Ramiro Pinilla - La tierra convulsa

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Ambicioso fresco sobre la historia reciente del País Vasco, saga y la vez retrato de un microcosmos realista y mágico que es el pueblo de Getxo, Verdes valles, colinas rojas es la gran novela sobre la colisión entre un mundo que cambia y un pueblo que se resiste a todo cambio. La historia arranca a finales del siglo XIX con el enfrentamiento entre Cristina Onaindia, aristócrata casada con el rico industrial Camilo Baskardo, y Ella, una ambiciosa y astuta criada sin nombre que pone en peligro todos los valores tradicionales cuando anuncia que espera un hijo ilegítimo. Esa rivalidad prolongada durante décadas y que marca la historia de Getxo es comentada por dos figuras protagonistas: don Manuel, anciano maestro, y Asier Altube, su discípulo predilecto, que rememoran los meandros y ramificaciones de otras muchas historias derivadas de éstas, como la de Roque Altube, primogénito de un caserío enamorado de una agitadora socialista, o la de los niños Baskardo, que vivirán en su propia piel la locura aranista de la madre. Ramiro Pinilla domina como pocos la acción y los diálogos, y logra integrar, desde una perspectiva a la vez épica y lírica, la historia y los mitos de una región.

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– ¡La burguesía está sentenciada a muerte! -dice.

– ¡Que hable la jefa! -dice la gente, y todas las caras se vuelven a nosotros.

De los muslos de Isidora pasa a mis orejas un calambre caliente. Tuerzo el cuello para mirarla. Su cara nunca ha tenido tanto color de muerta.

– El hombre no ha nacido para ser esclavo sino para ser igual que los de arriba -dice. Oigo a mi alrededor: «¡Eso, eso!» y «¡No somos menos que los ricos!» y «¡Les obligaremos a no tratarnos como a perros!» y «Si Jesucristo repartió, ¿por qué no reparten los patronos que se comen los santos?»-. Vuestros hijos se mueren de hambre -dice Isidora-, mientras los burgueses, que viven a costa de nuestra sangre, derrochan su dinero.

Todos los ojos de la plaza están clavados en Isidora. La miran como los de Getxo miramos la estatua de la Virgen en la iglesia de San Baskardo. ¿En qué quedamos? ¿No quieren que todos seamos iguales? ¿Por qué la miran así, esperando de ella un milagro?

– ¡Ella sólo es Isidora! -digo.

Y la cojo por la cintura y la bajo al suelo.

– ¿Qué haces? -dice Isidora.

– Tú sólo eres una mujer -digo.

– Todavía no he acabado… ¿Quién dice que no soy una mujer? -dice Isidora.

– ¡Su hermano no la deja hablar! -dice la gente.

– ¡Les conozco y no es su hermano! -dice otro.

– ¡Isidora! ¡Isidora! -dice la gente-. ¡No queremos chulos aquí!

La partera está sentada en la silla a nuestro lado. Isidora la pone en pie y luego se apoya en ella para subirse en la silla, y yo la agarro y la ayudo para que no se caiga.

– ¡Ahora bajemos a las fábricas de la ría a llevar el mensaje de la huelga! -dice Isidora-. Y luego… ¡a Bilbao!, a exponer nuestras quejas, todos unidos en una gran manifestación pacífica, para demostrar a todos que sabemos defender con dignidad nuestros derechos.

– ¡Viva la huelga general! -oigo a Marcelo en la otra punta de la plaza.

– ¡Viva! ¡Viva! ¡Viva! -dice el gentío una y otra vez, y aplaude y mira a los de alrededor como si cada uno de ellos tuviera el secreto de lo que todos buscan. ¡Coitaos!

Ahora marchamos por la carretera, yo con Isidora otra vez sobre mis hombros y a mi lado la partera con la silla. Los hombres siguen mirando a Isidora como si fuera la Virgen.

– Tendríamos que haber traído dos sillas, una para mí -dice la partera resoplando.

– Tú y yo hemos tenido mala suerte con esta preñada -digo.

– ¿Cómo lo aguantas? Te tiene de burro de carga la que no quiere que haya esclavos -dice la partera.

– A las novias hay que llevarles la contraria -digo.

Y, de pronto:

– ¡Fuera, cabrones! ¡Dejadnos pasar, perros de los patronos! ¡Viva la huelga general!

La gente se ha parado y yo también me paro. Hay varias docenas de guardias civiles y ferales cortando la carretera.

– ¡Lo que nos faltaba! -dice la partera.

Tienen agarrados los fusiles como esperando la orden de disparar y con la bayoneta calada. En un momento pongo a Isidora en el suelo.

– ¡No les tengo miedo! -dice Isidora.

– Ésos no saben que tú eres la Virgen -digo.

En un descuido, se me sube a la silla y dice a todos con voz de mitin:

– ¡Mirad qué ejército mandan contra nosotros! ¡Estamos haciendo temblar a la burguesía!

