Hace un rato que París ha dejado de dar vueltas alrededor de la mesa como el oso enjaulado de antes. Hace un rato que se ha sentado frente a Reme, que por fin ha parado de hablar y respira entrecortada, como jadeando para coger sólo el aire suficiente para continuar. Hace un rato, también, que Clara, con la espalda contra la pared, se ha dejado resbalar hasta quedar acuclillada en el suelo.
Hace un rato que reina el silencio, y hace un rato que los tres, a su manera, se sienten culpables.
Pero en un momento dado París mira su reloj y, dándose cuenta del tiempo que ha pasado, observa a Reme con una extraña mezcla de ternura y dureza, como los padres que antes de partirle la cara a su hijo de una bofetada les juran eso de me duele a mí más que a ti, y le consulta con resquemor:
– Y ahora, niña estúpida, has pensado ya qué vas a hacer.
– Yo quiero seguir adelante, cari -implora Reme como pidiendo cinco minutos más de tele antes de irse a dormir-. Yo quiero hacerlo, quiero demostrarte que puedo y no dejarte tirado.
– No me utilices como excusa y piensa en tu admirada Clara, a la que vas a entorpecer porque tendrá que llevarte de paquete.
Reme mira a Clara con ojos esperanzados y acuosos.
– ¡Clara! ¡Perdóname por querer ser como tú! ¿Querrás llevarme contigo?
– Esto no es una película, es la vida real. No puedo hacerme responsable de ti.
– Porfa, porfa, pooooorfa…
Clara se vuelve hacia París y le pone ese rictus acusador de esposa que mira a su marido recriminándole haberle hecho un hijo tan caprichoso justo cuando éste acaba de romperle su más valioso jarrón.
– Me subo, Carlos. Entre Bores, la niña y tú me habéis metido en una situación absurda y arriesgada y esto de ahora ya es más de lo que puedo soportar. Tiene narices que aún encima la prince me haga chantaje emocional, es que manda huevos.
Éste baja la cabeza avergonzado y Clara se dispone a dirigirse hacia las escaleras cuando un grito inusualmente potente y seguro de sí mismo la detiene.
– ¡Puedo hacerlo! -exclama Reme-. ¡¡¡Puedo hacerlo!!! Ya está bien de que me toméis por una niña inocente, ya estoy harta, no aguanto más que os miréis por encima de mi hombro o que habléis delante de mí como si no estuviera. Esto es lo que va a pasar: tú -dirigiéndose a Clara- me vas a explicar lo que tengo que hacer por la cuenta que te trae, porque el jefe me ha aceptado en la misión y te pongas como te pongas te vas a tener que joder conmigo al lado, así que más te vale que vaya preparada. Y tú -ahora feroz a París- vas a dejarme hacer esto porque es la mayor demostración de amor que hará nadie por ti en tu vida y porque soy lo mejor que te ha pasado en mucho tiempo, así que déjame hacer las cosas a mi manera. Y además, cuanto antes resolváis esta jodienda de caso mejor para todos, porque tú volverás a casa con tu maridito y yo me lo llevaré a él de esta comisaría de mierda y cada uno podrá seguir con su vida y santas pascuas. Y por cierto, no soy tan tontita ni tan virginal como os creéis, que yo ya tuve otro novio antes, el Kevin, al que metieron en el talego hace un año por pasar pastillas en una disco de zaves , así que ya sé lo que es una redada, que me cacheen y me tomen declaración. Qué os creéis.
– Vale, hagamos un último repaso -propone al volante de su coche mientras comprueba por el retrovisor que París y Bores las siguen a prudente distancia-. Lo primero que…
– Clara -interrumpe Reme-, no me siento cómoda con esta ropa.
– Pero venga, si estás genial.
– No. Yo me encontraba más a gusto con mi minifalda, mi top y mis botas altas. Y no sé por qué os habéis empeñado en que me desmaquille.
– Te lo he explicado mil veces, queremos que Virtudes crea que eres una estudiante de Bellas Artes más preocupada por su carrera que por su atuendo. A ver, te lo voy a repetir una vez más para que luego no metas la gamba: yo le dije a la madame que tenía dieciocho años y una amiga de dieciséis, pero mentí. Está claro que no tengo dieciocho, pero tú sí. Tú eres la estudiante de primero de Bellas Artes y yo, además de ser una trolera, poso desnuda en la facultad.
