Ramiro Pinilla - La tierra convulsa

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Ambicioso fresco sobre la historia reciente del País Vasco, saga y la vez retrato de un microcosmos realista y mágico que es el pueblo de Getxo, Verdes valles, colinas rojas es la gran novela sobre la colisión entre un mundo que cambia y un pueblo que se resiste a todo cambio. La historia arranca a finales del siglo XIX con el enfrentamiento entre Cristina Onaindia, aristócrata casada con el rico industrial Camilo Baskardo, y Ella, una ambiciosa y astuta criada sin nombre que pone en peligro todos los valores tradicionales cuando anuncia que espera un hijo ilegítimo. Esa rivalidad prolongada durante décadas y que marca la historia de Getxo es comentada por dos figuras protagonistas: don Manuel, anciano maestro, y Asier Altube, su discípulo predilecto, que rememoran los meandros y ramificaciones de otras muchas historias derivadas de éstas, como la de Roque Altube, primogénito de un caserío enamorado de una agitadora socialista, o la de los niños Baskardo, que vivirán en su propia piel la locura aranista de la madre. Ramiro Pinilla domina como pocos la acción y los diálogos, y logra integrar, desde una perspectiva a la vez épica y lírica, la historia y los mitos de una región.

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»Me llevo conmigo a Teresa»-Vamos a donde sea -dice, rozándome la mano con la suya.

»-Debes ser testigo de la dignidad de los pobres.

»-Se dice gente trabajadora.

»- ¿Lo sientes realmente así?: ¿trabajadora?

»- ¿Te gusta que lo sienta?

»-Sí.

»-Pues lo siento.

»El responsable de las finanzas me entrega una bolsa con las mil trescientas pesetas destinadas a la huelga de los metalúrgicos, y salimos.

»-Que no le vean el dinero las tropas que vigilan las calles. Se ahorrará complicaciones -dice Eduardo Varela.

»A poco, me dice Teresa:

»-Dame a mí ese dinero.

»-No.

»-No se atreven a cachear a las mujeres.

»-No.

»Llevo la bolsa dentro de mi camisa.

»- ¡Qué gran revolucionario es mi novio! -dice Teresa.

»-Ni soy revolucionario ni…

»- ¿Qué ibas a decir?

»-Teresa, no debes poner nombres a las cosas.

»- ¿Por qué?, ¿porque con los nombres las cosas parecen más cosa? Si somos novios, pues somos novios, con nombre o sin nombre.

»Desde el tranvía vemos lo que pasa en las calles. Hay guardias civiles y, sobre todo, soldados en todas las esquinas, empuñando armas que dispararán contra los obreros si éstos mueven un dedo. Los obreros pasean en grupos pequeños, las manos en los bolsillos, las expresiones hoscas.

»-En pocas ocasiones se les permite a los humildes mostrar su dignidad, y ésta es una de ellas. ¿No te emociona el ver cómo defienden sus derechos de hombres? -digo.

»-Lo que yo veo es que les tienen miedo. ¡Nunca he visto tantos uniformes ni tantas armas! -dice Teresa.

»-Saben que algún día lo harán.

»- ¿Qué harán?

»-Hacer cumplir lo que predicó Jesucristo: que todos los hombres somos iguales. Y a ti te corresponde estar en esa lucha.

»- ¿Y a ti no?

»Nos miramos.

»-Tú ya no eres de Getxo sino de las minas, porque eres de Teresa -dice Teresa.

»Nos miramos.

»-No dejaré que vuelvas a Getxo. Pero, si vuelves, me iré contigo -dice Teresa.

»Nos miramos.

»- ¿Por qué no hablas?, ¿por qué siempre te quedas entre dos aguas?

»Nos miramos. Los ojos de Teresa están muy abiertos y húmedos. Aparto mi mirada.

»-Dignidad, libertad… -digo.

»- ¡Amor! -dice Teresa.

»Sus ojos.

»-Todo lo hago pensando en ti -digo.

»-Yo no quiero dignidad ni libertad… ¡Yo quiero amor! -dice Teresa.

»Sus ojos. Silencio. El traqueteo del tranvía.

»-Yo te enseñaré a llamar a las cosas por su nombre. En Getxo sois medio curas y os asusta la vida, os avergüenza llamar amor al amor. Pero tendré paciencia contigo y te ayudaré a engañarte escondiéndote en la dignidad y en la libertad. Me iré acostumbrando a tu modo de ser. ¿Quieres decirme algo? -dice Teresa.

»-No me veas tan despreciable.

»- ¿Quién ha dicho que eres despreciable?

»-Debes creer que soy muy despreciable.

»- ¿Por qué? Me gustas tal como eres, estoy orgullosa de quererte.

»-Calla. Esas cosas no se dicen en un tranvía.

»-Es mejor decirlas en un tranvía que no decirlas nunca.

«En la Casa del Pueblo de Bilbao no cabe un alfiler. Teresa y yo luchamos por entrar apartando a la gente.

»- ¿Dónde está el cajero? -digo.

