– Antes, cuando Virtudes nos presentó, también la mencionaste. ¿En qué nos parecemos?
– No sé explicarlo. No es algo físico sino más bien una actitud, como si compartierais el mismo espíritu. Tenéis un modo similar de mirar, esa forma de enderezar los hombros y cruzar los brazos, con la vista decidida al frente y la cabeza bien alta, como si no importara lo que estuviera sucediendo a vuestros pies. Por muy penosa que pudiera ser la situación, siempre os queda un rescoldo de fuerza, un último suspiro. Creo que sois supervivientes natas.
– Enséñame sus fotos -y pone gesto de dudar-. ¿No quieres?
– Lo haré, pero sé que me va a doler. Está muerta.
– ¿Muerta? -repito, aunque ya lo sé, claro que lo sé, por supuesto que lo sé, sólo que en la voz de Kodak hay un matiz de pesar y desesperación que no había oído antes, ni en labios de la madame ni de Esteban Olegar, ni siquiera en boca de Butragueño. Es un eco quejumbroso de cosas perdidas, de tardes huérfanas rotas para siempre, de adioses definitivos y recuerdos vetados porque sería demasiado doloroso dejar que volvieran a respirar.
Y sé que, delante de mí, ante una copa de vino, se le está escapando una porción de vida porque cómo, le dice su razón, va a vivir sin ella. Y me doy cuenta de que su congoja es tal que me sorprende no haberla percibido antes, en plena sesión de fotos, incluso jaleando a las chicas gritándoles lo preciosas que son, pidiéndoles que se laman entre ellas, fingiendo ante todos en su papel de pasota y fumado al que casi nada le importa un poco. Cómo no lo vi, ese sufrimiento soterrado, ese desvalimiento de amigo abandonado que sigue adelante, de enamorado sin tino que ha perdido a su amor en el olvido, que se chuta en vena indiferencia para seguir en pie como si nada fuera importante.
– ¿Te acostabas con ella? -pregunto, y siento cómo mi dedo se mete en su herida y busca y rebusca, revuelve entre las tripas en pos de su objetivo por más que le duela, porque es preciso hallar el sentido.
– Alguna vez, pero eso no era lo esencial. Era mi amiga, mi cómplice. Sin ella me siento vacío…
– Muéstrame sus fotos, por favor. Necesito verlas.
Y se levanta dócil, desaparece en su despacho y regresa cargado con media docena de álbumes que deja en el suelo ante mí.
– El orden cronológico es el ideal para admirarla. Así la conocerás mejor -y me ofrece el que parece más antiguo, desencuadernado y de esquinas sobadas con devoción, como un breviario o la carpeta de una colegiala con recortes de su príncipe azul devenido en actor.
Lo abro expectante y contemplo la primera instantánea, la de apenas una adolescente que abraza a una imponente mujer de poderosa delantera.
– No lo entiendo, creía que tú hacías otro tipo de fotos.
– Así es, pero ésta no es mía. Era suya, un recuerdo personal. Pensó que yo necesitaría alguna referencia de cómo había sido antes de conocernos para documentar el antes y el después de su degradación. Aquí tendría quince o dieciséis, todavía era virgen. ¿No te suena la otra mujer? -la contemplo con detenimiento, me fijo en sus ojos, en esa transparencia que se adivina incluso en el blanco y negro. Color de ginebra mala-. En aquel tiempo Virtudes era como una madre para ella. Quién le iba a decir que acabaría trabajando a sus órdenes.
– Pero ¿realmente el negocio es suyo?
– Ya le gustaría, hay un socio que pone la pasta. Ella lo organiza y controla a las chicas y su «transformación», les busca clientes y actos en que lucirse… En fin, es la madame, una madame con mucho poder y pasta que la respalda y que presume de clase, pero una madame al fin y al cabo.
– Y ese inversor, ¿quién es?
– ¿Qué eres, una detective-stripper? Ni lo sé ni me importa. Lo único que quiero es que se me pague bien y a tiempo. Me da igual de dónde venga la pasta, como si sale de los cepillos de los conventos.
– ¿Y qué pasó entre Virtudes y Olvido? -reculo rápidamente.
