– No seas machista, no seas cabrón y no seas entrometido. Además, no es asunto tuyo lo que Ramón piense o deje de pensar.
– Es evidente que me preocupo yo más por ti que él. Vaya marido, le da igual que su mujer se exponga así.
Clara va a soltarle una burrada, pero en ese instante su móvil empieza a bramar. Se traga sorprendida la maldad que estaba a punto de soltar, saca el aparato, lo mira, ve que se trata de un número oculto y, mosqueada y hastiada, deja que siga sonando, que no está hoy para publicidades ni memeces.
– ¿Por qué no respondes? -pregunta París impaciente.
– Porque no me da la gana. Y tú, ¿por qué no dejas de decir soplapolleces?, ¿qué sabes cómo me siento o cuánto le importo a Ramón? Y salí porque él está de viaje, entérate. Ha ido a Sevilla a solucionar unos asuntos familiares.
– Muy bueno tu intento de dejarle quedar bien, anda que no es oportuno el hombre. ¿Y no ha encontrado otro momento mejor para irse?
– No exageres, lo de ayer no fue para tanto. Sólo un susto y nada más.
– ¿Vais a parar de discutir? -interviene Fernando-. Me estáis calentando la cabeza, parecéis un matrimonio que lleve veinte años casado.
Ambos se vuelven a la vez para mirarle, tal vez porque saben que tiene razón y eso les avergüenza. Entonces los dos reparan en sus pronunciadas ojeras.
– Vaya cara traes -afirma París.
– La que tendrías tú después de una noche entera de guardia.
– ¿No le tocaba al Bebé el segundo turno?
– El muy cabrón no apareció y ni siquiera ha avisado.
– ¿Estará bien? -dice Clara atacada por una repentina punzada de miedo.
– Venga, no te pongas histérica. ¿Quién va a querer hacerle algo a ese anormal? Como no sea una novia a la que haya puesto los cuernos o incluso yo mismo por lo pesado que se pone a veces… -bromea Fernando.
– Podemos probar a llamarle. Si nos hubiéramos interesado antes por Santi tal vez lo habrían encontrado a tiempo y con…
– Déjalo, Clara, no sigas -zanja París con autoridad-. Y Fernando, por favor, dale un toque al móvil a ése para que nos quedemos todos tranquilos.
– Hazlo tú, yo me voy a casa a sobar, estoy baldado. La guardia de ayer fue muy movida, entraron y salieron coches todo el tiempo. Debía de haber una reunión o algo así. La cosa acabó a eso de las cuatro, pero a mí me va a llevar al menos un día cruzar las matrículas. Como para llamar al Bebé estoy, después del escaqueo que se ha marcado si se me pone al teléfono le canto cuatro verdades.
– Vale, yo me encargo -se ofrece Clara.
– Y dile de mi parte que cuando le pille, además de las verdades le voy a dar pal pelo. Esto no se le hace a un compañero a menos que haya causa de fuerza mayor. Me tienen los novatos hasta los mismísimos -refunfuña mientras se pone la chaqueta y desaparece.
– ¿Sois siempre tan indisciplinados en esta comisaría? -se desahoga París ahora que nadie más que Clara le oye.
– Casi siempre. Bueno, ya le llamo yo, tú te encargas de la viudita.
– Y qué le digo: «Señora, ¿fue usted puta de soltera?».
– No, no quiero perderme su cara. Pídele una cita. Para hoy si puede ser.
– Nada del Bebé, ha saltado el buzón de voz -anuncia Clara.
– Ni de la viuda. Me ha dicho la doncella que anda por ahí con los preparativos del entierro e igual le ocupan todo el día -añade París.
– Pues tendremos que presentarnos en su casa por las buenas.
– Clara, ¿tú no escuchas cuando te hablan? -la interpela su compañero-. Con tanto trabajo como tenemos sería una pérdida de tiempo que nos quedásemos a esperarla sentaditos en su recibidor -y parece que se enerva.
– No importa. ¿Qué hay más urgente que interrogarla? Tiene mucho que ocultar, le sobran motivos para haberse cargado a su marido, si hace falta la voy buscando de floristería en floristería por toda la ciudad.
– A ver, cálmate un poco, aunque hubiera eliminado a su marido, según tú ¿qué motivos tendría para haberse cargado también a la puta y al drogadicto?
