– ¿Ha llegado ya? -pregunta Clara a Fernando al pasar ante su mesa haciendo oídos sordos al último comentario de París, que mira que se estaba portando bien pero ya empieza a ponerse divo, total, por sacar la pistolita y dar tres voces a un malcriado que quería jugar a Atracción fatal . Me temo que voy a deberle ésta por los siglos de los siglos.
– No. Le hemos estado llamando a su casa a ver si pasa algo, pero no lo cogen.
– Su mujer igual ha tenido guardia en el hospital y aún no ha regresado, y sus hijas seguro que estarán en la facultad -enumera Clara.
– ¿Y Bores?
– Ése sí está, en su despacho, pero lleva un buen rato reunido y yo no le molestaría, ya sabes cómo se pone cuando le interrumpes.
– Entonces ¿qué hacemos?
– Yo voy a seguir intentándolo con el teléfono -dice París encogiéndose de hombros-. Tú prueba con Zafrilla, a ver si ha cambiado de opinión.
Y mientras Clara se sienta y marca su número que no para de comunicar, seguro que lo ha dejado descolgado para que no le demos el coñazo, el otro llama a una lista interminable de viejas conocidas, o confidentes, o ex novias, o pilinguis de confianza, deduce ella al entreoír apenas retazos de su conversación en los que le oye decir entre dientes qué es eso de que antes le harías un favor al Diablo que a mí, como si te hubiera tratado mal, cómo que a ti no pero a tu amiga sí, anda que no eres exagerada ni nada, tampoco fue para tanto, o sea, que me dices que no, ya verás, ya, pues cuando necesites algo no me busques, y cuelga con un hasta nunca y pasa a la siguiente a quien pretende engatusar con un hooola preciosssa, ¿te acuerdas de mí?, que tampoco debe de responderle nada bonito porque acaba diciéndole algo como que ya estarás algún día en un apuro y me pedirás un favor, que la vida da muchas vueltas y entonces yo no estaré para sacarte las castañas del fuego o francamente, querida, no es para ponerse así ni para decirme que busque a mi puta madre para hacer de puta, porque esto que te pido es un servicio a la ciudadanía, a tu país incluso, y además… ¿Oye?, ¿estás ahí? ¡A mí no me cuelgues! ¡Grosera!
– Veo que has agotado tu agenda -le ironiza Clara.
– Sólo me queda llamar a mi prima la del pueblo, que acaba de mudarse aquí a preparar una oposición y para hacer de ingenua sería estupenda, porque lo es. Pero seguro que me sale con que es muy decente y al final mis tíos acaban enterándose de que la he hecho pasar por lumi y en la próxima comida de Navidad me cortan los güevos con una guadaña, igual que al capón -resopla.
– No imaginaba ese vocabulario en ti. Si hasta te está saliendo un lenguaje patibulario.
– ¿Patibulario yo? No doy crédito -y precisamente, porque no encuentra palabras, decide cambiar de tema-. ¿Y tú qué sabes de tu amiguita?
– Nada. Ni descuelga el teléfono, y da igual lo que digas porque no pienso insistir. No está en condiciones y punto. Ni siquiera sé si lo estoy yo.
– Pues ya te puedes ir mentalizando, porque no te quedan ni dos horas.
– Eso será si encuentras a alguien, que por lo que se ve no es tu caso.
– Déjame cinco minutos más y verás, todavía me queda un as en la manga, no he llamado a alguien que seguro que… -argumenta con aire de inmensa seguridad en sí mismo justo cuando llega Nacho con ganas de cotorrear.
– ¿Habéis visto a la chavala que está con el jefe Bores? Vaya pibón. Perita en dulce, os lo digo yo, perita de la buena. De careto, un notable, pero un cuerpo cojonudo. Dos pechos como dos rocas y un pandero que debe de ser la gloria.
– ¿Y tú cómo sabes todo eso? -preguntamos al unísono.
– Coño, porque cuando llegó aquí a la hora de comer no había nadie y la atendí yo. Por cierto, preguntaba por ti, Carlos -le dice sin asomo de rubor.
– ¿Por mí? -gesticula sorprendido.
– A ver si va a ser una ciudadana voluntaria para lo de esta tarde -bromeo sarcástica.
