Mercedes Castro - Y punto

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«Él me acusa de tener sentimientos. Me dice que soy débil y frágil, sutil, febril, casi pueril. Nada viril para mi profesión, y tendría que serlo, que adónde va una mujer policía tan sentimental como a punto de romperse.»
Clara Deza es contradictoria y deslenguada, Clara Deza es agente de la autoridad, esposa y compañera, tan sensible por dentro como dura por fuera. Inmersa en un mundo hostil marcado por el enfrentamiento entre dos esferas contrapuestas: la laboral, poblada por policías que oscilan entre la incomprensión o la superprotección, yonquis que inspiran su ternura y superiores que no la respetan, y la personal, que gira en torno a un matrimonio que es a la vez refugio y casa de fieras, remanso de paz y estanque de tormentas.
Clara Deza aprenderá a demostrar pronto su faceta más combativa y mordaz cuando, tras recibir un desconcertante mensaje de su mejor confidente, descubre que uno de los mafiosos más escurridizos planea su gran golpe. Movida por el pálpito de saber que se encuentra ante su caso más importante, comienza a escarbar en las cloacas de una sociedad brillante en apariencia y tremendamente cruel en realidad.
Con una poderosa voz narrativa cargada de ironía, Mercedes Castro irrumpe en el panorama literario con la historia de una mujer que se mueve entre claros y oscuros, una protagonista tan de carne y hueso que traspasa las páginas de esta novela con su humor agridulce, su contundente fragilidad y un inconformismo esencial que va más allá de cualquier punto y final.

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– Mira, yo no le hago ascos a nada -me lanzo, osada, consciente de que éste es mi ahora o nunca- y más de un trabajito les he apañado a profesores de la facultad. Soy muy abierta y me atrevo a hacer cosas que tus niñas ni saben que existen. Piénsatelo. No te defraudaré -y lo digo tan convencida que Virtudes parece evaluarlo un segundo o dos.

– Lo que está claro es que tienes arrestos y eres extraordinaria fingiendo, porque fuiste tú con quien hablé por teléfono, ¿no?, y me colaste totalmente la trola de la niña inocente. Si además fueras buena en la cama serías la bomba… Está bien -decide-, te haré una prueba, pero no te prometo nada.

– Muchas gracias -me humillo arrebolada como si ella fuera un hada madrina que acabara de concederme un don fabuloso, unos senos atómicos, un clítoris cantor o algo igualmente mágico para una aspirante a puta como yo.

– Ahora sentémonos. Tú ahí, querida -ordena a Reme-, y tú aquí, bien cerca, para que te vea mejor -me sugiere, y palmea concluyente en el hueco que queda a su lado en el sofá blanco tapizado en capitoné-. Tu cara me suena de algo, y además me provocas una enorme curiosidad con ese carácter tuyo tan fogoso. Dime, ¿nos hemos visto antes?

– No creo que frecuentemos los mismos lugares -y siento su mirada e imploro para que no me relacione con la mujer sin maquillar, gafas de sol, vaqueros gastados, chaqueta de cuero y botas viejas que hace sólo dos días, en el cementerio de Tres Cantos, pidió por el alma del Culebra frente a ella y no, no parece reconocerme porque ahora soy otra, bien acicalada, con los labios bañados en burdeos y los párpados ahumados en gris antracita, con el traje chaqueta negro ajustado en la cintura marcando caderas, las medias de rejilla, los zapatos de tacón con los que yo sí sé correr, la camisa blanca y los rizos sedosos y milagrosamente esponjosos gracias al secador de manos de comisaría, quién lo diría. Y aunque soy otra me observa, me analiza y sé que debo hablar, decir algo, cambiar el rumbo de la conversación porque seguro que esta hija de puta es una excelente fisonomista y presiento que la operación comienza a naufragar.

– No me hagas caso -dice al fin tras el intenso escrutinio-, conozco a tantas chicas que a veces, y no os ofendáis, me parecéis todas iguales.

– Ja, ja -me río tontamente porque no me queda otro remedio.

– Es cierto -interviene Reme, que parece deseosa de romper el hielo-. En la facultad nosotros decimos lo mismo de los modelos porque cuando se desnudan no es que sean iguales, es que ya no tienen cara.

Me sorprende su acertada intervención, ya me veía llevando sola el peso de la conversación y excusándola ante Virtudes porque es tan cortada, tan joven, tan inexperta, ¿sabes? No me extrañaría incluso que fuera virgen. Aun así, todo el alivio y hasta el agradecimiento que me supone verla hablar por iniciativa propia se diluye al instante. Dónde está el mérito, si sólo está aquí por su inmadurez absurda de niña que tiene que ser la reina de la fiesta, la más hermosa. El caso es que consigue desviar la atención de mi persona, acosada por el olfato y la lengua bífida de la bicha que, al parecer, gratamente sorprendida por su vocecita de pito y su risita de chica tímida, la estudia con la codicia de una loba ante su cordera favorita.

