»Pero me sigue mirando como antes.
»-Me quedo. Tú puedes irte -dice.
»Elige quedarse entre ellos. Sola. Sin mí. Pero me quedo también. Ella me sigue mirando como antes. Pienso que nunca la he querido más que ahora. ¿Quererla? Me está ayudando a salvarme y le estoy profundamente agradecido. Ella no sabe con qué inquietud me miran sus ojos.
»-Me gusta verte entregada al pueblo -digo.
»-Esto no es ser una buena socialista sino tener un poco de corazón -dice.
»-Lo estás haciendo con el carnet de socialista en el bolsillo -digo.
»-Me lo he dejado en casa -dice.
»-Creo que está naciendo en ti una conciencia revolucionaria -digo.
»-Estoy donde tú estás -dice.
»-Yo no soy revolucionario, no soy socialista -digo.
»-Tienes el carnet de socialista en el bolsillo -dice.
»Dios mío, es verdad que lo tengo. Teresa ignora con qué inquietud me miran sus ojos.
»- ¿Por qué lo haces? -dice.
»Me ayuda incluso atreviéndose a abordar dolorosamente el irremediable final de todo esto.
«No hay abierto ni un solo comercio en Bilbao. Quienes no tengan en casa comida de reserva tendrán que apretarse el cinturón. Y llegan noticias de que el paro es igualmente general en todo el sector fabril y la cuenca minera. Pero cuando, por la tarde, Teresa y yo decidimos regresar, hay tranvías, aunque debemos viajar con soldados. El ejército ocupa todos los puntos estratégicos. Tengo a Teresa a mi lado en el asiento.
»- ¿Estás cansada? -digo.
»Me responde clavando su silenciosa mirada en mis ojos. Sufre y yo no puedo hacer nada por remediarlo.
»El tranvía se detiene. Estamos en Baracaldo. Hay una barricada de hierros y tablones cruzada en las vías. Bajan los once soldados que viajaban con nosotros y empiezan a apartarla. Grupos de obreros contemplan su quehacer a cierta distancia.
»- ¡Uníos a nosotros, soldados!
»- ¡Vosotros sois también el pueblo!
»- ¡No colaboréis con los enemigos de los trabajadores! -les dicen.
»-Piden muy poco, sólo poder comer todos los días. Están desarraigados, han dado la espalda a la tierra. La tierra es la única que corresponde al esfuerzo que se le entrega. La tierra nunca deja de alimentar a los que la quieren -digo.
»-Echas de menos a la tuya. ¿Cuándo vuelves a ella? -dice Teresa.
»- ¿Volver? Yo soy maestro -digo.
»-Volver a tu sitio. Y para siempre -dice Teresa.
»- ¿Para siempre? -digo.
»-Si supiera a qué viniste aquí sabría por qué te vas -dice.
»- ¿Irme? -digo.
»-Encima pareces tonto -dice Teresa.
«En la Casa del Pueblo de La Arboleda nos cuentan que el ferrocarril del Norte ha sufrido un sabotaje y ha descarrilado el Correo de Andalucía en el alto de Ollargan, habiendo muertos y heridos.
»-Unos locos han levantado los raíles. Cosas así desacreditan las huelgas de los obreros -dice Eduardo Varela.
»- ¿Qué le pasa, don Manuel? ¿Por qué esa cara? Si todo está saliendo bien… Si una huelga tan unánime como ésta no hace estallar al Gobierno de Madrid… ¡me corto los huevos! -dice otro.
»-Váyanse a descansar, don Manuel, no han dormido desde ayer dice Eduardo Varela.
»Miro a Teresa. Me está mirando. Y el grupo de socialistas nos está mirando a los dos. ¿Dónde me he metido?
»Ahora, Teresa también viene en mi ayuda: echa a andar hacia la puerta, sola, olvidada de mí, tan sola como si yo nunca hubiera existido.
«En el oscuro atardecer, ella y yo caminamos en silencio por las dos colinas que conducen a su casucha. Nos llegan de la distancia disparos de armas de fuego. Ya estamos ante su puerta.
»-Habla -digo.
»Saca una llave de debajo de una piedra y abre la puerta. Entra y enciende el quinqué.
»-No tienes por qué despedirte, ni ahora ni luego -dice.
»- ¿Luego? -digo.
