»-Te lo dije una vez: no hablas mucho, pero ¡cuando te pones!… Qué pronto te han convencido los socialistas de todo eso… -dice Teresa.
»-Lo sabía antes de venir aquí.
»- ¿Ya lo sabías en Getxo?
»-Sí.
»- ¿Cómo lo sabías?
»-Pensando, leyendo cosas aquí y allá.
»- ¿Y creías en ello?
»-No es muy diferente el Evangelio.
»Teresa calla y sólo me mira.
»-No se puede vivir sin dignidad -digo.
»Teresa se sienta en una piedra frente a la mía, apoya los codos en las rodillas y su barbilla en sus manos y clava sus ojos en mí, sin pestañear.
»-No se puede vivir sin dignidad… Sigue -dice.
»-Todos los hombres somos iguales y en las viejas sociedades esto se cumplía…, quiero creerlo. Pero no en las sociedades modernas, donde el tener o no dinero, el tener o no poder determinan si a un hombre le corresponde ser amo o siervo.
»Teresa escucha como una estatua de quieta. Y espera más.
»-Tanto el siervo como el pobre son pobres, pero uno y otro no son la misma cosa. El siervo ha perdido su dignidad, pero un pobre puede seguir siendo digno. Los mineros que te rodean son siervos. Pobres, por ejemplo, somos nosotros, los de Getxo, pero nadie nos ha quitado la dignidad.
»- ¿Por qué? -dice Teresa.
»-La tierra, la tierra. En Getxo poseemos la tierra que trabajamos, cada familia del campo posee su casa y su tierra. Y si no se poseen es lo mismo, porque el precio del subarriendo es simplemente testimonial, porque allí el dueño de la tierra no explota al inquilino; más bien, se avergüenza de no trabajar su propia tierra. Porque allí es la tierra la que prevalece y lo nivela todo.
»-Pues vámonos tú y yo a vivir a Getxo, que aquello debe de ser pura gloria. ¿Por qué pones esa cara? -dice Teresa.
»-Dignidad. Es decir, libertad… -digo.
»-Espera, espera… Oye, no entiendo… Si quieres que me haga socialista es para que me quede en La Arboleda. ¿Es que tú también te quedarás? -dice Teresa.
»-Cada uno debe vivir en el lugar al que pertenece. Y si alguien se siente ajeno a su lugar es que algo no se ha cumplido y entonces hay que tratar de arreglarlo.
»-Y aquí entras tú.
»-Dignidad. Es decir, libertad -digo.
»-Espera, espera… Ya ves que no te araño porque quieras salvarme. ¿Sabes lo que pensaría si pensara mal? Pues pensaría que vas a abandonarme después de haberme salvado y que por eso te empeñas en hacerme socialista, para que no me sienta luego tan sola…
»Se pone en pie y se me acerca. Sólo tiene que dar tres pasos para que su falda casi roce mi cara. Su mano se posa en mi cabeza y la acaricia. Su cuerpo desciende lentamente hasta quedar de rodillas, su rostro a la altura del mío. Separa mis rodillas para acercarse más, y así puede besarme. En la boca. Yo no la evito. Nos miramos. Sus ojos se llenan de lágrimas.
»-Quiero que me digas si hago bien o mal -dice.
»Silencio.
»-Que me digas si yo… yo… tengo derecho a… Si alguien que ha sido lo que yo he sido tiene derecho a… ¡Dios!, ¿cómo debo ser contigo?
»-Esto no tenía que haber pasado -digo.
»- ¡Pero ha pasado!
»-Quiero ayudarte. Lo que más necesito en este mundo es ayudarle -digo.
»- ¡Pues ayúdame!, ¡dime lo que debo hacer!, ¡dime de una vez lo que yo sé que sientes por mí!
»-Déjame ayudarte.
»- ¡Si te estoy dejando! Bésame…
»Teresa espera con el rostro adelantado e inmóvil a dos palmos del mío.
»-Lo que más quiero en este mundo es ayudarte -digo.
»Teresa calla, sólo espera. Le cae de cada ojo por sus mejillas un hilo húmedo. Ahora, por fin, se mueve, se levanta. Coge mi mano y tira de mí y me conduce a la casucha y entramos y cierra la puerta, y se para y otra vez pone su rostro a dos palmos del mío.
