Mercedes Castro - Y punto

Здесь есть возможность читать онлайн «Mercedes Castro - Y punto» весь текст электронной книги совершенно бесплатно (целиком полную версию без сокращений). В некоторых случаях можно слушать аудио, скачать через торрент в формате fb2 и присутствует краткое содержание. Жанр: Современная проза, на испанском языке. Описание произведения, (предисловие) а так же отзывы посетителей доступны на портале библиотеки ЛибКат.

Y punto: краткое содержание, описание и аннотация

Предлагаем к чтению аннотацию, описание, краткое содержание или предисловие (зависит от того, что написал сам автор книги «Y punto»). Если вы не нашли необходимую информацию о книге — напишите в комментариях, мы постараемся отыскать её.

«Él me acusa de tener sentimientos. Me dice que soy débil y frágil, sutil, febril, casi pueril. Nada viril para mi profesión, y tendría que serlo, que adónde va una mujer policía tan sentimental como a punto de romperse.»
Clara Deza es contradictoria y deslenguada, Clara Deza es agente de la autoridad, esposa y compañera, tan sensible por dentro como dura por fuera. Inmersa en un mundo hostil marcado por el enfrentamiento entre dos esferas contrapuestas: la laboral, poblada por policías que oscilan entre la incomprensión o la superprotección, yonquis que inspiran su ternura y superiores que no la respetan, y la personal, que gira en torno a un matrimonio que es a la vez refugio y casa de fieras, remanso de paz y estanque de tormentas.
Clara Deza aprenderá a demostrar pronto su faceta más combativa y mordaz cuando, tras recibir un desconcertante mensaje de su mejor confidente, descubre que uno de los mafiosos más escurridizos planea su gran golpe. Movida por el pálpito de saber que se encuentra ante su caso más importante, comienza a escarbar en las cloacas de una sociedad brillante en apariencia y tremendamente cruel en realidad.
Con una poderosa voz narrativa cargada de ironía, Mercedes Castro irrumpe en el panorama literario con la historia de una mujer que se mueve entre claros y oscuros, una protagonista tan de carne y hueso que traspasa las páginas de esta novela con su humor agridulce, su contundente fragilidad y un inconformismo esencial que va más allá de cualquier punto y final.

Y punto — читать онлайн бесплатно полную книгу (весь текст) целиком

Ниже представлен текст книги, разбитый по страницам. Система сохранения места последней прочитанной страницы, позволяет с удобством читать онлайн бесплатно книгу «Y punto», без необходимости каждый раз заново искать на чём Вы остановились. Поставьте закладку, и сможете в любой момент перейти на страницу, на которой закончили чтение.

Тёмная тема
Сбросить

Интервал:

Закладка:

Сделать

Mierda de mierda de vida, cavilo, y me riño porque, después de la noche de ayer, no tenía que haberme levantado a las 7:00, ni tan siquiera a las 7:33 y sé que estoy llegando tarde, como siempre, las mujeres es que no son capaces ni de madrugar, je, je, dirá el estúpido de la puerta al verme llegar y hola chata se te han pegado las sábanas pues tu puta madre, botijo seboso, y preparo la respuesta que llevo un rato repitiendo en mi cabeza cuando, de sopetón, me topo con un señor sentado en el bordillo de la acera, ante la comisaría, justo delante del gordo gilipuertas que lo mira con enojo, como si la vía pública fuera suya y un cerdo se le hubiera colado en el cercado de margaritas y es que éstas no son formas, un hombre tan elegante, tan encorbatado, tirado por los suelos con los morros apretados, los puños crispados y, sobre todo, ese aire de derrota tan incómodo, tan familiar, tan conocido.

– Señor, ¿está bien?, ¿le ocurre algo? -me intereso saltándome mi propia norma, la que dicta que la primera frase que pronuncie en alto nada más comenzar el día sea para mandar al carajo al mismo de siempre.

– ¡Pregúnteselo a ése y a sus amigos, pregúntele! -me responde iracundo, señalándole, y empiezo a sospechar que no se ha dado cuenta de que yo, aunque de paisano, también soy policía-. ¡Lo que me han hecho! ¡Me han humillado! A mí, que no me meto con nadie, que pago mis impuestos, que respeto a mis clientes y ayudo a los ciegos a cruzar la calle y cedo mi asiento a los lisiados y a los viejos. ¿Es justo esto? Dígame, ¿es justo?

– ¿El qué? -pregunto absurda.

– Que lleve aquí toda la noche, que se hayan reído de mí, que me toreen, que me tomen por tonto y me insulten. Mire usted, he sido avasallado -confiesa casi con vergüenza, como si le hubieran violado-. Y todo por una cartera, la mía, que me la han robado. Y no la he perdido, no, me la han ro-ba-do. A eso de las once y pico, en una cafetería, mientras veía un partido de la Champions. Y estoy seguro, muy seguro, completamente seguro, señor agente. Eso les dije, pero ellos que no, que la habrá perdido, hombre, y no puede asegurar que fueran dos rumanos, no se pase de listillo, que eso es acusar en falso, hace falta ser racista, coño, ¿o no sabe que hay muchos más ladrones de guante blanco con negocios como el suyo que pobres inmigrantes que no se meten con nadie? Eso mismo me dijeron. Me llamaron ladrón y racista porque mencioné a dos jóvenes de Europa del Este muy mal vestidos que se sentaron detrás de mí en la barra y que me comentaron los del bar luego, cuando me vieron tan nervioso tras el robo, que más de una vez los habían tenido que expulsar por meter la mano en los bolsos de las señoras o en las chaquetas de los maridos despistados. Y los policías insistiendo en que no, que se me habrá caído en la calle, que no puedo culpar a nadie más que a mí, que no van a buscar a esos dos porque no puedo demostrar nada y que no me queje tanto, que a fin de cuentas estoy entero y de una pieza.