– Ni idea, sólo dijo que se llamaba Reme y que quería contarte una cosa.
– ¡¿Reme?! -ruge París-. ¿Y se puede saber qué hace en su despacho? -grita escandalizado-. ¿Cuánto lleva ahí dentro?
– Como tres cuartos de hora más o menos.
– ¿Tres cuartos de hora?, ¿de qué va a hablar durante tres cuartos de hora con ella? -se pregunta cada vez más alterado antes de volverse hacia nosotros con aire suplicante-. Decidme la verdad, que yo no conozco esta comisaría, ¿Bores es un caballero que la respetará o…?
Nacho le contempla anonadado sin articular palabra y a Clara le da un ataque de risa.
– Tranquilo, hombre -continúa burlándose-, que no es ningún seductor sin escrúpulos y menos un corruptor de menores. Seguro que están hablando del tiempo y el estado de la circulación mientras te esperan.
– ¿Pero por qué no salen si ya estoy aquí?
– Lo más probable es que no sepan que has llegado. ¿Por qué no te vas al despacho y lo aclaras todo?
– ¿Y si les molesto? ¿Y si Bores me recrimina?
– Pero joder, tronco, ¡si es tu novia! -exclama Nacho.
París obedece y se dirige marcial al despacho, pero ante la puerta parece achicarse. Aun así, alza los nudillos para llamar y en ese mismo instante, como si se tratara de una película muda de risa, ésta se abre y aparece Reme, con una minifalda impresionante, la sonrisa pintada de fucsia y la mano de Bores posada al final de su espalda. Los dos parecen contentos y complacidos. París, en cambio, sustituye su confusión por un gran mosqueo que la presencia de un superior le impide manifestar. Y todos menos Reme parecen darse cuenta.
– ¡Hola, churri! ¿Dónde te habías metido? -le dice alegremente y, alzándose de puntillas, le planta un beso en cada mejilla.
– Tuve que salir a hacer una diligencia. ¿Y qué haces tú aquí?
– Vine a verte porque quería invitarte a comer, caramelito.
– No me llames así en público, que ya te lo he dicho mil veces.
– Es que me han ascendido en el trabajo y me han dado la tarde libre, y me he puesto tan contenta que pensé que podríamos celebrarlo en un buen restaurante, en una hamburguesería, por ejemplo, pero como no estabas yo…
– Tiene usted una novia encantadora, Carlos -interviene Bores impidiendo que Reme acabe su frase-, le felicito.
– Gracias -responde verdaderamente enfurruñado, y verlo así es tan divertido que Nacho no puede evitar alargar la situación.
– ¿Y de verdad te han ascendido? -pregunta a Reme con ironía disfrazada de amabilidad.
– Sí. ¿A que es guay? Antes era sólo auxiliar y ahora soy ¡oficial de peluquería! Hasta me dejan dar mechas -contesta sonriente.
– Pues enhorabuena, tienes que estar muy satisfecha -sigue con el choteo.
– ¡Muchísimo! Y además, como ahora voy a ayudar a Carlos…
– Cómo que vas a ayudarme a mí, y en qué -salta éste alarmado.
– París, Clara -vuelve a interrumpir Bores, ahora ya más tenso-. Quisiera hablar con ustedes un momento. ¿Pueden pasar a mi despacho?
– ¿Ahora? Primero quisiera despedirme de mi novia.
– No, pasen ahora. Reme esperará fuera, no hay problema. Ella ya sabe.
– ¿Ella ya sabe qué…? ¿No hay problema…? -masculla París por lo bajini mientras entra junto a una Clara sonriente y burlona que guiña un ojo a Nacho. Éste, aunque bien sabe que tiene millones de cosas que hacer, decide esperar fuera con Reme, haciéndole monerías para que se entretenga como si fuera una inocente chiquilla, y así poder enterarse de qué está pasando cuando salgan sus compañeros.
– ¡Ya tenemos candidata! -proclama Bores cuando se quedan a solas.
– ¿Candidata para qué? -pregunta París.
– Para el operativo de esta tarde con la madame.
– No me diga, ¿y se puede saber a quién ha encontrado?
Читать дальше