– Le entiendo -concedo por el momento, porque no ha llegado el segundo plato y no quiero cabrearle aún-. ¿Y qué tal están las niñas?
– Bastante bien, gracias, Panocha les está ayudando mucho. Finalmente decidimos que habría un solo gato en la casa y están aprendiendo a compartirlo.
– Y Mónica, ¿cómo se encuentra? -y aunque sueno inocente, sé que comprende que no soy de las que sueltan la presa tras la primera dentellada.
Me mira dolido, con ojos de chucho apaleado, pero se repone con rapidez y su sonrisa se torna obediente al responder:
– Bien también, gracias por preguntar. Está organizando el follón del entierro, el funeral… Creo que lo hace por estar entretenida, por tener la mente ocupada. Por cierto, ¿sabe cuándo nos entregarán el cadáver?
– No, lo siento. La autopsia está siendo muy exhaustiva.
– Entiendo, pero esta incertidumbre, este no saber cuándo podremos darle sepultura y continuar con nuestras vidas… -responde clavándome sus iris encharcados hasta que los desvía de golpe para buscar a su guardaespaldas-. Pietro, puedes traernos el postre. ¿Qué le ha parecido el pescado?
– Soberbio -reconozco, y parece complacido por mi veredicto.
– Pues aguarde al postre, no le defraudará.
Le sonrío expectante imaginando, más que en las fiorituras de chocolate o en las chirivías de fresas salvajes, en la sarta de preguntas que no sabe que le esperan, y saboreo la tartaleta sublime mientras cavilo y hago una apuesta conmigo misma en la que me juego a todo o nada qué le sonsacaré a Esteban Olegar, y la impaciencia me corroe mientras se enfrían los cafés y al fin, cuando ya no queda nada por masticar, me propone pasear por la terraza para que, como le había pedido, podamos dialogar.
– Me tiene en ascuas -confiesa nervioso cuando ya llevamos unos metros caminando en silencio-. ¿Ha averiguado algo sobre mi padre?
– He averiguado algo sobre usted.
– ¿Sobre mi? -y tal es su sorpresa, o tan buen día tiene, o tan relajado está desde que falleció ese reflejo inalcanzable que fue su progenitor y puede hacer lo que le venga en gana, que apenas se mosquea y ni llega a fruncir el ceño. O quizás ensaya un nuevo papel de tipo duro y su impasibilidad es la constatación de que su psicoanalista, o su trainer , o su curso de técnicas de control emocional están dando resultado y vale el pico que le deben de estar sacando.
– ¿Le suena de algo el nombre de Olvido Ugalde?
– No, ¿quién es?, ¿un antiguo ligue que dice que la he dejado preñada? -y su tono es tan jovial y su cara tan inexpresiva, sin un tic, sin un gesto esquivo, que decido en este preciso instante que sí, que el psicoanalista o el trainer o el coach , el que sea, vale su peso en oro.
– Era una prostituta.
– Lo siento, no alterno con prostitutas, al menos que yo sepa -deja escapar una carcajada tenue y cínica y se detiene para apoyarse en la barandilla. Yo también lo hago, pero no me dedico a contemplar el cielo contaminado de Madrid sino, dando la espalda al paisaje, su rostro.
– En cambio su padre sí.
– ¿Mi padre? -y ahora su repentino silencio, su mano asiendo fuertemente la balaustrada, su mandíbula apretada, sí son perceptibles. Va a ser que le quedan algunas asignaturas, tendrá que examinarse en septiembre.
– No me diga que no lo sabía. Se citaba con ella todos los miércoles, sin falta. Es imposible que usted, brillante, perceptivo, maniático del orden y el control, no se diera cuenta. Por eso tardó tanto en llamarnos cuando él desapareció: creyó que había hecho una escapadita con ella. Hasta que pasaron los días no comprendió la gravedad de su ausencia.
– Sospechaba de él, no voy a negarlo -admite con una sombra de seriedad inédita hasta ahora-, estaba casi seguro de que tenía alguna historia por ahí, me lo decía su actitud, pequeños detalles en el vestir, el color de las corbatas… Pero nunca llegué a tener la certeza ni me atreví a insinuárselo siquiera, mucho menos a intentar averiguar quién podría ser la mujer.
