– Hazme caso, no se lo tengas en cuenta, ayer pasó muchos nervios y…
– Pues de ti ha dicho que también te lo tienes muy creído.
– ¡Será hija de puta! El morro que se gasta tu niña es de antología, ¡si la que tuvo que enseñar el culo fui yo!
Pero París sigue a su bola, perdido en sus recuerdos, y reflexiona:
– Hay que ver qué cruel, qué injusto es el amor. Un día eres el motor de su vida y a los cinco minutos se te cae un plato o rompes una de sus figuritas de porcelana y ya no queda nada. Por el acto más nimio, algo incluso que escapa a tu control, que está escrito en tu destino, dejas de ser perfecto. Sólo por tirarte un pedo o bostezar durante su programa de televisión preferido se rompe esa burbuja de admiración y te conviertes en un patán, un indeseable, y todo ha sido nada más que una ilusión. Fíjate si seré imbécil que me llamó la otra noche la secretaria del juzgado para invitarme a cenar a su casa… Joder, se me estaba ofreciendo en bandeja, que lo sé yo, y le dije que no. Que no. Si eso no es fidelidad que baje dios y lo vea. Soy un imbécil, Clara, un imbécil.
– Que conste que lo has dicho tú.
*
– Vale -concluye Clara tras una hora de aburrida lectura-, de las cuentas de Olvido salían regularmente tres hermosas partidas de dinero: una para Butragueño, que él debía destinar a saber a qué, porque no me creo ni por asomo que esa pasta sean sus honorarios; otra cada primero de mes, con puntualidad inglesa, a la misma cuenta corriente; y una tercera, mediante cheque al portador, de grandes sumas cada vez más crecientes en periodos aleatorios.
París está sumergido en extractos bancarios. No tiene buena cara. Se rasca el sobaco sin ningún disimulo, olvida por completo sus buenas maneras y lee con desgana varios folios subrayados.
– Tienes razón, aquí está. Todos los días uno de cada mes traspaso a una cuenta con dos titulares, la propia Olvido y Enrique Blasco.
– ¿Y se puede saber a qué estabas esperando para decírmelo? ¿En qué coño pensabas?
– ¿El qué? -pregunta medio dormido.
– Que Olvido transfería dinero a una cuenta del Culebra que seguro que él sangraba poco a poco. Busca en la historia bancaria a ver qué más dice. Y a ver si espabilas.
– Déjame comprobarlo… Sí. Ella metía y él sacaba. A final de mes el saldo se quedaba a cero, el tío se lo fundía todo. Lo que no sabemos es por qué le financiaba el vicio, y desde hace tanto tiempo; esta cuenta lleva años abierta.
– El Culebra era un yonqui decente y con suerte. No trapicheaba, no atracaba y no se metía en más marrones de lo necesario, a lo más que llegó en sus horas bajas fue a birlar las monedas de los carritos en los hipermercados o a saquear unos cuantos metros de cable de cobre en los barrios del extrarradio. Tiene que haber un vínculo entre ellos, el mechón de pelo lo corrobora, pero ¿cuál? Puede que hubieran sido novios, parientes lejanos… ¿Qué me dices de los cheques?
– Que me va a costar seguirles la pista.
– ¿Cuándo se emitió el primero?
– El 3 de marzo. ¿Te dice algo esa fecha?
– No. Aunque sería interesante averiguar qué hacían por esa época los Olegar y Butragueño -propone Clara.
– No tiene sentido investigarlos, ninguno de los tres es precisamente pobre. Ellos deberían ser los extorsionados, no al revés.
– Tienes razón. Sólo que entonces ¿a quién podría estar entregándole esas cantidades cada vez más cuantiosas? Incluso puede que la asesinaran porque se negara a ir a más…
– ¿Y por qué no le preguntamos a Butragueño por la colosal minuta que le facturaba? Mientras no se acoja al secreto profesional… -teoriza París en un insólito rasgo de lucidez.
– No lo hará, le encanta largar -garantiza Clara-. Se corta un poco si se trata de Julio u Olvido, no sé si porque los apreciaba de verdad o porque están muertos, pero los demás le importan una mierda. Le dan exactamente igual.