»Teresa se ha sentado en la cama a quitarse los zapatones. Arroja uno a la derecha, contra una pared, y el otro a la izquierda, contra la pared de enfrente.
»-He vivido más años sin ti que contigo. No te necesito -dice.
»Abro la boca para decírselo, pero no puedo. Ella no me ayuda esta vez. No sólo no emite un solo sonido sino que ni siquiera se mueve. Sentada en la cama, las rodillas separadas y los brazos olvidados de su cuerpo, es como si no estuviera en el mundo. Abro dos, tres, cuatro veces la boca para decírselo, pero no puedo.
»-Se me ha acabado la lejía para fregar los suelos, pero ya no tendré que comprar otra botella -dice.
»-Lo siento -digo.
»- ¿Por la lejía? -dice.
»-Lo siento -digo.
»Creo que me está mirando desde la semioscuridad.
»-Lo siento -digo.
»-El mundo está lleno de putas… ¿Por qué me elegiste a mí? -dice.
»-Lo siento -digo.
»-Te creo -dice.
»Y luego:
»-No tienes que dejar por mi culpa este pueblo, me marcharé yo.
»-Me iba a marchar. Desde el principio, me iba a marchar. El primer engañado he sido yo -digo.
»Sé lo que me está proponiendo con su mirada escondida en la semioscuridad. Pero no pronuncia una palabra.
»-Lo siento -digo, y me voy.
«Cuanto más me he empeñado en dormir, menos he dormido. Me da el mediodía en la cama, haciendo huelga.
»Luego:
»-Cuando los obreros se mueven, siempre hay sangre. En el descarrilamiento de ayer murieron cinco viajeros y hay muchos heridos -dice doña Beatriz.
»-Es lamentable -digo.
»-En los pueblos y en Bilbao el ejército vigila los barrios obreros. Se habla de cientos de detenidos. Y esta mañana, en la mina Malaespera, los mineros han disparado contra los soldados, se han enzarzado y han herido a un minero -dice doña Beatriz.
»Ahora estoy llamando a la puerta de la vivienda de Bernabé. Asoma la cabeza.
»-Buenos días, don Manuel. ¿Qué se le ofrece? -dice.
»-Una botella de lejía -digo.
»-La tienda está cerrada. Si no, me la destrozarían los mineros… ¿Lejía? -dice.
»-Sí.
»-Pase usted -dice.
»Espero en el pasillo a que baje a su tienda por la escalera interior y regrese con la botella, bien cubierta con muchos papeles de periódico. La cojo.
»-Que no se la vean. Estamos en huelga -dice.
»Se la pago.
»- ¿Lejía? -dice.
»-Me voy a envenenar -digo.
«Teresa no aparece en toda la tarde por la Casa del Pueblo.»-Alegre esa cara, don Manuel, que la huelga marcha de primera me dice alguien.
»Llega la noche y cierran la Casa del Pueblo. «-Buenas noches, don Manuel. A lo mejor mañana ya tenemos un gobierno revolucionario -me dicen.
«Estoy llamando a la puerta de Teresa. Es un día espléndido de sol. Me han temblado las piernas durante el camino y me engaño diciéndome que es por las dos noches que llevo sin dormir. Se abre la puerta y veo sus ojos y tropiezo con la misma mirada de hace cuarenta y ocho horas. Al menos, puedo hablar:
»-Toma -digo, levantando el envoltorio de papeles de periódico.
»- ¿Volvemos a los paquetes de comida? -dice Teresa.
»-No -digo.
»Lo coge.
»- ¿Qué es? -dice.
»-Una botella de lejía para el suelo de la Casa del Pueblo y de la escuela -digo.
»Su mirada me deja sin respiración. Sus manos retiran sin ganas los periódicos y aparece la botella. Todavía no la ha mirado, sólo me mira a mí. Sin mirarla ni una sola vez, la estrella contra el suelo.
»-Salía a ver el barco que ha llegado al Abra -dice, cerrando la puerta y echando a andar.
»Ya no me enfrento a sus ojos sino a su espalda que se aleja.
»- ¿Y la huelga? -digo.
»Se detiene y se vuelve. Sus ojos vienen contra los míos y me siento despreciable.
»-Lo siento por ti. Me das pena -dice.
»- ¿Pena? -digo.
»-Ya ni siquiera sabes por qué viniste aquí y a mí. Sólo me das pena dice.
Читать дальше