había visto a Horcajo sentado frente a la puerta abierta que daba al vestíbulo.
Se había abalanzado sobre él de dos zancadas y, agarrándole por las solapas con la mano izquierda, le había propinado una fuerte bofetada. Jacinto ni siquiera había levantado los brazos para protegerse. Apenas un gesto reflejo, como queriendo apartar la cara. Nada más. Aguantó estoicamente el golpe.
Por un momento, Carlos pensó que el Gera mataría a Jacinto allí mismo, sencillamente a tortas. Cuando vio que retenía el segundo golpe, dijo:
– Jolín, Gera, tus castañas suenan como un trueno.
El Gera respiró profundamente y se apartó. Dio la espalda a los otros dos y, durante uno o dos minutos, permaneció inmóvil, vuelto hacia la pared. En todo ese tiempo, nadie dijo nada. Por fin, el Gera giró lentamente en redondo y se apoyó contra el muro.
– ¿Puedo sacar el pañuelo? -preguntó Horcajo-. Me escuece un poco el ojo.
– Te sangra -dijo Carlos-. No hagas chorradas, ¿eh?
– ¿Dónde lo has pescado? -preguntó el Gera.
Los tres hablaban con una lentitud forzada, de una densidad hostil. En realidad, a ninguno le apetecía verdaderamente hablar. Los tres hubieran querido no estar allí. Parecía que el contacto mutuo los avergonzaba. Tal vez habían compartido demasiadas cosas, demasiada risa, demasiado compañerismo y, finalmente, demasiado odio.
– Todos estos días buscándole por la Ballesta, Gera. Don Jacinto estaba en el hotel Palace… todos estos días. Por pura casualidad, lo he pillado en el momento en que salía del ascensor.
– Carajo -dijo el Gera.
Horcajo se encogió de hombros.
– Bueno, Jacinto -dijo Carlos-, te van a meter seis mil años por lo que hiciste en Biarritz, seis mil años por tráfico de drogas y por lo menos seis mil años por imbécil. ¿A qué coño se te ocurre a ti volver a España? Tú eres memo.
– Hombre -dijo Horcajo con voz ronca-, te juro que no he venido por el gusto de pasar San Isidro en Madrid.
– ¿Por qué? -preguntó el Gera.
– ¿Por qué he venido? -Se encogió de hombros-. Negocios.
– ¿Por qué? -repitió el Gera, sin cambiar el tono de voz.
Antes de contestar de nuevo, Horcajo dudó. Giró la cabeza hacia la izquierda y miró directamente al Gera.
– Porque no podía quedarme allí por más tiempo, Gera.
– ¿No? Por lo menos podías haber retrasado tu perrería un par de horas y éste se habría ahorrado el tiro en la tripa y yo, el fuego cruzado con media ETA queriéndome cortar los huevos.
– No te das cuenta… No podía volver. Sabían quién era. No habría podido llegar vivo a la estación de Biarritz. Yo creo que ni siquiera podría haber llegado a la frontera.
– Tienes más cuento que Calleja -dijo Carlos lentamente-. Nadie te esperaba en ningún sitio más que nosotros para que nos cubrieras las espaldas. No, no, colega. Lo que te pasó fue que te llegó un alijo de cocaína a Barajas y nos dejaste por otra. Que lo sé yo.
– ¿Para qué iba a mentir, si ahora me tenéis aquí, cocido?
Carlos rió con desagrado.
– Para que te creamos y así te libras de lo que te va a pasar.
– Aquella noche estuve en San Sebastián.
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