Mercedes Castro - Y punto

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«Él me acusa de tener sentimientos. Me dice que soy débil y frágil, sutil, febril, casi pueril. Nada viril para mi profesión, y tendría que serlo, que adónde va una mujer policía tan sentimental como a punto de romperse.»
Clara Deza es contradictoria y deslenguada, Clara Deza es agente de la autoridad, esposa y compañera, tan sensible por dentro como dura por fuera. Inmersa en un mundo hostil marcado por el enfrentamiento entre dos esferas contrapuestas: la laboral, poblada por policías que oscilan entre la incomprensión o la superprotección, yonquis que inspiran su ternura y superiores que no la respetan, y la personal, que gira en torno a un matrimonio que es a la vez refugio y casa de fieras, remanso de paz y estanque de tormentas.
Clara Deza aprenderá a demostrar pronto su faceta más combativa y mordaz cuando, tras recibir un desconcertante mensaje de su mejor confidente, descubre que uno de los mafiosos más escurridizos planea su gran golpe. Movida por el pálpito de saber que se encuentra ante su caso más importante, comienza a escarbar en las cloacas de una sociedad brillante en apariencia y tremendamente cruel en realidad.
Con una poderosa voz narrativa cargada de ironía, Mercedes Castro irrumpe en el panorama literario con la historia de una mujer que se mueve entre claros y oscuros, una protagonista tan de carne y hueso que traspasa las páginas de esta novela con su humor agridulce, su contundente fragilidad y un inconformismo esencial que va más allá de cualquier punto y final.

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– Os presento a Cielo, una de nuestras chicas con más proyección. Saluda, Cielo -presenta Virtudes, y se interrumpe la sesión y ésta se acerca dando saltitos como un conejito y nos besa a ambas, buena chica, mascotita buena-. Ellas son Paula y Serena, y él es Kodak, nuestro genial artista.

– Qué tal, preciosas -y en cuanto veo sus pupilas a través de los cristales sé que está colocado, no hace falta ser poli para pillarlo.

– Kodak, dame tu opinión, ¿qué te parecen mis nuevas amigas? Oye… Se me está ocurriendo una cosa: ¿por qué no les sacas unas cuantas fotos para ver cómo dan ante la cámara? -propone la bicha llevando, ahora sí, la voz cantante, asiendo con mano firme las riendas de la situación, estirándola hasta el extremo mismo de la rotura, del desgarrón.

– ¿A nosotras? -pregunta Reme asustada, y los ojos de Virtudes, ese dechado de las susodichas, brillan con delectación como los de un tigre de circo que ha probado por fin la carne humana y paladea el pánico de su domador.

– Por qué no, cariño. ¿Acaso tienes miedo de enseñarnos ese cuerpo divino que dios te ha dado? Ya sé yo que no después de todo lo que nos has contado.

– No, claro… -pero sí lo tiene. Puede que la historia de su iniciación sexual fuera una trola, quién sabe, pero esto es distinto. Por eso, y porque la veo tiritar y a fin de cuentas yo soy la madera, decido que enseñaré el culo primero.

– ¿Os importa si empiezo yo? Si tengo que enseñaros mi celulitis después de su cuerpecito adolescente me muero.

– Vale, ¿por qué no? -responde Virtudes-, además, tú ya tienes experiencia posando desnuda -y lo dice con tanta frialdad que sé que pretende observar mejor mi rostro bajo los focos hasta descubrir de qué le sueno, si soy quien digo ser o una impostora que viene a aguarle el negocio.

– Ven aquí, preciosa -me indica Kodak, que ya ha olvidado mi nombre. Qué más le da, para él todas somos preciosas-. A ver lo que vales.

Es el momento, no puedo achicarme. Seré dura, descarada, segura, dispuesta a todo con tal de convertirme en puta de lujo y forrarme, alquilar un piso en la Castellana, saltar la Banca, vivir por todo lo alto y después retirarme. Virtudes se ofrece a sostenerme el bolso, pero declino la oferta y lo llevo conmigo hasta el centro del escenario como si acabara de decidir que es parte del atrezo porque, aunque no tengo ni idea de qué hacer con él, sé que sería mi perdición soltarlo con la pipa dentro. Piso fuerte, piso morena, piso con garbo y en mi cabeza suena un pasodoble que marca el ritmo de mis andares mientras me sitúo con los tacones bien clavados al suelo y desabrocho mi chaqueta y un par de botones de la blusa hasta que luzco sujetador de encaje y canalillo. Entonces pongo una mano en mi cintura y con la otra, levemente alzada, comienzo a balancear descarada el bolso, sí, como las putas de toda la vida, las que se apoyan en una farola, las de la copla y películas en cinemascope. Miro a cámara desafiante, sonrío, suena un disparo y no, no estoy muerta.

– Muuuy bien, tía buena -me vitorea Kodak-. Sigue, sigue así…

– Tiene estilo -noto que Virtudes me calibra como si no estuviera presente-. Me recuerda a alguien, ¿a ti no?

