Mercedes Castro - Y punto

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Y punto: краткое содержание, описание и аннотация

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«Él me acusa de tener sentimientos. Me dice que soy débil y frágil, sutil, febril, casi pueril. Nada viril para mi profesión, y tendría que serlo, que adónde va una mujer policía tan sentimental como a punto de romperse.»
Clara Deza es contradictoria y deslenguada, Clara Deza es agente de la autoridad, esposa y compañera, tan sensible por dentro como dura por fuera. Inmersa en un mundo hostil marcado por el enfrentamiento entre dos esferas contrapuestas: la laboral, poblada por policías que oscilan entre la incomprensión o la superprotección, yonquis que inspiran su ternura y superiores que no la respetan, y la personal, que gira en torno a un matrimonio que es a la vez refugio y casa de fieras, remanso de paz y estanque de tormentas.
Clara Deza aprenderá a demostrar pronto su faceta más combativa y mordaz cuando, tras recibir un desconcertante mensaje de su mejor confidente, descubre que uno de los mafiosos más escurridizos planea su gran golpe. Movida por el pálpito de saber que se encuentra ante su caso más importante, comienza a escarbar en las cloacas de una sociedad brillante en apariencia y tremendamente cruel en realidad.
Con una poderosa voz narrativa cargada de ironía, Mercedes Castro irrumpe en el panorama literario con la historia de una mujer que se mueve entre claros y oscuros, una protagonista tan de carne y hueso que traspasa las páginas de esta novela con su humor agridulce, su contundente fragilidad y un inconformismo esencial que va más allá de cualquier punto y final.

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XVIII

– Buenos días -le digo a la secretaria que, con sus mechas, sus gafas de sol a modo de diadema y su carita feliz de chica buena dispuesta a rajarte en cuanto te des la vuelta, me sonríe al otro lado de su mesa-. Estoy citada con…

– Sssí, ya me lo ha dicho, pero vas a tener que esperar un poquitooo -me comunica con su mejor tono de buen rollito y un falso acento de tía estupenda, aunque lo más probable es que sea una zorra disfrazada de cordera.

– Cuando quedamos me dijo que si se retrasaba podía esperarle en su despacho -comento, a ver si pica y puedo cotillear algo ahí dentro.

– Ay, pues no, mira, a mí no me ha dicho nada, ¿ssabess?, y yo tengo una comunicación muy estrecha con él -me asegura con sus ojitos azules bien abiertos-. Yo creo que es mejor que te esperes aquí fueraaa -y pese a que intento argumentar que tengo el permiso del amo, ella, educada pero tajante, distante pero serena, me condena con un golpe de melena a la silla incómoda de las salas de espera, y no me queda más remedio que obedecer arrastrando los pies hasta sentarme y contemplar cómo me inspecciona por encima de sus lentes graduadas y por debajo de sus gafas de sol, y me sonríe con sus labios rositas brillando encantadores pero los colmillos relumbrando como un mal presagio, y a falta de algo mejor empiezo a pensar qué demonios me pasará con las secretarias, debe de ser cuestión de hormonas. Sí, eso será, del mismo modo que los perros detectan el miedo, ellas huelen en mí a saber qué extraña aversión. Pero algún día me vengaré, lo haré, y tal vez mi desquite comience en este mismo instante, porque suena su teléfono y percibo cómo se cuadra y aunque no oigo sus respuestas sí acierto a detectar sus temblores mientras escucha a quien sea que esté al otro lado, aunque me jugaría la placa a que es ese jefe con el que mantiene «tan estrecha comunicación». Una vez recibidas las instrucciones, cuelga sumisa y se aproxima para decirme con su mejor sonrisa de empleada del mes que sí, tenía razón, yo no debería estar esperando en el hall y, como soy conocida de la familia, estaré más cómoda en su despacho hasta que él pueda liberarse de sus embarazosos compromisos.

– Gracias -le digo, para demostrarle que no soy rencorosa, y me dirijo salerosa hasta el santuario prohibido seguida por su mirada, ávida, aviesa, de la que estoy deseando librarme cuanto antes.

Una vez a solas me limito a esperar. Sé que en algún momento intentará pillarme por sorpresa entrando con cualquier excusa con la esperanza de encontrarme con las manos en los archivos confidenciales de ese con el que dice llevarse tan bien. Por eso su chasco resulta mayúsculo cuando, en no menos de cinco minutos, súbitamente abre sin llamar y me halla enfrascada en el vertiginoso paisaje que se observa desde la ventana.

– Hooola, sólo quería saber si te apetecería tomar algo mientras esperasss.

– No, gracias -respondo-, lo que me gustaría es estar sola.