– Y dime tú, Paula, ¿a qué estás dispuesta? ¿Sabes que los hombres te sobarán, que los niñatos se correrán en tus muslos sin llegar a meterla, que puede que alguno te insulte y otros quieran pagar por golpearte? ¿Estás segura de querer entrar en este mundo y lo que te juegas? -le pregunta con dulzura pero sin ambages, eso sí que es ser directa y lo demás son tonterías.

– Yo…, supongo que sí… -Reme, colorada de repente y consciente de que se ha ruborizado, se muerde los labios tan nerviosa que ambas nos damos cuenta de su azoramiento. Sólo que yo sé que lo hace porque cree que la ha cagado en su prometedora carrera de actriz, mientras la imbécil de la bicha supone, en cambio, que es producto de su pura ingenuidad.

– No te preocupes, belleza, no pasa nada si te da corte -le sonríe, comprensiva-. De hecho, este salón será el único lugar donde te dejaré sentir vergüenza. Aunque fuera de aquí, por supuesto, puedes fingirla cuanto quieras.

– Gracias -balbucea con sus ojos brillantes y en technicolor.

– No me las des, criatura, no es más que una cuestión de salud mental. Mira, a partir de ahora te van a pedir muchas cosas, demasiadas, pero en el fondo sólo buscan una: que seas otra, que finjas ser una mujer distinta de la que en realidad crees ser, ¿me comprendes? Y eso requiere un esfuerzo mayor que el de abrirse de piernas y dejarse hacer. Dentro de lo que cabe esto sería casi lo más fácil. Y ahora dime, ¿eres virgen, cielo?

– Yo, yo… -y duda, no sabe qué responder y me mira como pidiendo mi aprobación. Intento componer un gesto de ánimo, un ¡adelante! que le dé fuerza. Y parece que lo consigo-. No, Virtudes, no lo soy.

– Pero, Paula, cariño, no me llames Virtudes, queda tan desagradable hablarme de estas cosas tan sucias y dirigirse a mí por un nombre tan de monjita… Mejor usa mi nombre artístico, Alejandra, ¿sí?

– Como quieras, Alejandra. Es un nombre precioso.

– Sí, ¿verdad? Entonces cuéntame, ¿a qué edad te desfloraron?

– A los… catorce.

– ¿Catorce? -y, pese a estar supuestamente de vuelta de todo, Alejandra, Virtudes o como demonios quiera que la llamemos enarca con insolencia una ceja-. Al menos lo haría tu novio.

– Y dos amigos más. Bueno, en realidad estábamos en una fiesta, ya sabes.

– Sí, algo he oído, las fiestas universitarias acaban siempre en orgías, con menores borrachas violadas y remordimientos traumáticos de por vida.

– No, ésta fue una reunión privada y yo acababa de entrar en el instituto, no había bebido casi y mi novio no era universitario todavía porque andaba por los diecisiete. Da igual, lo que pasó es que sus padres se fueron de viaje a Roma, me parece que a una excursión con la parroquia a ver al Papa y rezar por la beatificación de Franco o alguien así, y entonces él aprovechó para llamar a sus dos mejores amigos y pedirles que trajeran a sus novias. Me contó que era una fiesta de bienvenida, porque yo tardé bastante en tener la regla, ¿sabes?, no me vino hasta los catorce, y entonces él dijo que ya era mayor, una auténtica mujer, y ya podía hacer de todo, y por eso se le ocurrió lo de dar la fiesta. Así que, bueno, me prepararon una ceremonia de iniciación que fue, la verdad, lindísima. Nunca lo olvidaré: ellas se desnudaron y se soltaron el pelo y ellos se quitaron las camisetas y se quedaron todos cachas sólo en pantalones, y a mí me desnudaron completamente y me pusieron alrededor del cuerpo una sábana blanca que parecía una romana de película de gladiadores, y entonces me subieron a la mesa del comedor y apagaron las luces y encendieron velas a mi alrededor y pusieron música y empezaron a acariciarme y a besarme todos… Fue como un sueño, no me imagino un modo más bonito de perder la virginidad.

– Y fue con tu pareja, imagino -presupone Virtudes.

– Sííííí. Primero con él, como es lógico, y después con los otros.

– ¿Con los otros dos chicos?

– Y con las chicas. No hubiera sido justo hacerlo sin ellas, ¿no crees?

– Claro, claro, por supuesto… Y dime -se interesa fascinada-, ¿te gustó más con ellos o con ellas?

– No sé… Me gustó bastante con todos. Para mí, no sé si me entiendes, fue una experiencia totalmente nueva, y yo estaba tan emocionada y tan agradecida porque tuvieran ese detalle conmigo que me sentía en una nube, como alucinada, siempre atendiéndome pendientes de que yo estuviera cómoda…

– Pero ¿tú fuiste acostándote con todos por turno? Imagino que tu novio querría llevarte a alguna otra habitación para hacerlo por vez primera.

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