Cuando llego aún no ha oscurecido aunque en la calle ya luce el azulón del final de las tardes de otoño. Me dejo sorprender, como siempre, por los ojos que parece que me observan y me dirijo a la barra de madera lacada que, muy rallada, muestra las muescas, antiguas como pinturas rupestres, que desde décadas lleva grabando en ella el personal. A estas horas apenas hay clientes y los pocos que pululan son del género sospechoso y habitual: se les ve demasiado sueltos, demasiado a gusto en la piel de sus disfraces. En la media luz descarada me llaman la atención los colores vistosos del remedo de uniforme escolar de una joven encantada con su look de muñeca manga. La supuesta adolescente, que rebasa sobrada la mayoría de edad, luce como nadie la faldita tableada extra mini, la camisita escolar anudada al ombligo, la corbatita de cuadros y las inevitables trencitas adornadas con lazos ad hoc alzadas como una provocación más a ambos lados del flequillo, desafiando en su brío la ley de la gravedad tanto o más que los pechos puntiagudos o su culito insolentemente respingón. La lolita, en su estrategia de ataque, para subirse con descaro las medias de rayas hasta mucho más arriba del muslo alza una pierna interminable y apoya su merceditas roja de tacón en la ingle de un ejecutivo subversivo que, con su traje azul marino, una perilla decimonónica y una palidez extrema de Nosferatu, aspira su perfume con avidez. Es uno de esos tipos acostumbrados a despreciar los recursos humanos de mayor edad, los que llevan treinta años en la casa pero, lo sentimos mucho, se ha quedado usted obsoleto a pesar de ser un genio en su profesión y me da igual que ahora nadie le vaya a contratar o le queden sólo tres años de cotización que usted verá cómo se las apaña para pagar y tal vez esa pasión por los jóvenes activos y baratos hace que le tire con descaro los trastos y babee cada vez que ella deja caer al suelo su bolsito de charol y se agache a recogerlo sin doblar las rodillas para enseñar las braguitas de puntillas. Qué irónica es la vida, a pesar de vivir en un constante regateo de material de oficina y cestas de Navidad cada vez más exiguas para sus empleados, se apresura a sacar la Visa Diamante de la empresa para abonar los tequilas sunrise a los que la nena se deja invitar con un guiño agradecido mientras confiesa que le encanta ese combinado por lo maravilloso de su color. En el extremo opuesto de la barra hay un hombre solo, de rostro pétreo y mirada esquiva, que bufa cuando la oye y masculla por lo bajo para él, pero perfectamente audible para mí, que vaya con ésta, debe de estar hasta arriba de amaneceres, porque ya es el cuarto. Le miro y me sorprende esa cara suya como de moai de Isla de Pascua y comprendo que está muy, pero muy operado. Sus pómulos son evidentes de tan altivos, sus labios excepcionalmente carnosos y las cejas en exceso perfiladas como para conservar su forma original. A sus cuarenta y tantos parece una folclórica sunsetboulevardiana rendida al olvido, pues maneja una altanería en permanente desdén hacia un público soez que la ignora y que a mí me parece, más bien, desdén de psycho-gay. Me obligo a recordarme que, más adelante, cuando haya resuelto todo lo que tengo entre manos, no estaría de más indagar sobre este elemento y me encaramo en un taburete metálico desde el que contemplo a una de las dos mujeres devenidas en felino que, tras el mostrador, acaban de empezar su jornada y lánguidas se desperezan, como mi gata. Una es morena, enigmática y alta, embutida en negro, con raya profunda en los párpados y un extraño amuleto de plata en su cuello. Agita cadenciosa una coctelera mientras su compañera, que luce un ceñido vestido oriental de raso rosa, se coloca sobre su flequillo rubio una diadema que parece sacada de un baile de disfraces, supongo, con dos orejas coquetas, triangulares y puntiagudas.
– Esta noche te toca el rabo -le dice a su socia.
– Vaya coñazo -gruñe, y deja la coctelera para coger el cinturón rematado en cola de piel azabache y colocárselo sobre los vaqueros de cuero gastados-, ¿me queda bien? -pregunta, retorciéndose para mirarse el trasero.
– Divino de la muerte -se ríe la de rosa.