– Y yo qué sé -reconoce malhumorada-, tal vez el Culebra fuera el camello que le proporcionaba coca para brillar en esas fiestas fashion que dará y tuviera fotos comprometidas de ella esnifando, por ejemplo, y quisiera hacerle chantaje amenazándola con llevarlas a la prensa, es un suponer. Lo que sí está claro es que motivos para cargarse a Olvido había y de sobra, a razón de uno por semana, miércoles tras miércoles. Que el empresario se acostaba con ella era un secreto a voces. Lo sabía el abogado, lo sabía el hijo, ¿tú crees que Mónica no se enteraba? Además, fueron «compañeras de promoción». Por mucho que ahora se disfrace de mosquita muerta, de alma cándida y religiosa, de gran señora, una cosa está probada: no tiene un pelo de tonta.
– Todo lo que quieras, pero como no está en su casa ¿por qué no aprovechamos la mañana? Me he pateado mil bancos para averiguar todo sobre la puta y ahí están sus extractos muertos de risa. Nos pasamos el día de un lado a otro, corriendo de vigilancia en vigilancia, de escucha en escucha, de casa al hospital y vuelta a empezar sin pararnos ni a pensar. No tenemos ningún método, vamos a salto de mata, no cuajamos nada.
Por eso ha llegado el momento de que nos paremos a estudiar sus cuentas, dar con la relación entre ella y el yonqui y ver qué pinta en esto la madame. Y tú, además, debes ver las fotos que sacaron ante la casa de Vito para identificarla. A ver si de una vez damos con un hilo seguro del que tirar.
Clara se lo piensa, se echa las manos a la cara y se restriega los ojos. Están hinchados, llenos de legañas. Ha llorado, ha dormido fatal o qué coño, casi no he dormido, para qué negármelo, para qué protestar más si sé que tiene razón. Sólo está repitiendo mi discurso de ayer, mi llamada al orden y porque hay que hacer las cosas con cabeza, no sirve de nada atolondrarse y dejarse llevar por el corazón. Los sentimientos se aparcan en el paragüero antes de salir de casa, no tiene sentido salir a la calle a buscar pruebas si luego nos negamos a sentarnos a analizarlas.
Vuelve a cascabelear su móvil. Joder, vaya mañanita. Lo saca rápido con la esperanza de que en la pantalla aparezca el nombre de Ramón, pero en el fondo sabe que no es él, ni siquiera lo es la musiquilla que le ha puesto para distinguir sus llamadas. Da igual, puede que lo esté intentando desde una cabina de Sevilla. No. Es de nuevo un número privado, de remitente oculto, de cabrón que no sé por qué llama y no me deja adivinarlo. Pues que le den. No lo pienso coger.
Finalmente el teléfono, vencido, airado, despreciado, deja de sonar.
Clara resopla, se mesa los rizos deshechos, desflecados sobre sus mejillas y su frente, se los aparta de un manotazo y toma una decisión.
– Tienes razón. Venga, dame esas fotos, a ver si puedo reconocerla.
– No hay duda: es Virtudes, o Alejandra, como prefieras.
– Perfecto -exclama París-. Y ahora a repasar las cuentas.
– ¿No tenía que venir Reme a identificarla también?
– Está trabajando. Pasará a última hora, cuando salga.
Clara lo mira con extrañeza.
– ¿Cómo que vendrá a última hora? ¿No eras tú el que paraba en mitad de un interrogatorio sólo para llamarla? ¿Se puede saber qué demonios te pasa?
– Nada.
– A ver, confiesa, os habéis tirado los trastos a la cabeza.
– No, no es eso, es que… -duda y al fin toma impulso-. Ya no es lo mismo. Desde que ayer fue contigo a lo de la madame… ha cambiado. No es la Reme de siempre, no me mira igual. Me ha perdido la ilusión.
– No digas tonterías, si todo esto lo ha hecho por ti, para que la admiraras.
– Pues nos hemos lucido. Ella por querer demostrarme que es adulta y yo por permitir que lo hiciera. Dice que nuestro trabajo no es para tanto, que una tarde fue policía y está chupado, que le echamos mucho cuento y ha comprendido que he actuado todo el tiempo haciéndome pasar por un valiente sin serlo y que, aunque la creamos una tonta, ha descubierto que no lo es. Lo peor es que se está replanteando seriamente si le convengo. No me toma en serio, no me admira. Hemos perdido la magia -reconoce deshecho.
Читать дальше