Ramiro Pinilla - La tierra convulsa

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Ambicioso fresco sobre la historia reciente del País Vasco, saga y la vez retrato de un microcosmos realista y mágico que es el pueblo de Getxo, Verdes valles, colinas rojas es la gran novela sobre la colisión entre un mundo que cambia y un pueblo que se resiste a todo cambio. La historia arranca a finales del siglo XIX con el enfrentamiento entre Cristina Onaindia, aristócrata casada con el rico industrial Camilo Baskardo, y Ella, una ambiciosa y astuta criada sin nombre que pone en peligro todos los valores tradicionales cuando anuncia que espera un hijo ilegítimo. Esa rivalidad prolongada durante décadas y que marca la historia de Getxo es comentada por dos figuras protagonistas: don Manuel, anciano maestro, y Asier Altube, su discípulo predilecto, que rememoran los meandros y ramificaciones de otras muchas historias derivadas de éstas, como la de Roque Altube, primogénito de un caserío enamorado de una agitadora socialista, o la de los niños Baskardo, que vivirán en su propia piel la locura aranista de la madre. Ramiro Pinilla domina como pocos la acción y los diálogos, y logra integrar, desde una perspectiva a la vez épica y lírica, la historia y los mitos de una región.

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A golpes en las puertas los socialistas despiertan a los que duermen.

– ¡Compañeros! ¡Compañeros! ¡La Orconera se ha vengado despidiendo a cinco de los nuestros! ¡Mañana, huelga y manifestación! ¡Cita al amanecer en Matamoros!

Isidora está en su salsa. Entra la primera en la oscuridad del barracón y dejo de verla, pero enseguida oigo sus gritos:

– ¡Cinco mineros despedidos por pedir justicia! ¡La Orconera ha de tener nuestra réplica inmediata! ¡Mañana verán los patronos que los hombres de las minas saben luchar por sus derechos!

Tropezando contra todos los trastos que hay por aquí voy hacia los gritos de Isidora, y la toco y le pongo la silla detrás de sus piernas y le digo: «Siéntate, que también se puede gritar sentada», y la siento a la fuerza, y alguien dice: «¡Que me quiten las manos de encima!», y alguien enciende una vela y veo que en la silla no está sentada Isidora sino un minero en calzoncillos.

– ¡Cinco trabajadores despedidos por luchar por sus derechos! ¿Qué somos: hombres o perros?

Isidora está un poco más a la derecha de lo que yo creía, con el cuello estirado y los ojos de loca, entre el montón de mineros en catres y este olor a sudor de orines agrios y a podrido. A mi hijo le falta tan poco para nacer que es como si ya hubiera nacido, y qué estará pensando de su madre. Le pongo la silla detrás de las piernas y la siento, pero ella se levanta como un muelle. La vuelvo a sentar y ahora no quito las manos de sus hombros. Lo mismo que en la primera revolución.

– ¡Que nadie entre al trabajo mañana! ¡Que pare toda la cuenca! -dice Isidora, y es verdad que sentada puede gritar tanto como de pie.

– ¡Vaya una mujer de empuje! -dice la partera.

– ¡Si flaqueamos ahora, nos seguirán aplastando hasta la muerte! -dice Marcelo.

– Compañeros, recordad nuestra gran manifestación del Primero de Mayo en la que vivimos la hermandad proletaria -dice Facundo Alonso-. Nuestra unión asustó a los patronos… ¡y a nosotros nos convirtió en hermanos para siempre! ¡El dolor de uno ha de ser el dolor de todos!

– Sólo tenemos que unir nuestras manos -dice José.

– ¡Y nuestros puños! -dice Marcelo.

Los hombros de Isidora me dicen que va a hablar:

– Quiero deciros que habéis empezado algo importante; que cuando les obliguemos a suprimir las cantinas y los barracones, sólo será un primer paso hacia ese algo más importante; que cuando consigamos las ocho horas de trabajo, las ocho de descanso y las ocho de educación, no será también más que el principio hacia algo más importante… No basta con arrebatarles un pequeño triunfo y pararnos. ¡Tenemos derecho a todo y lo conseguiremos! ¡Que no nos frenen con regalos míseros o con promesas o con represalias… porque unidos somos más fuertes que ellos!

– ¡Qué empuje, qué empuje! -dice la partera-. Si sigues así, chica, la cosa vendrá pronto.