Ella entiende a la perfección mi irónica sugerencia, buena chica, perrita buena, y me deja a mi aire entre paredes de cristal y con la firme decisión de disfrutar del momento sin actuar. Para qué si va a ser peor hacerlo, me digo, si no sé cuándo llegará mi cita ni qué buscar aquí, ni cómo, ni dónde, ni por qué. Si tras la conversación descubriera indicios de delito ya me encargaré de pedir una orden de registro con todos los sellos pertinentes, así que ¿para qué molestarse ahora? Con lo bien que se está sin hacer nada en la cómoda butaca de piel y acero cromado de un despacho limpio, frío, aséptico, poco suntuoso pero grandioso, sin diplomas enmarcados ni títulos firmados por Su Majestad El Rey o el Excelentísimo Ministro de Educación, sin fotos familiares ni esposas rubias que sonríen desde marcos de plata ni dibujos infantiles dedicados a papá, con sólo dos carteles antiguos de cine (A pleno sol y Extraños en un tren) y una vista espectacular de los tejados de Madrid.

– ¿Sse puedee? -es la secretaria, que asoma otra vez su naricilla de gnomo y me suelta de un tirón-. Perdona, verás, no quisiera molestarte, pero acaba de llamarme y ha pedido que te diga que te esspera en la terrazaa.

– ¿En qué terraza? ¿No han cerrado todas ya?

– Nooo, en la nuestra, en la azotea del edificio. Sube allí con frecuencia.

– Creí que habíamos quedado para almorzar.

– Ay, pues no sé, yo sólo transmito lo que me ha dicho.

– Está bien, ¿por dónde se va? -respondo antes de que acabe por crearme un dolor de cabeza, y permito que me guíe hasta un ascensor donde pasa una tarjeta por el lector del cuadro de mandos para que se cierre la puerta que la deja afuera, y oigo su voz en el espacio vertical que se va extendiendo entre nosotras diciéndome, hasta lueeeego, que habrá alguien esperándome arriiiiiiba.

Cuando alcanzo el último piso me topo con el primo de King Kong nada más salir. Espalda de dos por dos metros, traje negro, gafas de sol y barbilla horadada y perfecta.

– El señor la espera -me anuncia, y echa a andar dando por hecho que iré detrás, y lo hago pensando que, si todo esto no fuera tan ridículo, resultaría una parodia perfecta de las películas en que un millonario maduro y solitario pretende seducir a lo grande a una pobre plebeya como yo, sólo que encantadora y de cuerpo perfecto a la par que oxigenada, lo cual no es mi caso.

Llamarla terraza no hace honor al significado de la palabra. Es un vergel disfrazado, un fenómeno de la naturaleza esculpido a golpe de manguera y billetes de quinientos euros, un tesoro boscoso en medio de la nada. Y al fondo, apoyado en la barandilla que rodea este paraíso irreal, mi cita aguarda.

Esteban Olegar, disfrazado de ejecutivo, se vuelve y me sonríe, se acerca con las manos extendidas y, cuando llega a mi altura, estrecha las mías efusivo y con el viento revolviendo su flequillo se excusa porque su reunión se demoró, reseñando que se ha permitido organizar la comida aquí arriba porque sabe que me gustan las buenas vistas. Le sigo muda y alelada y no consigo articular palabra hasta que de pronto me encuentro sentada a una mesa para dos perfecta e inmaculada que, para mi sorpresa, sirve el guardaespaldas del hoyuelo, devenido ahora en camarero portador de una bandeja plateada.

– ¿Asombrada? -me pregunta con un brillo secreto que me escama.

– Sí, lo reconozco. ¿Suele organizar esta verbena con frecuencia? No me lo diga: es su táctica habitual para impresionar a las mujeres.

– No -ríe-, la verdad es que no lo había utilizado nunca para eso, pero gracias por la idea, lo tendré en cuenta. Este lugar me fascina, tal vez sea el único de este edificio que siento como mío. ¿Le gusta la ensalada? -y como asiento me informa-, tenemos un excelente cocinero en nómina. Nos cuesta un ojo de la cara, pero compensa. Hoy la clase vende, impresionar forma parte del juego empresarial. Mi padre puso el grito en el cielo cuando tomé esta iniciativa, pero pronto descubrió las ventajas de mi idea, aunque jamás lo reconoció.

– Otra vez la eterna disputa entre los nuevos modos y los modos viejos…

– Pensé que sería un marco ideal para fiestas y recepciones. Además, ahora sé que sirve para impresionar a las mujeres -sonríe pícaro-. Y también para esconderse. Mi padre se refugiaba en su gimnasio. Yo, en cambio, necesito aire. Será que me gustan las alturas -reconoce relajado.

– No parece el mismo de hace unos días -le confieso afable, como si estuviera echándole un piropo y no la soga al cuello.

Pero no es tonto, sabe mucho de estrategia y negociación y en apenas una fracción de segundo cambia de palo y compone un gesto circunspecto y tierno que podría pasar por cierto.

– Compréndame, agente, debo asumir grandes responsabilidades, mostrarme fuerte ante nuestros adversarios y asumir nuevos deberes familiares. Ahora soy el cabeza de familia y ello me obliga a ocultar mi sufrimiento. Pero que no me derrumbe ante mis hermanas para preservar su estabilidad y la de las empresas no impide que esté resquebrajado por dentro.

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