– Aquí tenéis bastante dinero para una campaña digna.
Ahora el problema consistía en saber a qué cantidad se refería. ¿Les permitiría hacer una campaña tan digna como la de conservadores o socialistas? Marimon midió con la mirada el tamaño de la maleta. Era como aquellas que llaman de fin de semana, pero para dos personas.
– Joan -la voz de Petit era débil, como si viniese desde muy lejos y de ella sólo llegara un eco-, ¿cómo de digna?
El empresario puso la maleta sobre la mesa y la abrió:
– Cuatrocientos millones.
La impresión inicial hizo que Francesc Petit se quedara clavado a la silla. Todo lo contrario de lo que le pasó al secretario de finanzas, que se levantó catapultado por una fuerza interior. Cogió un fajo de billetes (comprobó que eran todos de diez mil pesetas). Aunque era economista no se imaginaba que esa cantidad (además de no haberla visto jamás junta) pudiera caber en una maleta de tamaño normal.
– Un momento, un momento… -Petit pidió calma con las manos, a pesar de que en el piso no había habido alboroto alguno. En realidad, se la pedía a sí mismo-. Eso, como es lógico, exigirá un favor por nuestra parte. Cuatrocientos millones no se dan así como así.
Oriol habló para reconducir la situación:
– Entendemos tu desconfianza. Nos satisface mucho que la demuestres, porque es un signo de vuestra honestidad, pero Joan no pide nada a cambio.
– ¿Por qué?
– Por dos razones: la primera es que es un valencianista convencido de vuestros ideales, ahora más de acuerdo con la realidad y con los suyos propios. Y la segunda, porque su estatus económico le permite ser altruista. Si buscara favores, evidentemente no hubiera acudido a vosotros.
– En efecto, Francesc, eso es evidente -reafirmó Marimon, sin parar de contar con la vista los fajos de billetes.
– Tenéis que saber que el Lloris empresario se negó a dar comisiones cuando intervino en obras públicas.
– ¿A quién? -quiso saber Petit.
– No hace falta decirlo.
– También me negué a colaborar en la compra de un barco al rey.
Lloris lo dijo con cierto orgullo, a pesar de que a aquellas alturas de la historia a los nacionalistas les daba exactamente igual el dilema entre república y monarquía. Los procesos políticos alteran las prioridades.
– Debo confesar que estoy aturdido -se sinceró Petit, aún sentado. Quería levantarse, pero sufría una especie de conmoción general.
– Si supone un problema para vosotros… -Lloris hizo amago de cerrar la maleta.
Vicent Marimon se lo impidió.
– No, no es eso -con delicadeza, apartó las manos del empresario de la maleta-. Tenéis que comprender que no nos ofrecen una maleta como ésta todos los días.
– ¿Los tenemos que devolver, aunque sea sin intereses? -preguntó Petit.
– No -respondió Oriol con firmeza.
– Pero… es que este dinero, esta cantidad, nos obliga moralmente a estar en deuda.
– Ninguna obligación, ni moral ni de cualquier otro tipo -repitió Oriol.
– Mirad -Petit se levantó-, no tengo ninguna experiencia con donaciones -le pareció demasiado fuerte decir «maletas»- y desconozco lo que se debe hacer en estos casos. Pero me cuesta creer (por mucho que tú, Joan, seas un valencianista convencido y te sobre el dinero) que no tengamos la necesidad de devolver el favor. ¿Qué pasará, por ejemplo, el día que una de vuestras empresas participe en cualquier subasta en alguna de las poblaciones en donde mandamos o decidimos?
– Pues que tendréis que elegir la mejor oferta -dijo Oriol con absoluta naturalidad.
– ¿Así de fácil? ¿No recibiremos una llamada recordándonos los cuatrocientos millones?
– Escucha, Francesc -dijo Oriol, sabedor de que una maleta con aquel contenido no se olvida-, en el caso de que quisiéramos que nos devolvierais el favor, si no queréis no podríamos demostrar que os hemos dado el dinero.