La bajo.

– ¿Quieres que maten a nuestro hijo? -digo.

– ¿Qué hijo? -dice Isidora, sin saber lo que dice.

La bandera roja de Marcelo está cerca de las bayonetas.

– Queremos seguir, no vamos a hacer daño a nadie -me llega la voz de José.

– ¡Atrás! ¡Atrás! -dicen los de los fusiles.

Y los de cabeza no sólo no se vuelven sino que dan un paso adelante, y luego otro, y otro, y los guardias que no saben lo que hacer, pues esto es un juego y en los juegos no se disparan tiros de verdad.

Como la mayoría de estos mineros son chiquitos, por encima del mar de cabezas veo bien lo que pasa. La bandera de Marcelo tiembla como cogida en un remolino, y los mineros chocan contra los guardias y los que llevan bastones los usan como palos, y unos empujan hacia delante para abrirse camino y otros aguantan las embestidas, y la tropa dispararía si esto no fuera un juego. Tengo que agarrar a Isidora para que no corra al fregado.

– ¡La carretera es de todos! ¡Luchad por nuestro derecho a pasar! -dice Isidora.

Se oyen gritos y maldiciones y el rebaño empuja y empuja, diciendo a coro: «¡Viva la unión de los trabajadores! ¡Viva la huelga general! ¡Menos explotación, ocho horas de trabajo y más jornal!», y esto suena más fuerte que el coro de la iglesia de Getxo en misa mayor. Y ahora, que suena una corneta…

– ¡Los soldados! -dice la gente.

Por la carretera viene un montón de soldados a paso de carga y disparando al aire. Los mineros se paran, y enseguida… ¡la desbandada! Como olas rotas, dejan la carretera y trepan por las colinas, y yo cojo en brazos a Isidora y les sigo.

– ¡Ésas son las razones de los burgueses: los tiros! -dice Isidora. Estira el cuello para mirar hacia atrás-. ¿Por qué os asustáis tanto cuando veis a los trabajadores unidos?

– Me vuelvo a casa. Las guerras no son para mí -dice la partera.

– Tú, quieta. Lo único que falta es mi hijo -digo.

– Esa loca no parirá porque no tiene tiempo -dice la partera.

– ¡No me alejéis, quiero ver a quién han matado! -dice Isidora.

– Tiraban al aire -dice Eduardo Varela a nuestro lado. Parece que todo el sudor de la cara le sale de sus manchones rojos-. Nos han dispersado y ahora habrá que reagruparse… Vuelve a casa, Isidora: es una imprudencia que en tu estado…

– Necesito ser testigo de esta lucha -dice Isidora.

– El incidente ha encrespado aún más los ánimos, hay una peligrosa tensión en el ambiente y nadie sabe cómo puede terminar todo esto… Acaban de detener a Facundo Alonso, a Vicario y a cuatro más… No es sitio para una mujer en tu estado -dice Eduardo Varela.

– Aunque llenen sus cárceles con nosotros no conseguirán doblegarnos. ¡Aunque nos maten a tiros! -dice Isidora.

– Matar a tiros…, matar a tiros… Ellos y vosotros sólo estáis jugando -digo.

– ¿Son de juguete las armas que llevan? -dice Isidora.

– A los locos como vosotros hay que seguirles la corriente, y ellos os la siguen hasta que os canséis -digo.

– La burguesía nos matará cuando sepa que nuestra rebelión va en serio -dice Eduardo Varela-. Y nuestra meta de hoy es la huelga general, algo que nunca había ocurrido aquí.

– Yo sólo quiero que alguien me ayude a meter a esta mujer en la cama -digo.

– Ella sí que está en huelga general -dice la partera.

Rota la gran ola de mineros, ahora les veo como gotas sueltas y negras corriendo por las colinas. Los soldados también han dejado la carretera y han formado una cinta que sube y baja de una a otra colina, cerrando el paso a los mineros.

– Si nos hacemos fuertes en las minas no podrán detener a ninguno más -dice Eduardo Varela-. ¡A las minas!

Y de minero a minero, de grupo a grupo, de monte a monte, va corriendo lo de «¡A las minas!».

– ¡A las minas! ¡A las minas! -se oye por todos lados.

– ¡No! -dice Isidora-. ¡Sería el fracaso de la huelga!

– Me estás dejando sordo con tus gritos -digo.

– Isidora, pequeña…, no te conviene -dice Eduardo Varela poniendo su mano en la cabeza de Isidora.

– ¡No hay que huir, sino pasar a las fabricas como sea! -dice Isidora.

– Nos han cortado todos los caminos -dice Eduardo Varela.

Los mineros se vuelven de vez en cuando para tirar piedras a los soldados que vienen detrás, aunque está claro que los soldados no quieren alcanzarnos, sólo cerrarnos el paso.

– Bueno, pues nos daremos otra vuelta por la cuenca a obligar a parar a los últimos que queden -dice Eduardo Varela.

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