»-Aquí no te ve nadie -dice Teresa.
»Adelanto mi cara y la beso. En los labios. En los labios.
»- ¿Me has besado ya? -dice Teresa.
»-No te he besado. Esto no tenía que haber ocurrido -digo.
»- ¡Me has besado!
»Me echa los brazos al cuello y su cuerpo se aprieta contra el mío.
»- ¿No te importa que te abrace una chica como yo? ¡Joder!, ¿por qué no me abrazas para decirme que puedo abrazarte?
»-Esto no tenía que haber ocurrido…
»Ella misma lleva mis brazos alrededor de su cintura. Su carne. Su carne.
»-Ven -dice.
»Mis piernas tocan el borde del camastro.
»-Ven -dice Teresa.
»-Esto no tenía que… -digo.
»Teresa me tapa la boca con su mano. Se la aparto.
»-Vine para ayudarte -digo.
»-Nadie podría hacer más por mí -dice Teresa.
»- ¡No! Dignidad. Es decir, libertad…
»-No empieces, maestro.
»La aparto del todo. Ahora la estoy mirando desde la otra pared.
»-Dignidad. Es decir, libertad…
»Teresa se pone en jarras.
»-Oye, los de Getxo sois todos medio curas, ¿verdad? -dice.
«-Suba usted conmigo, que hay noticias. Ahora sí que parece que se empiezan a hacer las cosas como deben hacerse para armar una gorda -dice Marcelo.
»En el cuartito de los socialistas están los de siempre.
»-Siéntese, don Manuel -dice Eduardo Varela.
»Marcelo también se sienta. Hay papeles y periódicos sobre la mesa.
»-Si la revolución ha de arrancar de una situación general de miseria, de una explotación acentuada de las clases trabajadoras, de una represión descarada del poder burgués…, pues entonces…
»-El pueblo está pidiendo decisión a los dirigentes de la izquierda.
»-El pueblo está harto.
»-En cuanto te ven, te agarran de las ropas y te preguntan: "¿Cuándo?, ¿cuándo?", y te rodean y te obligan a hablar, a que les digas qué planes tenemos los socialistas y, sobre todo, cuándo… "Los socialistas lleváis hablando demasiado tiempo; demostradnos de una vez que sois capaces de ayudarnos…", y cuando se les pregunta si podemos contar con ellos, dicen: "¿Por qué no, si estamos hasta los cojones?".
»Dice ahora Eduardo Varela:
»- ¿Estamos viviendo una situación prerrevolucionaria o una protesta laboral más?
»-Siempre deberían ser una misma cosa -dice Marcelo.
»-La prensa burguesa repite machaconamente que la izquierda se ha lanzado abiertamente a la revolución, y el país está asustado. La verdad es que algo se ha puesto en marcha y nadie sabe hasta dónde llegará… Estos procesos son difícilmente controlables. Quiero decir que las vanguardias políticas se suelen ver desbordadas por las propias mechas que encendieron -dice Eduardo Varela.
»Marcelo coge un periódico y me lo pasa.
»-Lea aquí -dice.
»Es El Socialista del día veinticinco de mayo pasado. El artículo se titula "Prevenimos al Gobierno". Lo leo. Es una advertencia en toda regla al poder, la seria notificación del disgusto de unas masas sufrientes que exigen mejoras económicas, justicia social, un cambio…
»-Así están las cosas… ¿Qué le parece? -dice Marcelo.
»-Y lo mismo ocurre con los recientes comunicados del Sindicato Minero y del Sindicato Metalúrgico, ambos de carácter marcadamente revolucionario. Además, el Sindicato Metalúrgico acaba de reclamar un veinte por ciento de aumento salarial y la reducción de diez horas y media a nueve de la jornada de trabajo -dice Eduardo Varela.
»-La cosa está que arde.
»-Lo que está caliente debe arder.
»-No se nos irá de las manos.
»- ¡El pueblo al poder!
»Digo:
»-Suspendan sólo un momento la reunión, no digan cosas importantes, regreso en un salto.
»Se callan y salgo. Teresa está limpiando el piso bajo.
»-Ven.
»-No he dejado de pensar en lo nuestro y pienso que haces lo que haces porque me quieres mucho -dice Teresa.
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