Mercedes Castro - Y punto

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«Él me acusa de tener sentimientos. Me dice que soy débil y frágil, sutil, febril, casi pueril. Nada viril para mi profesión, y tendría que serlo, que adónde va una mujer policía tan sentimental como a punto de romperse.»
Clara Deza es contradictoria y deslenguada, Clara Deza es agente de la autoridad, esposa y compañera, tan sensible por dentro como dura por fuera. Inmersa en un mundo hostil marcado por el enfrentamiento entre dos esferas contrapuestas: la laboral, poblada por policías que oscilan entre la incomprensión o la superprotección, yonquis que inspiran su ternura y superiores que no la respetan, y la personal, que gira en torno a un matrimonio que es a la vez refugio y casa de fieras, remanso de paz y estanque de tormentas.
Clara Deza aprenderá a demostrar pronto su faceta más combativa y mordaz cuando, tras recibir un desconcertante mensaje de su mejor confidente, descubre que uno de los mafiosos más escurridizos planea su gran golpe. Movida por el pálpito de saber que se encuentra ante su caso más importante, comienza a escarbar en las cloacas de una sociedad brillante en apariencia y tremendamente cruel en realidad.
Con una poderosa voz narrativa cargada de ironía, Mercedes Castro irrumpe en el panorama literario con la historia de una mujer que se mueve entre claros y oscuros, una protagonista tan de carne y hueso que traspasa las páginas de esta novela con su humor agridulce, su contundente fragilidad y un inconformismo esencial que va más allá de cualquier punto y final.

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Es involuntario, totalmente involuntario, pero no puedo evitar sonreír al recordarnos temblando, nerviosos, sudorosos y con los pantalones bajados.

– Qué frío hacía -comento cómplice en esta tregua suave y dulce que es más cómoda, debo reconocerlo, que la habitual guerra silenciosa.

– Y mira que le insistía al viejo -sonríe también-: «Papá, ¿por qué no arreglas la calefacción del coche?», y él venga a decirme que no, total, para semejante cacharro y los dos días que le quedaban, y como el único que lo usaba era yo… Sí, pero por la noche y en invierno, cojones.

– Eso precisamente era lo que no le decías -y como me da corte mirarle, acuno lo que queda de tila en la taza y me reflejo en el fondo y le sonrío a los posos con esa mueca sombría y extraña que se nos queda en la cara cuando nos azoran los recuerdos.

París, incómodo también en el pasado, se levanta atolondrado.

– ¿Te pido otra tila? A mí no me vendría mal una caña.

Me quedo triste, sola y descangayada, casi me entran ganas de llorar y tampoco estaría mal si lo hiciera. Por una vez en mi vida no llamaría la atención. A fin de cuentas estoy en la cafetería de un hospital, es lo propio.

– ¿Qué haces? -pregunta Nacho, que llega y se sienta en la banqueta vacía.

– Huyo. Me da reparo ver a las hijas de Santi. No quiero mentirles.

– No te preocupes -comenta disgustado-, ya lo he hecho yo. Y además ahora están rodeadas de compañeros. Las tendrán entretenidas un rato. La noticia ha corrido como la pólvora y han venido casi todos. El único que no ha dado señales de vida aún es Javier el Bebé, pero tampoco conocía tanto a Santi.

– ¿Por qué has tenido que hacerlo tú? ¿No era cosa de los jefes?

– Ésos son unos cabrones que han escurrido el bulto divagando sandeces. Para una puta tarea que les toca y ni siquiera consiguen hacerla bien. No sé qué coño dirían, pero no coló. En cuanto se largaron, la mujer y las hijas me abordaron en el pasillo cuando volvía de acompañar a Reme al taxi y me suplicaron que les contase la verdad. Les dije que hacía una vigilancia y que alguien manipuló su tubo de escape para que se asfixiara dentro del coche.

– Y la presencia de la farmacéutica junto a él ¿cómo la justificaste?

– Agárrate: les solté que era la testigo principal y le acompañaba porque sólo ella era capaz de reconocer a la persona que supuestamente buscábamos, un agresor sexual peligroso. Espero que lo hayan tragado.

– No va a colar, Nacho, ya te lo digo yo. No se chupan el dedo.

– Al menos una de las hijas, la mayor, casi seguro que no. Vaya mierda. Necesito un coñac -confiesa al fin-. Con el recuerdo de la familia llorando en mi hombro me es imposible concentrarme, y buena falta nos hace, porque aquí hay un montón de cosas que no casan, hace un buen rato que lo pienso. Han ido a por él, Clara, y quién sabe cuál de nosotros será el siguiente -concluye agorero.

– No exageres. Vale que tenía mil enemigos, llevaba muchos años en esto y ha metido a tanta calaña entre rejas que cualquiera puede haber querido darle un susto, pero ¿nosotros? Estate tranquilo, somos insignificantes -razona ella.