Se puede saber por los olores lo que comen en cada barracón y si algún minero tiene diarrea. En las casuchas no pasa lo mismo: llamamos a la puerta, y si sale la mujer le decimos: «¿Está su marido?» o «¿su padre?», y cuando el hombre llega ante nosotros restregándose los ojos de sueño, Isidora y su cuadrilla de locos le sueltan lo de los despidos, y el hombre dice: «¡Cojones, los muy…!», y al despedirnos: «¡Huelga general, por mi sangre!», o «¡Estaré donde haga falta!», o «¿Hay que ir armado?», pero no se puede saber por los olores lo que han comido o si hay vomitonas en el suelo o si no han sacado todavía el cajón de la mierda, porque las casuchas no son como los barracones, porque en las casuchas hay alguna mujer para limpiar y en los barracones sólo hay hombres apiñados como cerdos en una pocilga pequeña, pero estoy seguro de que a Isidora le gustan más los barracones que las casas, porque en los barracones hay más gente y a los socialistas les gusta tener a mucha gente delante cuando hablan, y pienso que esta noche se habrán quedado consolados después de visitar tanta casucha y, sobre todo, tanto barracón, yo con Isidora a cuestas de uno a otro, de un pueblo a otro, de una mina a otra, saltando de una colina a otra, con la silla colgada del cogote de la blusa y la partera a mi costado, «usted no deje de mirarla por si de pronto se le pone cara de no aguantar más», y la partera: «Nunca había visto nada semejante; llevo veinte años en la profesión y nunca…» y lo primero que hago al llegar a cada sitio es decir a la partera que coja la silla y la baje al suelo y siento en ella a Isidora, quieras que no, y aplasto sus hombros hacia abajo para que no se me levante ni dé saltos al largar el mitin, y la propia partera le da palmaditas en la tripa: «Quieta, quieta, que si yo tengo prisa por acabar con esto, tú pareces tener más», le dice, y yo: «¿No puedes hablar sin ponerte como un saltamontes?; te llevo a aúpas, te siento y ahora también tendré que hablar por ti», y ella: «Pues a ver cuándo empiezas, que todas las voces son pocas, y tú lo harías muy bien, aunque tendrías que cargar también con una mesa para dar los puñetazos», y pronto veo a los socialistas acostumbrados a hacer la revolución llevando a su lado una silla y una partera, y yo no dejo de decir a la partera que no pierda ojo a Isidora y que si cree que será esta noche… Y cuando llega la luz del nuevo día caigo en la cuenta de que ésta ha sido la primera noche en mi vida que no he dormido en Altubena.

Estamos en la cuenca de Matamoros, descansando. Estamos bastantes más que al principio, y van llegando otros de aquí y de allá, diciendo que la gente no entrará al trabajo. Isidora está sentada, pero en el suelo, porque dice que se le estaba quedando el culo en forma de silla. La partera le manosea los bajos de la tripa.

– ¿Qué? -digo.

– Nada -dice la partera.

Comemos pan y tocino que alguien ha ido a comprar a una cantina. El pan es de días y el tocino está rancio. Los mineros mastican y mascullan.

– Es la primera vez en mi vida que paso una noche fuera de Altubena -digo a Isidora.

– Será porque acabas de hacerte un hombre -dice Isidora.

– Ningún Altube lo había hecho nunca -digo.

– Es que ningún Altube se había hecho socialista como tú -dice Isidora -La abuela dice que es malo que una familia entera duerma una sola noche fuera de su casa, pero que es peor que falte un hijo -digo.

– ¡Qué tonterías dice tu abuela! -dice Isidora.

– No son tonterías. Era una costumbre y yo la he roto -digo.

– ¡Cuántos de tu familia la habrán roto en secreto antes que tú! Tú no serás el único Altube que se ha enamorado -dice Isidora.

Se acerca Marcelo sacándose hilos de tocino de los dientes.

– ¡Habrá huelga y buena huelga! ¡Mirad cuántos dejan el trabajo! -dice.

No paran de llegar mineros de todas partes. Subido a una peña, Facundo Alonso les está largando un mitin. José viene junto a Isidora.

– Vete a parir a casa -le dice-. Nos arreglaremos sin ti para sacar la huelga adelante.

– ¿Os pido yo que os vayáis a la cama a dormir? ¡No se puede dormir en cualquier parte, pero sí parir en cualquier parte! -dice Isidora.

– Siempre que el crío no venga cruzado -dice la partera.

¡Dios, hace una semana había terminado todo! Llevo meses desobedeciendo a la madre; soy un pecador. Pero mi hijo es inocente…, ¡y el pobre tampoco tiene la culpa de tener una madre socialista!

– Seguramente de hoy no pasa -digo a Isidora. Y a la partera-: ¿No le parece a usted?

– Las parturientas se ríen hasta de su padre -dice la partera.

– Mírele la cara de muerta que tiene. De hoy no pasa. ¿Por qué no le dice de una vez que tiene que ir a meterse en el nido? -digo.

– Llevo veinte años diciendo a las preñadas que no tengan miedo. Lo de ahora no me había ocurrido nunca. No me sale decirle a esta chica que tenga miedo. Es que nunca lo he dicho. No me sale -dice la partera.

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