– ¿Ya no os pintáis bigotes? -intervengo, y las dos se vuelven al unísono hacia mí.
– Cuánto tiempo, Clara -dice la morena-. Pensé que te habías retirado.
– No todas tenemos esa suerte. ¿Qué tal os va?
– Mejor desde que prescindimos de los bigotes. Nos peleamos menos.
– ¡Si nos quedaban genial! -protesta la rubia.
– ¿Te das cuenta? Es inasequible al desaliento -suspira-. Hace mucho que no te vemos, ¿qué te trae por aquí?
– Visitar a las antiguas amigas.
– Claro, Clara, ¿y qué más? Traes escrito en la cara que buscas algo.
– Lo siento, no pensé que fuera tan evidente.
– Tranquila, tú no tienes la culpa de ser poli y nosotras te queremos igual a pesar de tus defectos. Cuéntanos, ¿en qué andas metida?
– Se trata de un fotógrafo, le llaman Kodak. Va de enrollado. ¿Os suena?
– ¡El obseso! -exclama la de rosa-. Fíjate si lo será que se empeñó en fotografiarnos vestidas… Decía que eran retratos artísticos.
– Vaya cerdo.
– Y tanto, después de media vida enseñando el culo, tener ahora que llegar a esto. ¿Será que nos estamos haciendo viejas? -se pregunta de pronto seria.
Las propietarias del garito, las dos panteras, la rosa y la negra, fueron en otra vida chicas de sex shop, bailarinas de strip-tease, lo que ahora se llama eufemísticamente show girls. Un día, hace mucho, mucho tiempo, acudieron a la comisaría de Centro a interponer una denuncia por intento de violación y no hubo agente que no se descojonara en sus caras. ¿Cómo pretendían denunciar al dueño de su club por querer echar mano a lo que todos los días veían decenas, cientos de clientes? La única que se paró a escuchar la historia fue una joven policía que acababa de salir de la academia y que, haciendo caso omiso a las órdenes de sus superiores que le prohibían perder el tiempo en banalidades, se empeñó en desmadejar aquel nudo de miedos, apetitos y rencores.
Realmente el jefe acosador sólo había intentado violar a la de rosa, más joven y menuda, y el envite se saldó cuando ésta, como buen felino, le cosió la cara a arañazos. Rechazado y humillado, consumido de celos porque le reventaba imaginar que otros pudieran disfrutar lo que él consideraba su posesión, comenzó a obsesionarse con la dulce, ingenua y muy atrayente Pantera Rosa, como él la llamaba. Exactamente el mismo concepto tenía de ella la Pantera Negra, pues ése era su nombre de guerra, una belleza siempre vestida de cuero alta, atlética, esculpida a fuerza de gimnasio y empeñada en demostrar con el ejemplo que una cosa era bailar con las tetas al aire y otra vender el culo a cualquiera, una dama tan escarmentada de los hombres como atraída por las curvas de aquella muñeca pizpireta a la que enseñó a ejecutar, noche tras noche y fuera del escenario, un curioso baile, mucho más peligroso y excitante, consistente en esquivar los envites del patrón.
Nada más salir de escena, después del número en tanga con los pezones bañados aún en purpurina, la Pantera Negra se echaba sobre la piel su abrigo de cuero y, perdidamente enamorada, ejercía de carabina acompañando a su amiga, asustada siempre, temerosa siempre, desvalida siempre, a su casa. Hasta que una noche el jefe acabó por comprender que no hace falta salir al campo a cazar las liebres que se sientan a tu mesa, y se limitó a despejar el camerino de chicas y esperarla allí sin ninguna cautela. No tuvo que desvestirla porque casi salía desnuda tras su show, simplemente se bajó los pantalones, se abalanzó sobre ella y, como viera que no se dejaba, sacándose el cinturón comenzó a azotarla con la saña que merecía su falta de consideración. A sus gritos acudió Pantera Negra, que en aquel momento se contorsionaba sobre la barra e, incluso así, entre los focos y la música, fue la única de las bailarinas que no pareció estar afectada esa noche por la sordera. Sería la llamada del amor, confesaría más tarde, entre risas que le punzaban en las costillas.
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