– Bueno, visto así…

– Lo que tendría que ver alguien, del gobierno o de la prensa o de donde sea es cómo puede ser que llegara a la una de la madrugada y hayan tardado cinco horas en atenderme.

Y eso que sólo había un par de personas delante, todos en el pasillo muertos de frío pensando que habría sucedido algo importante que tendría a los agentes ocupados, un atraco a un banco, una redada contra la mafia y, cuando por fin logro acceder a la oficina de denuncias, me encuentro a una docena de policías bien cómodos y calentitos arrimados a un radiador y haciendo solitarios en el ordenador. No pude menos que recriminárselo, compréndame, ¡y entonces van y se me ponen chulos! Dígame, ¿lo cree usted?

Claro que le creo, quisiera decirle, claro que le han maltratado, abochornado, despreciado, insultado. Pero verá, la culpa es suya por tener mejor sueldo, un horario más cómodo, un empleo bien considerado y, sobre todo, por necesitarnos. No lo entiende, me gustaría explicarle, ha sufrido una venganza, un castigo, un ajusticiamiento que compensa, de algún modo siniestro, la diferencia entre su mundo y el nuestro. Déjeme que le explique que los agentes de cualquier comisaría se sienten tan ninguneados que se han olvidado de que están a su servicio. No asumen que usted, que no se juega la vida, con su reloj de marca y su traje distinguido, sea quien pague sus míseros jornales. La mayoría no tienen carrera, alternan con lo más granado del lumpen, patrullan en barriadas que no figuran ni en los callejeros, trabajan en oficinas sórdidas, oscuras, decrépitas. Ustedes, mientras tanto, son felices. Tan ajenos, tan inconscientes del peligro que corren y del que ellos les salvan que se sienten desdeñados, despreciados. Sí, cierto, sufren delirios de grandeza, sueñan con imposibles, tal vez estén mal de la chaveta y su vida sea tan miserable que necesiten soñar, volar, sentirse poderosos e importantes. Qué culpa tienen si el único momento en que coinciden con ustedes sea en su terreno y los ciudadanos que acuden a ellos se encuentran nerviosos, llorosos, recién atracados, supervivientes, apaleados y arrepentidos de su propia debilidad. Sólo aprovechamos la oportunidad, sólo eso.

Todo esto lo pienso, claro, pero no se lo digo porque no quiero que sepa que soy una más de la recua de tiranos, una policía crecida en su poder, hiriente en la protección, ofensiva con los damnificados. Por eso poso mi mano en su hombro, se lo aprieto con cariño y encamino mis pasos hacia la comisaría aunque, para entrar, me vea obligada a esquivar al infecto gordo de la puerta que se sonríe ladino porque, qué coño, míralo ahí, en el suelo, manchándose los pantalones de mugre, si casi está llorando, colega, con la pasta que tendrá, un tío hecho y derecho, total, por unos cuantos billetes, un par de fotos de sus hijas y unas horitas perdidas de nada.

A lo lejos oigo la voz del hombre, rendida, triste, bienintencionada que me advierte:

– Ya puede prepararse, señorita. De ahí no sale como mínimo hasta la tarde.

– Mira lo que te traigo -y Clara le muestra a París el álbum de fotos que anoche requisó a Kodak.

– ¿Te parecen éstas horas de llegar?

– Ayer trabajé hasta tarde.

– No me digas más, sola, para no variar. Porque lo que es yo no estaba presente.

– Sí, en espíritu. Anda, échale un vistazo a la tercera página.

– No cambies de tema como siempre -la recrimina ceñudo, mucho más molesto por el retraso que por la posibilidad de que hubiera corrido peligro.

– No te preocupes, te lo enseño yo -insisto resistiéndome a que acabe con mi buen humor o tal vez con mi determinación, esa que me mueve y me anima y me empeño en conservar porque hoy puede ser un gran día, ya lo dice la canción, no pienses en lo que ha sido tu vida esta semana, ni en Santi lleno de tubos de los pies a la cabeza, ni en mí misma en un hospital muy pronto quizás o cayendo al vacío desde una terraza como en el sueño de esta noche, sola en la cama con la ausencia de Ramón a mi lado impidiéndome dormir.

– No, trae, puedo yo solito -y París le arranca el álbum de las manos enfurruñado y se lo acerca a la cara como si fuera cegato, lo escruta serio y con los ojos entornados para finalmente sentenciar-: ¿A quién te refieres, a ésta? Ni idea, como no me des más pistas…

– Esfuérzate, anda. Has visto más fotos suyas, fue famosa antes de casarse.

– ¡La leche, la viuda del ricachón, Mónica Olegar! ¿Se puede saber de dónde has sacado esto? -pregunta suspicaz.

– De un fotógrafo que me lo prestó.

– No sigas, el tal Kodak. ¿Te parece bonito investigar por ahí sin contar conmigo?

– Te he dicho un millón de veces que sé cuidarme.

– ¿Y a tu marido le parece bien que andes a tu aire a esas horas, eh?

Читать дальше
Тёмная тема
Сбросить

Интервал:

Закладка:

Сделать

Похожие книги на «Y punto»

Представляем Вашему вниманию похожие книги на «Y punto» списком для выбора. Мы отобрали схожую по названию и смыслу литературу в надежде предоставить читателям больше вариантов отыскать новые, интересные, ещё непрочитанные произведения.


Отзывы о книге «Y punto»

Обсуждение, отзывы о книге «Y punto» и просто собственные мнения читателей. Оставьте ваши комментарии, напишите, что Вы думаете о произведении, его смысле или главных героях. Укажите что конкретно понравилось, а что нет, и почему Вы так считаете.