– No. No se trata de Santi, es por la comisaría. Acuérdate, nos lo dijo el Culebra y mira ahora dónde está, de parque de atracciones para gusanos. Hay algo dentro que huele a podrido. Estamos metidos en demasiados fregaos -y enumera con los dedos-: Vito y su gran cargamento de coca, su camello preferido caído por sobredosis en acto de servicio, una puta colgando del techo, el pez gordo que estaba liado con ella que se revienta la sesera sin motivo, tú colándote en el burdel de una peligrosa proxeneta para averiguar si trata con menores y curra para Vito y vuelta a empezar, todo relacionado siempre con él. Hemos levantado una alfombra que tapa mucha mierda y nos lo quieren hacer pagar.

– ¿Quién nos quiere hacer pagar? -pregunta París, que llega cargado con dos botellines de cerveza y una nueva infusión para mí.

– Vito, o quien sea que haya querido cargarse a Santi. Según Nacho, han ido a por él porque nos hemos metido en casos que nos vienen grandes -explico.

– Y tanto -insiste él-. Va todo muy rápido. Me diréis que una cosa nos está llevando a otra, pero ¿has visto la cara que traes? ¿Es necesario que te expongas tanto? Mira, ya ni recuerdo por qué tuvimos que meterte en esa casa de putas. Por cierto, ¿cómo conseguisteis salir de allí?

– De pura chiripa, la cosa estaba empezando a ponerse chunga cuando llamó París para avisar de lo de Santi. Menos mal que por una vez has llegado a tiempo -le dice con retintín-. El teléfono sonó en el momento preciso y mi consternación fue tan auténtica que no tuve ni que fingirla. La buena noticia es que, como no nos hemos destapado, podemos volver a citarnos con ella cuando queramos. Creo que le gustamos las dos, aunque más tu Reme que yo.

– Pero expláyate con lo interesante, mujer -interviene Nacho-, ¿había muchas chicas?, ¿y cómo es la madame?, ¿has averiguado si trabaja para Vito?

– Es una hija de puta con todas las letras, pero de Vito no soltó prenda. En cuanto a las chicas, sólo vimos a una que respondía al nombre de Cielo y no pasaba de los dieciséis, estaría bien si pudiéramos localizarla.

– ¿Localizarla cómo? -pregunta París-. No tenemos ningún dato…

– No, pero quien sí debe tener información es el fotógrafo, uno que se hace llamar Kodak y se encarga de elaborar los books de presentación.

– No me suena de nada -comenta Nacho, famoso por sus contactos-, pero seguro que con alguna llamadita a mi gente consigo algo. Puedo intentarlo.

– Hazlo -le pide-. Además, mencionó a Olvido.

– ¿Habló de ella? -se interesa París-. ¿Qué dijo?

– Bueno… -se sonroja-. Que posando le recordaba a ella.

– ¡Ésta sí que es buena! -exclama Nacho-, ¿posaste para ellos?

– No me quedó otra. Pero no enseñé nada que comprometiera mi honra.

– Más te vale -afirma muy serio-, porque entonces tendría que buscar al Kodak ese, quemar los negativos y arrancarle los ojos.

– Últimamente no sé qué pasa que la ciudad está llena de machitos vengadores. Con que le localices me basta, gracias. Del resto me encargo yo, no vaya a ser que caigan en vuestras manos mis fotos y…

– ¿Y qué? -se alarma París al ver que se interrumpe en mitad de la frase.

– Joder, que somos gilipollas. Ya sé cómo demostrar que Virtudes trabaja para Vito. ¿No me dijiste que en la primera guardia en su mansión sacasteis fotos de un casting de putas? Pues sólo tengo que echarles un vistazo a las imágenes donde salga la madame e identificarla -sentencia Clara.

– Me voy a comisaría ahora mismo, a ver en cuántas se distingue bien a esa pájara. A primera hora las tengo listas. Y de paso aprovecho para hacer esas llamaditas que comentamos. Vosotros avisad a Reme para que también se presente -planifica Nacho exaltado-, si contamos con una doble identificación ésta será irrebatible ante cualquier jurado.

– Buena idea -reconoce París-. Hay que empezar a organizar este rompecabezas. Cualquier cosa antes que estar aquí parados.

– ¿Y yo qué hago? -pregunta Clara con los ojos brillantes.

– Te acabas la tila y te vas a casita a descansar -la abronca Nacho.

– Pero ¿me avisarás si te enteras de algo?

– Te esperas a mañana y punto pelota, hoy no trabajas más. A ver si me voy a tener que cabrear -y acto seguido se levanta de la mesa y se va. Ella apura su taza y se da cuenta de que París la observa.

– Dime la verdad, Clara -le pide-, qué tal ha ido lo de la madame.

– Reme es todo un partido, si es eso lo que te interesa.

– No te estoy preguntando por ella. Reme no era consciente del peligro, tú sí, por eso quiero tu versión. ¿Qué has visto allí dentro?

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