– ¿Porque no hay ningún recibo que lo justifique?
– Así es, no hay ninguna constancia. El dinero es negro, es, como decimos en términos empresariales, de la caja B. No existe ninguna constancia de los movimientos de este dinero en las cuentas del grupo.
Todo aquello era demasiado fácil, excesivamente simple: cuatrocientos millones que pasan de unas manos a otras y nadie sabe nada. Con los reflejos políticos que lo caracterizaban, Francesc Petit recordó el caso peruano, el asunto de los sobornos de Vladimiro Montesinos, la mano derecha de Fujimori. La prensa mundial había hecho pública la grabación de los sobornos. Entonces observó el techo del despacho, las paredes, la mesa, incluso el suelo, en busca de una cámara. El asesor se dio cuenta de su malestar. Lo cogió del brazo y se lo llevó hasta la mesa. Le enseñó los cajones. No había ninguna grabadora. Lloris escondió una caja de preservativos del cajón del centro.
– Francesc, conozco la mecánica -lo tranquilizó Marimon con aire resuelto, dispuesto a acabar con todos los quebraderos de cabeza de la tesorería del partido-. Muchas empresas, sobre todo de la construcción, tienen una caja B producto de los negocios de compra-venta de solares o edificios.
– Te lo explicaré -añadió el asesor-: a veces, Joan le compra un solar a una persona o empresa y se lo vende a otras antes de que la operación pase por notaría. Estas operaciones generan dinero negro. Es una práctica habitual. No hay ninguna constancia oficial de ese dinero.
– De acuerdo, de acuerdo, pero lo queráis o no estamos obligados a devolveros el favor.
– ¿Quieres hacernos un favor? -le preguntó Oriol.
– Hombre…
– Te lo pondré fácil: si un día alguna de las empresas del grupo licita en una subasta en la que decidáis, os pedimos que, si nuestra oferta es igual a la mejor, nos la deis.
– Hecho -aceptó Marimon.
– Y otra cosa -añadió Oriol-: tened presente que las empresas valencianas dejamos la riqueza en el país y damos trabajo a la gente de aquí. Si la decisión es entre una empresa de fuera y una valenciana, tendría que intervenir el factor de la discriminación positiva. En otras autonomías lo hacen. Como también deberíais tener en cuenta, en mi opinión, que ha habido empresas de aquí que se han beneficiado descaradamente de los favores del gobierno de turno.
– Tienen razón, Francesc. Eso se debe tener en cuenta -se mostró de acuerdo Marimon.
– ¿Son ésas las cláusulas del favor?
– Sí -contestaron Lloris y Oriol.
– Pues aceptamos el dinero -dijo Petit.
– Pero -continuó el asesor- la auténtica cláusula, el verdadero favor, es el valencianismo de Joan. Esperamos y deseamos que hagáis buen uso político del dinero. El mejor rendimiento, tanto para vosotros como para nosotros, serían unos resultados fantásticos para el nacionalismo valenciano.
– No puedo decir que ganaremos…
– Tampoco os lo hemos exigido.
– No obstante, podéis estar seguros de que superaremos con mucho las expectativas.
Con un gesto casi ceremonioso, como si en la maleta estuviera el futuro de los valencianos, el empresario la cerró y se la entregó a Francesc Petit. El secretario general se la pasó, como si quemara, al secretario de finanzas.
– Gracias, Joan -Petit, emocionado.
– Estoy seguro de dejarla en buenas manos -el empresario lo dijo sin mucha seguridad.
Lloris y Oriol acompañaron a los dos responsables del Front hasta la puerta de la oficina. Aún dentro del piso, Petit y el empresario se abrazaron. El asesor hizo unas últimas recomendaciones:
– Francesc, como es normal esto tiene que quedar entre nosotros.
– No hace falta que me lo recuerdes. Máxima discreción, Oriol.
– Si coincidimos en algún acto público, podemos saludarnos pero debemos evitar cualquier gesto que delate nuestra amistad.
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