Ramiro Pinilla - La tierra convulsa

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Ambicioso fresco sobre la historia reciente del País Vasco, saga y la vez retrato de un microcosmos realista y mágico que es el pueblo de Getxo, Verdes valles, colinas rojas es la gran novela sobre la colisión entre un mundo que cambia y un pueblo que se resiste a todo cambio. La historia arranca a finales del siglo XIX con el enfrentamiento entre Cristina Onaindia, aristócrata casada con el rico industrial Camilo Baskardo, y Ella, una ambiciosa y astuta criada sin nombre que pone en peligro todos los valores tradicionales cuando anuncia que espera un hijo ilegítimo. Esa rivalidad prolongada durante décadas y que marca la historia de Getxo es comentada por dos figuras protagonistas: don Manuel, anciano maestro, y Asier Altube, su discípulo predilecto, que rememoran los meandros y ramificaciones de otras muchas historias derivadas de éstas, como la de Roque Altube, primogénito de un caserío enamorado de una agitadora socialista, o la de los niños Baskardo, que vivirán en su propia piel la locura aranista de la madre. Ramiro Pinilla domina como pocos la acción y los diálogos, y logra integrar, desde una perspectiva a la vez épica y lírica, la historia y los mitos de una región.

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– Dicen que los mineros han bajado a Bilbao y han quemado iglesias -dice la madre.

– No han quemado nada -digo.

– ¿Cómo lo sabes? -dice la madre.

– Yo estaba allí -digo.

Me pone el plato de patatas con bacalao bajo las narices.

– Con ella -dice la madre.

– Sí, con ella -digo.

Luego dice la madre:

– Dicen que había tantos que daban miedo.

– Sí, había muchos -digo.

– Y si no quemaron iglesias, ¿a qué bajaron a Bilbao? -dice la madre.

– A pedir más jornal y mejor comida -digo.

– Si no les gusta lo que se les da aquí, ¿por qué no se quedan en su tierra? -dice la madre.

Sé que está a mi espalda, viéndome comer.

– ¿Por qué no te acuestas? -digo.

Ni habla ni se mueve.

– ¿Por qué no te acuestas? -digo.

– Y tú, con ellos -dice la madre.

– Mi hijo va a nacer de un momento a otro -digo.

– Lo que te dé esa maketa no será tu hijo -dice la madre-. No se quiere casar, anda tan revuelta como esa gente de las minas, no es como nosotros ni como quiere Dios que sean las personas, y ha echado a perder a un buen hijo mío que se llama Roque.

Se oye una puerta y pasos en el pasillo.

– El padre -dice la madre, sentándose en la banqueta del rincón.

Yo sigo comiendo como si nada. Los pasos están ahora sobre nuestras cabezas.

– Ella es de fuera, y su hijo también será de fuera -nos llega la voz del padre-. Y, si te descuidas, a ti también acabarán haciéndote de fuera.

– Ella vivirá en Getxo y será de nuestra casa -digo.

– Nunca vivirá en Altubena una mujer que quema iglesias -dice el padre.

– Ella no quema iglesias -digo-. Yo he visto que no quema iglesias.

– ¿Y también has visto que no las quiere quemar? ¿También has visto eso? -dice el padre-. En cuanto les dejen, ésos quemarán todo lo nuestro.

– Todavía no han hecho nada malo -digo.

– Sí, rebelarse contra Dios -dice el padre-. ¿Cuándo hemos ido nosotros a Bilbao a pedir que nos den más? Es voluntad de Dios que tengamos lo que tenemos.

Ahora entran en la cocina los abuelos, en camisón y arrastrando las alpargatas en chancletas.

– ¡Jesús, María y José! -dice la abuela.

– ¿Qué hacen ustedes aquí? Se van a enfriar fuera de la cama -dice la madre.

– ¡Jesús, María y José! Que no se meta en Altubena una mujer que quema iglesias -dice la abuela, santiguándose.

– Cállese, cállese… ¡Quemar iglesias! -digo-. Nadie ha quemado nada. ¿Es que esa gente no puede ir a estirar las piernas a Bilbao? Ahora ya están en sus montes y todo ha acabado.

– Tu hijo no ha acabado -dice la madre.

– Si no sale Altube, no lo traigas -dice la voz del padre.

– ¡Jesús, María y José! -dice la abuela.

– Vuélvanse los dos a la cama antes de que cojan un pasmo -dice la madre-. Caro nos ha salido el jornal de Altos Hornos.

– Sólo trae calamidades el abandonar la tierra -dice la voz del padre-. Mi hermano Saturnino lleva veinte años en las Américas y ya es como un muerto.

– También quedándose en Getxo ataca la peste -dice la madre.