– Llámale para quedar, pero iremos los dos. La última vez que fuiste sola por poco te echan a volar -decide él en plan superprotector.
– No te conoce, como vengas tú no dirá ni pío. Si quieres le pido que nos veamos en un lugar público para no correr peligro, como en las películas -sugiere sarcástica. El silencio gélido de su compañero le hace cambiar de tema-. ¿Qué más nos queda?
– Los resguardos de tintorerías que encontraste en la chabola del Culebra.
– ¿Has podido mirarlos? Pensé que no te habría dado tiempo.
– ¿Por quién me tomas? -se revuelve-. Claro que los he mirado, a mí me da tiempo a todo. Fui al salir.
– ¿Cuándo? -Clara no puede evitar que salten las alarmas de su suspicacia.
– ¿Qué más te da? Lo hice fuera de mi horario. Tú te vas por ahí con gente de mala muerte y yo no te digo nada. Lo importante es que he conseguido los datos, ¿no es lo que dices tú siempre? Pues eso. Toma los papeles y calla.
– ¿Se puede saber qué te pica?
– Me fastidia que intenten controlarme. En el fondo Reme y tú sois iguales.
– Frena, frena que te embalas. No empieces a comparar que la tenemos, que si te deja no es culpa mía -y se levanta para dar una vuelta, ir al baño, a donde sea, la leche que ha mamado, vaya hijo de puta arisco. Todos los hombres sí que son iguales. Todos-. ¿Y tú qué miras? -le increpa a una agente novata despistada que se seca las manos en una toalla y la observa con asombro, y es que hay que ver estas niñatas, las sacan de la academia, les ponen un uniforme y ya la miran a una como si estuviera pasada de rosca, como si fuera la loca de los cartones. Qué sabrá ésta de la vida, qué sabrá de mi vida y de lo que tengo que aguantar y de lo que a ella le queda por tragar, piensa mientras regresa y se sienta ante un París algo más dócil-. A ver, ¿me cuentas lo de la tintorería?
– Recogió la ropa un tal Winston Márquez. Es legal desde hace tres años. ¿Quién crees que le ha dado de alta en la Seguridad Social? -y hace una pausita retórica de esas odiosas antes de revelar con delectación-: Valentín Malde.
– ¿Cara de Gato?
– El mismo. Y también he logrado averiguar a qué se dedica nuestro amigo Winston, es el chófer de Vito, aunque sigo sin creerme que semejante mafioso tenga dado de alta a un inmigrante en su servicio doméstico.
– Es una manera de conseguir apariencia de legalidad. Vito nunca deja nada al azar, no querrá que le pillen por una tontería como ésa. Yo creo que el que lograran detener a Al Capone por evadir impuestos aún tiene a los capos de hoy en día acojonados -calla y espera que París le ría la gracia, pero se ve que él no está por la labor-. ¿Entonces la ropa es suya?
– Ni idea. Lo único seguro es que su chófer pagó la tintorería. De quién es mejor lo adivinas tú, que para eso te entrevistaste con él.
– Me da que sí. Eran trajes muy caros y la talla, aunque lo vi bastante consumido, podría haberle encajado cuando no estaba tan acabado.
– La pregunta es ¿por qué los tenía el Culebra?
– Quizá Vito le dio los trajes para que los vendiera en algún mercadillo. Le tenía mucho cariño, tal vez ésa era su forma de ayudarle sin humillarlo.
– Pues vaya detalle mandarlo todo antes al tinte. No, yo creo que el yonqui se los pondría para ir a por agua a la fuente o a cenar con los bichos de su chabola: ¡miradme, cucarachas!, ¡admirad mi elegancia, ratas de cloaca!
– Tú tampoco eres gracioso, Carlos. Ni por asomo.
– No intentaba serlo.
– ¿No podría ser posible que, en otro momento, el Culebra tuviera proyectos, planes para el futuro, sueños de encontrar un trabajo al que ir bien vestido?
– Y tú, que tan bien le conocías, ¿por qué crees que querría renacer de sus cenizas y reencarnarse en vendedor de enciclopedias o en un comercial de tres al cuarto? Oye, ¿adónde vas?
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