– Usted la conocía.
– Nunca he conocido a esa tal Olvido -niega categórico.
– No me mienta. ¿Por qué lo hace? Es tan incómodo cuando lo intentan y sé que todo lo que declaran son embustes… Me obligan a poner fin a la pantomima y revelar el auténtico curso de los acontecimientos, mostrarles que nuestras pesquisas les contradicen. Y, ¿sabe?, en la mayoría de los casos los acusados lo siguen negando. Es patético.
– Pero a mí no se me acusa de nada.
– Por supuesto. Sólo queremos aclarar cómo murió su padre.
– Entonces ¿por qué pretende implicarme? -dice con voz dolida, como de adolescente al que una novia no regala el beso prometido.
– Porque en el transcurso de la investigación fui al apartamento de la prostituta muerta y mostré a los vecinos las fotografías que Mónica me facilitó y ¿sabe qué?, en algunas de esas tiernas escenas de familia lo identificaron; y declararon que un hombre joven, serio, bien parecido y de gustos selectos, a eso de las cuatro de la tarde del miércoles, cuando su padre aún no había desaparecido y Olvido Ugalde, a quien dice no conocer, estaba viva, la esperó en el bar situado frente a su edificio y, en cuanto la vio llegar por la acera, salió a toda prisa para discutir con ella e incluso agarrarla por el brazo y zarandearla frente al portal. Si quiere puedo seguir…
Esteban no dice nada. Calla y fija su vista en el horizonte de tejados y antenas y, aunque estamos a tanta altura, oigo que en nuestro silencio se entremezclan levemente los cláxones del tráfico. Yo no insisto, le dejo que digiera bien, que mastique sus recuerdos y motivos hasta que regurgite una respuesta aceptable. Y, por qué no reconocerlo, disfruto de esta tregua efímera, me relajo como si mi profesión fuera otra y tuviera al lado a alguien inofensivo junto al cual apreciar las vistas, alguien con quien bajar la guardia, a quien no hubiera acabado de acusar de ningún delito, con quien pudiera enfrentarme sin temor y sin pensar que tengo los codos apoyados en la barandilla, la espalda abierta al vacío y la mano demasiado lejos de la pistola.
– Usted es como si fuera virgen, ¿sabe? -reflexiona pensativo, dulce.
– Siento decepcionarle, pero a estas alturas va a ser que no.
– Al menos lo es para mí. Usted no le conoció. Me refiero a mi padre, al fascinante y maravilloso Julio Olegar. Al César. No tiene con quién compararme.
– No irá a decirme ahora que todas sus peleas y ese enfrentamiento casi enfermizo vienen de un complejo de Edipo mal asumido.
– ¿Por qué no? -reconoce riéndose, y cambia de posición y se planta frente a mí, cerca, demasiado cerca-. A fin de cuentas debo darle una respuesta o al menos una explicación, ¿no es lo que espera? ¿O desea algo más, señora agente?
– Con una respuesta me basta -declaro incómoda.
– Pues bien -y se arrima un poco más todavía y me arrincona con sus brazos en la barandilla obligándome, en esa situación, a mirarle a los ojos mientras hace su confesión-, sí, sabía de la existencia de Olvido. Al poco de asentarme en la ciudad y empezar a trabajar con mi padre me di cuenta de su obsesión por jugar al squash y una vez me atreví a seguirle. Estaba claro que se veía con una mujer, pero no sabía de qué tipo, podía ser una amante, un antiguo amor de juventud… Esa situación me asustaba, lo reconozco, porque esa debilidad ponía en peligro los negocios de la familia y a todos nosotros.
– No veo cómo -le interrumpo.
– Le hacía presa fácil de un chantaje. ¿Recuerda el vídeo de aquel periodista? Yo vivía en constante preocupación, me ponía enfermo cada vez que lo veía salir los miércoles, tan contento, silbando como un adolescente. Estuve muchos meses pensando qué hacer, era obvio que no podía hablar con él, que se negaría a renunciar a esos encuentros. Por eso opté por hablar con la única persona de confianza que con certeza estaría al tanto del asunto: el abogado de la familia, Roberto Butragueño, su tapadera.
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