– ¿Y por eso me he tenido que quitar mi ropa guay y ponerme estos vaqueros y unas zapatillas? ¿Qué pasa, que en esa facultad de Artes Bellas no dejan entrar con tacones o qué? Y para colmo, tú vas divina, no lo niegues, y mientras a mí me toca hacer de fea.
– No haces de fea, simplemente vistes como tu personaje, una chica que va cómoda porque pasa muchas horas pintando de pie. Tú eres la ingenua y yo la veterana de vuelta de todo, dispuesta a hacer lo que sea, a lo que caiga. Míralo por el lado bueno, si las cosas se ponen mal tú podrás huir a la carrera con tus deportivas mientras yo me la meteré con estos taconazos.
– Pero las cosas no se van a poner mal, ¿verdad? -pregunta asustada-. ¿Y por qué no podemos llevar micrófonos ocultos? Yo quiero que Carlos me pueda oír cuando entre en acción para que sepa lo mucho que…
– No podemos correr riesgos, Reme. Si Virtudes insiste en que nos desvistamos y se nos ve el cable, estamos jodidas pero bien.
– Entonces ¿no podrán oírnos? ¿No sabrán si nos ocurre algo? -pregunta presa del pánico-. ¿Quién nos defenderá?
– Para eso existen los teléfonos móviles, y yo llevo mi pistola en el bolso. Respecto a que nos oigan, siento mucho decirte que tu único público seré yo.
– ¡¿Y de qué me vale toda esta movida si él no va a oírme?! -exclama desesperada.
Suena el póker de Clara, que hace intentos por conducir con una sola mano y cogerlo con la otra. Reme, en pleno proceso de asimilación de su futuro inmediato, ahora que se le ha caído de los ojos la venda de heroína de película, no ayuda en absoluto. Se detienen ante un semáforo y por fin puede hablar.
– ¿Cómo está? -pregunta París todo ansiedad.
– Como una chica Almodóvar: al borde de un ataque de nervios. No veo esto nada claro.
– Yo tampoco -le da la razón, sombrío-. Si pudiera encontrar cualquier motivo para abortar la operación… -susurra, para que Bores no le oiga.
– A buenas horas te acuerdas, en el último semáforo antes de llegar y sólo porque a mi lado va tu novia. Si viniera Zafrilla otro gallo nos cantaría. Te daría absolutamente igual.
– Déjate de tonterías -responde indignado-, sabes que no es cierto.
– Sí, bueno, lo que tú digas. ¿Algo más?, ¿te paso a tu churri?
– Joder, Clara, no seas así, bastante tengo con lo alterado que estoy.
– Claro, y yo estoy de puta madre, tranquilísima. El disco se ha puesto verde, voy a colgar. Sólo te diré una cosa más: no has tenido huevos para plantarte ante el gran jefe y lo que nos ocurra a Reme o a mí ahí dentro será tu responsabilidad. Recuérdalo.
– Os sacaré a la mínima que pase algo, os lo prometo.
– Sí, por telepatía nos vas a sacar -murmura Clara al tiempo que corta y arranca.
– ¿Era Carlos? -exclama Reme-. ¿Por qué no ha usado la radio del coche?, ¿y por qué no se ha puesto conmigo? ¿Y por qué…?
– A ver, este coche no lleva radio porque no somos policías, vamos de civiles y los civiles no viajan en coches patrulla. Carlos me ha llamado a mí para ultimar ciertos detalles del caso, no te lo he pasado porque no quiero que te ataques más de lo que ya estás y, por favor, cálmate -dice intentando no ser demasiado dura, no alterarla más todavía, no ser tan intransigente con la pobre chica, la patética chica que hace esto por amor, por ganarse la admiración de un patán que, setenta metros atrás, estaciona en doble fila mientras yo aparco.
– De todos modos lo conseguiré aunque quieras impedírmelo. Brillaré con mi propia luz, no seré tu comparsa. Soy necesaria, soy indispensable, no podríais hacer esta operación sin mí, Bores me lo ha dicho. El bombón soy yo, la chica joven y mona nada más que yo. Tú sólo eres el cuerpo viejo que Carlos ya ha sobado y que no vale ni como gancho. Yo soy la estrella -repite-, yo. Y cuando hayamos salido de ésta, Carlos lo verá claro.
Читать дальше