»-Habla más alto, que no te oyen -dice Teresa.

»- ¿Quién es el cajero?

»En un cuarto hay muchos niños, y mujeres con expresiones graves están metiendo a más.

»- ¡Cuidado, no los aplastéis, brutos!

»- ¿Dónde está el cajero?

»- ¡Allí, al fondo! ¡Felipe, aquí te buscan!

»Es un hombrecillo con un manojo de llaves en la mano.

»-Somos de la agrupación de La Arboleda y traemos dinero para la huelga -digo.

»-Bien, bien -dice.

»Para sentarse a una mesita debe empujar a gente que tiene casi encima. Con una llave abre un cajón, saca una pequeña caja de hierro y la abre con otra llave, levanta la tapa y recoge la bolsita que le entrego.

»-Te haré un recibo. ¿Cuánto?

»-Mil trescientas pesetas -dice Teresa.

»Hace el recibo y me lo da.

»-Todo hará falta -dice.

»- ¿De dónde han salido tantas criaturas? -dice Teresa.

»-Son hijos de huelguistas que están siendo enviados a Éibar y a Guernika porque sus padres no les pueden alimentar mientras no cobren -dice el cajero.

»- ¿Puedo ayudar? -dice Teresa.

»-Todos los brazos son pocos -dice el cajero.

»Teresa me mira.

»-Me quedo -dice.

»Pasa Perezagua cerca de mí. Me mira, pero no me reconoce.

»-Esperarnos noticias del resto de España. Si la huelga se extiende… -dice el cajero.

»Mete el dinero en la caja y la cierra.

»-Los presos del penal de Santoña han enviado noventa y cinco pesetas con cuarenta céntimos, y la sección de mineros de Gallarta mil noventa y dos pesetas con setenta céntimos. Nada marcha sin dinero, ni siquiera las cosas de la clase trabajadora -dice.

«Es la una de la madrugada del lunes. Apenas se nota la hora avanzada en la Casa del Pueblo de Bilbao, aún llena de gente que se hace la misma pregunta con la mirada: "¿Cuándo darán la orden de Madrid?".

»Teresa se mueve, incansable, atendiendo a los niños que pasan aquí la noche en espera de que pronto les lleven a lugares donde, al menos, puedan comer.

»-Bien, bien… -le digo.

»-Me siento como una monjita de la caridad -dice Teresa.

»Necesita que yo se lo apruebe una vez más y le sonrío. ¿Cómo conseguir que lo haga por ellos y no por mí?

»-No sé qué sería de estos pequeños sin ti. Te has hecho imprescindible -le digo.

»-A los obreros les sobran mujeres. Cualquier otra lo haría igual que yo -dice.

»-Habría que preguntárselo a los niños. Te miran como a un hada buena -digo.

»-Será porque nunca tuve una muñeca como todas las niñas -dice.

»Disfruta poniendo orden en el rebaño, sentándolos y calzándolos, dándoles algo de comida, abrochándoles los botones. Hay lágrimas en sus ojos.

»-Teresa -digo.

»- ¿Qué?

»-Mereces la mejor de las suertes -digo.

»Se olvida del niño que tiene entre manos y me mira. No puedo aguantar su mirada y me doy la vuelta.

»- ¿De qué suerte hablas? ¿Qué debo decir yo ahora? -la oigo a mi espalda.

»No es la gente que me rodea la que me impide alejarme más. Vuelvo la cabeza. Sus ojos. Sus ojos. Pienso: "Soy inocente de esa mirada. Ocurre que las cosas nunca son tan simples como esperamos".

»-Regreso enseguida -le digo.

»Mis palabras la recomponen: dos palabras sin apenas significado a las que Teresa se ha tenido que aferrar patéticamente. Nunca imaginé que la cosa acabara así. Soy inocente de esa mirada.

«Y de pronto toda esta gente empieza a gritar: "¡Huelga general! ¡Huelga general! ¡Huelga general!", y parecen vivir el mejor momento de su vida. Es la una de la madrugada. Se acaba de recibir un telegrama de Madrid con la orden esperada. ¿Qué va a ocurrir ahora? Cuando busco a Teresa la veo en el umbral con un niño en brazos. Se detiene y me mira. Dios mío, tiene derecho a mirarme así.

»-Sigues aquí -dice.

»- ¿Por qué no iba a seguir? -digo.

»- ¿Dónde has estado? -dice.

»-Tomando un poco de aire. Me ahogaba aquí dentro.

»-Me ha pasado una cosa muy rara. Te juro que ha sido un rato muy malo. He llorado un poco. Soy una tonta, porque resulta que no te habías marchado, que seguías aquí… ¿Te gusta la noticia que ha llegado? -dice Teresa.

»Pero me sigue mirando como antes.

»-Será mejor regresar pronto a La Arboleda -digo.

»- ¿Por qué? -dice.

»-No lo sé… Pueden ocurrir cosas desagradables. Me siento responsable de ti.

»-Aunque ahora me ves entre niños, no soy una niña -dice.

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