– Ni idea. No viví el principio, sólo el auge y fin de la relación, pero no me preguntes qué las unió y qué las separó luego. Un día, vencida por el alcohol, Olvido me contó que existía un parentesco que no definió entre ambas. Cuando la conocí ya estaba mucho más fogueada, ya reflejaba su rostro esa pena profunda y negra que no se ve en esa foto, ¿te fijas cómo sonríe ahí? Pasa la página, observa ese primer plano… ¿Lo ves? Ya no sonríe igual, ni siquiera cuando posa con sus compañeras.
Efectivamente, la chiquilla de larga melena que abraza a su «Madrina» y la contempla con arrobo nada más abrir el álbum no es la misma una página después, sola, semidesnuda, con una mirada herida y desafiante que reta al espectador a intentar lastimarla de nuevo, atrévete, no podrás, antes de que nadie más volviera a apalear mi corazón me lo rompí yo, y comprendo por fin el origen de nuestro parecido: somos fieras heridas, sabemos lo que duele la patada, lo que nos hará perder, pero una y otra vez nos levantamos y volvemos a lamer y morder la mano que nos dará de comer. Es la vida, que lastima, y hay chifladas como nosotras con miedo a vivir que lo hacemos a pesar de todo, que tal vez porque conozcamos a fondo ese tormento no podamos evitar sonreír desafiantes y con pesar en espera de los males que sabemos que, siendo como somos, seguro vendrán. Todo consiste en esperar el dolor inexorable, retarle para que emerja y sea más fuerte esta vez, sublime, tanto que no podamos resistirlo. Y nuestra debilidad, el sabernos frágiles, es lo que nos vuelve serenas y eternas: nada nos puede porque todo nos lastima demasiado.
– Sí -concedo-. Nos parecemos. Tenemos el mismo aire desarraigado.
– Como si no tuvierais a nadie más que a vosotras.
– Quizás. ¿Y quiénes son las otras chicas? -me intereso, y señalo a varias muchachas en ropa interior de aire infantil que ríen junto a Olvido en una foto fresca y alegre de grupo. Si no supiera lo que sé, pasaría por un divertido anuncio de lencería de marca poblado por nínfulas perversas.
– Son mis señoritas de Aviñón del 94. Ésa era su promoción. Virtudes se encargó, como siempre, de la selección. ¿Por qué lo preguntas?
– Una de ellas me suena, pero no sé de qué. ¿No tienes más fotografías suyas? Juraría que la he visto antes en alguna revista, soy tan cotilla…
– Todo esto es confidencial. Si alguna de estas fotos saliese de aquí Virtudes me cortaría las pelotas -advierte, pero entonces hago un puchero y compruebo que mis labios no han perdido el carmín o ese efecto que tan bien me funcionaba cuando, soltera, salía a ligar, hace una eternidad, porque me sonríe pícaro, se levanta de un brinco y va hasta una estantería, rogándome-: Espera un momento, no te muevas. Aquí tienes -me ofrece tras unos intensos minutos de búsqueda que se tornan interminables-. Ya puedes despacharte a gusto. Pero no te asustes con la calidad, son fotos horribles de su primer book. Estaba empezando.
– Kodak, vas a tener que prestarme este álbum. Lo necesito. Soy policía y esto es una prueba en un caso de asesinato.
– Me lo figuraba -confiesa sin parecer cabreado, ni siquiera decepcionado.
– El qué.
– Eso que te dije de Olvido y de ti. Ese aire tuyo de dignidad, esa aura como de mártir. No eres una puta santa, eres una justiciera.
– Lo siento mucho. ¿Te parece mal que te haya mentido?
– Un poco, pero podrías compensarme.
– ¿Cómo?
– Posa para mí. Otra vez. Sin mentiras.
Dice Esmeralda que quiere una vida nueva, dice Ramón que su mamá se ha fugado y debe ir a buscarla, dice Esteban Olegar que le gustan las alturas, Virtudes que es una señora, Vito un anciano cansado, Kodak un enamorado, Butragueño se jacta de no proferir jamás mentiras, Santi de que pondría punto final con su querida y yo, con la suegra declarada en rebeldía, mi marido embarcado en la búsqueda de su infancia perdida, el aspirante a empresario debatiéndose entre el amor y el odio, la bicha pensando en qué lugar se habrá topado conmigo, el «Padrino» debatiendo si quitarme o no de su camino, el fotógrafo empeñado en que soy la reencarnación de su Julieta, el abogado abusando de su jeta y su tarjeta y mi compañero entubado y medio muerto en una cama de hospital, sólo pienso que estoy de mierda hasta el cuello.
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