Lo dice por Ella, la antigua criada de Camilo Baskardo que, con sus guisos, tiene secuestrado en La Venta al tripón de mi tío Santiago, no sólo lamiendo allí docenas de cazuelas diarias, sino también durmiendo, y ya se dice en Getxo que acabará llevándole al altar. A la madre se le escapan unos suspiros de muerte cuando piensa que Ella puede meterse en Altubena. Porque mi tío Santiago está por delante del padre.

– La madre de mi hijo es diferente -digo-. No es una ladrona. Ni siquiera quiere casarse.

– Es peor, porque no teme ni a Dios ni al infierno -dice la madre.

– ¿Qué ocurre en estos tiempos? Que nadie me cambie Getxo -dice la abuela.

– Vaya a la cama a preguntarle a Dios a ver qué le hemos hecho para que nos castigue así -dice la madre.

La partera de La Arboleda está sentada a la puerta de su casa. Me mira y se ríe.

– No corras, que aún no llega -dice-. ¿Con esa cara de lelo vas a recibir a tu hijo en este mundo?

Me cruzo con caras sonrientes. Son las mismas caras que, hasta ayer, me miraban como perros rabiosos. Las minas han cambiado.

Encuentro a Isidora en la cama.

– Oye, estás muerta, ¿no? -digo.

– No se ha levantado en todo el día -dice Urbano-. Hemos comido las sobras de ayer.

– Traigo esta cazuela de caracoles -digo.

– ¡Qué buena persona eres, Roque! -dice Urbano.

– ¿Has tenido todo el día en el trabajo esta cazuelota? -dice Isidora.

Enciendo fuego y pongo la cazuela de barro a calentar en la chapa. Entro en el cuartucho de Isidora.

– A que estás muerta -digo-. Si no, no estarías en la cama.

– No me he levantado desde que te marchaste. Ahora ya estarás contento -dice Isidora. Hace que me siente en el borde de la cama y me coge las manos-. Ya acabó todo, Roque.

– Pues a parir como Dios manda -digo-. Y a recoger la cosecha.

– ¿Qué cosecha? -dice Isidora.

– La que sembrasteis ayer en Bilbao -digo.

Me mira. Dice:

– Fue hermoso, ¿verdad?

Me gustaría decirle que sí. ¡Si pudiera decirle que sí sin mentir!

– Me gustó porque volviste a casa sin parir -digo.

– ¡Estuviste allí y es como si no…! -dice.

– Vi odio y violencia -digo-. Sí que vi algo: odio y violencia.

– ¿Cómo tratarías a un ladrón que entrara en Altubena a robarte? -dice Isidora.

– Cada hombre ocupa un sitio y mi sitio es Altubena, y si alguien rompiera mi puerta y entrara en mi sitio por la fuerza… -digo.

– ¿Qué? ¿Le recibirías con un abrazo? -dice Isidora.

– No, le echaría afuera -digo.

– Estás tan ciego como la mayoría de los trabajadores del mundo -dice Isidora-. Tú tienes un sitio, un solo sitio, pero los amos son dueños injustamente de muchos sitios… ¿Por qué has dejado Altubena para trabajar en Altos Hornos?

– Yo no he dejado Altubena -digo.

– Ahora entregas a la fábrica diez horas diarias de tu vida. Creí que tu maravilloso Getxo te daba cuanto necesitas en este mundo -dice Isidora.

– Ha caído sobre la familia una peste. Nuestras tierras siempre dieron para vivir, pero desde hace veinte años tenemos en casa una tripa que nunca se llena y que nunca trabaja, y todos debemos trabajar para el tío Santiago -digo.

– ¿Está enfermo? -dice Isidora.

– A mi tío le ocurre que pesa trece arrobas y no puede moverse de un sillón reforzado y come por diez. Es como tener a nuestro cargo diez parientes tontos -digo.

– ¿Y en veinte años tu padre no ha puesto remedio? -dice Isidora.

– El tío Santiago recibió el mayorazgo de Saturnino, el hermano mayor, y se lo pasó al padre, que es el hermano pequeño, a cambio del pienso hasta su muerte. Hace veinte años, el tío Santiago no comía como ahora: a lo sumo, entonces comía como tres. El padre dio su palabra y ya no puede volverse atrás -digo.

Las manos de Isidora aprietan más las mías y aparece en su mirada un brillo tramposo.

– Mecachis con Altubena, que tiene que venir Altos Hornos en su ayuda -dice.

Suena muy mal Altubena junto a Altos Hornos.

– Todo será como siempre cuando la familia se libre de la peste -digo.

– La peste de todos nosotros es ser pobres -dice Isidora.

– Los Altube no queremos nada de nadie -digo.

– ¿Nunca te has preguntado lo que ganan los amos de Altos Hornos con tus diez horas de trabajo y con las diez horas de todos tus compañeros? -dice Isidora.

– Es voluntad de Dios que los amos sean los amos de Altos Hornos -digo.

Isidora me suelta las manos y se pone a arañarme la cara.

– ¡Ciego, ciego, ciego! -dice.

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