– Tú sabrás -contesta éste, esquivo-. ¿Qué más quieres que hagamos?

– Todo. Quiero verla bien. Que se arrodille.

No me gusta que me den órdenes, así que antes de que alguno de los dos se dirija a mí para pedírmelo me subo la falda de tubo por encima de las corvas, me postro en el suelo, me inclino hacia delante ofreciendo un plano espectacular del principio de mi escote, dejo caer la chaqueta y me cuelgo de la boca el bolso, mordiendo la cadena dorada con gesto agresivo y fiero. O al menos lo intento.

– Así, nena, como una gata salvaje -me alienta Kodak retratándome sin cesar. Diría que parece divertido, se encuentra en medio de un duelo de voluntades femeninas en el que, obviamente, si alguien sale ganando es él.

– Que se quite más ropa -ordena la bicha.

Yergo el tronco, termino de desabotonar mi blusa con porte ausente y dejo que se deslice por mis hombros, veo la expresión golosa del único hombre y mantengo la posición uno, dos, tres segundos con la barbilla alzada, la cabeza hacia atrás, un rizo sobre mis ojos, las piernas abiertas dejando asomar mis ligas bajo la falda, ya casi por las caderas, y el delicado sostén que abulta más de lo que realmente esconde, quién me lo iba a decir.

– Me gusta -confiesa Kodak con tono profesional-. No tiene un físico espectacular, pero esa actitud entre digna y desafiante es más excitante que un par de lolas de la talla cien.

– Ya sé, se da un aire a Olvido, ¿no te parece? -descubre de pronto Virtudes. Pero él no contesta. De pronto parece ausente, distraído-. Quiero más carne -sigue exigiendo la bicha incansable. Y yo, estremecida bajo el eco de su nombre, siento que perdiera el oxígeno.

– Nena -el fotógrafo vuelve en sí y reclama mi atención-, ya lo has oído, venga, sé buena… Y sonríe un poco, que esto no es un entierro.

Pero ninguna de las dos somos capaces de sonreír precisamente porque él ha conjurado con voz nuestros actos. Con sólo asimilar la palabra entierro el semblante de Virtudes muta y sé que acaba de recordar dónde me ha visto y que, sea quien sea, no me llamo Serena en realidad. En cuanto a mí, pese a que me obligo a seguir posando indiferente, por dentro suplico a mis ángeles de la guarda y a todos los santos del firmamento que pase algo, lo que sea, que me permita quitarme de en medio porque no podré aguantar mucho más esta representación, cómo hacerlo ahora que ya no soy una policía interpretando un papel, crecida bajo una personalidad fingida, desinhibida porque no me conocen, envalentonada ante la adversidad, inmolándome por una Reme inocente que no tiene por qué pasar por esto porque nadie le paga por ello ni tiene vocación de mártir ni tres o cuatro deudas con delincuentes muertos que saldar.

No, ahora todo es diferente. Se me han roto los esquemas, se me ha caído la careta y debo recomponerme y ordenar este revoltijo de confusión, miedo y emoción antes de continuar. Qué pinto aquí, me pregunto, por qué arriesgo, por quién. Qué coño hago de rodillas dándome palmadas en el trasero con las bragas al aire y los pezones erectos, en bandeja, reventando dentro del wonderbra.

Me levanto parsimoniosa intentando mantener mi digno ademán, mi rostro vacío porque, si dejo que se vuelva humano, puede empezar a llorar. La estatua que soy se mueve despacio, muy despacio, y ya de pie se da la vuelta y ofrece su espalda a todos, respira hondo y, antes de dejar caer el bolso al suelo, de buscar con falanges temblorosas la cremallera de la falda, recuerda a Olvido y piensa que ahora mismo, en este preciso instante, está obrando exactamente igual que ella, desnudándose ante un público que ni siquiera la ve, mostrando no su culo ni su cara ni sus tetas sino su alma a un gentío incapaz de comprender lo que tiene delante, pero al menos ella sabía por qué lo hacía, por dinero, y yo ni siquiera lo sé. Qué busco, qué demonios pretendo, ¿vengar a los difuntos?, ¿atrapar a su asesino?, ¿ganar ante los compañeros un respeto que me niegan y que en el fondo me la pela? O quizá no, quizá sólo lo haga por mí, por sentirme viva, suicida incluso pero aún viva, sexy pese al bulto en el pecho que ahora nadie, ni siquiera Kodak con sus objetivos poderosos, percibe, deseable también, sí, porque el tener que pagar por algo lo vuelve valioso, poderosa como sé que ella se sentía. Clara, la vengadora de sí misma y de Olvido, y de lo guarra, de lo puta, mucho más puta que nosotras, que es la vida.

– Cariño, ¿estás bien? -pregunta la bicha malparida a mis espaldas, y aunque la letra quiere parecer compasiva, la música no me engaña y me recuerda el tono brutal de una marcha fúnebre mecánica y marcial.

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