– Qué me vas a contar. En cuanto Ramón volvió y me dijo que su madre seguía ilocalizable, recordé la conversación que tuvimos ella y yo el domingo y no paro de darle vueltas a la idea de que ya ha puesto en marcha su plan de fuga.
– ¿No es demasiado pronto?
– Yo también lo creo. Pero ¿y si no está con una amiga o un novio? ¿Y si se ha marchado de verdad?
– Entonces tendrás que cumplir sus deseos y contárselo todo a tu marido.
– Lo sé. Y estoy cagada.
– Vaya mierda de vida, Clara.
– Desde luego, Lola. Vaya mierda.
*
– Buenos días, Clara, soy Laura. ¿Es muy temprano?
– Si estoy sentada en mi mesa de trabajo será que para mí ya no lo es.
– Es que no he podido dormir en toda la noche…
– No me digas.
– No te burles de mí.
– No me burlo, pero ocurre que no eres la única. Ninguna de nosotras ha pegado ojo en toda la noche. Y tenemos un día largo por delante.
– Precisamente de eso quería hablarte. No puedo.
– ¿No puedes qué?
– Sabes de sobra a qué me refiero. A lo de hoy, a lo de hacernos pasar por unas… ya sabes, a ir a donde esa madame. Me resulta imposible, sobre todo después de lo que ayer me llamó Lola. Me siento tan sucia, tan tonta, tan…
– No le des tanta importancia, sabes que fue un exabrupto que dijo en un arranque de genio y que no lo piensa en absoluto. No te lo tomes a pecho.
– No, si tiene razón, si me estoy comportando como una estúpida, coqueteando como si estuviera desesperada y fuera el último hombre vivo, y sé que no vale la pena perder a una amiga por un tío como ése. Pero no sé cómo decírselo.
– Llámala.
– ¿Y si me malinterpreta? ¿Y si…?
– Oye, será lesbiana, pero no obtusa. Hazme caso y díselo.
– Sí, pero a lo de hoy… Preferiría no ir, lo siento. ¿Te dará problemas?
– Carlos.
– Qué -responde sin mirar, abstraído en sus legajos.
– Tengo que decirte una cosa. Atiéndeme un poco.
– Esta Olvido tenía más movimientos en sus cuentas que Botín. La de pasta que movía, no hay quien se entere de nada, dinero que va y viene de unos bancos a otros, ingresos no tributados, pagos enormes con tarjetas de crédito…
– Acaba de llamar Zafrilla. No quiere venir a lo de la madame.
– Hostia, qué putada -y por fin levanta la vista-. Eso no se hace. ¿Y no puedes convencerla?
– Imposible. Se niega en redondo.
– Pero ¿cómo puede ser? Si ya tenía al Bebé convencido, si íbamos a quedar para este viernes… ¿Y no podemos localizar a otra chica que sirva?
– Sé realista, si ella no viene se nos cae todo el plan como un castillo de naipes. Hay que asumirlo y joderse.
– Pues vaya amiga más irresponsable. Qué falta de profesionalidad.
– De eso nada, capullo -salta ofendida-. Ella no es policía, no tiene por qué hacer esto, no tiene por qué exponerse y dar la cara y jugarse su culo. Si tan informal te parece llama ahora mismo a tu queridísima Reme, que por la edad da el tipo a la perfección, y pídele que se venga para aquí pitando. Igual aún llegamos a tiempo -y descuelga su teléfono y se lo ofrece retadora. Al cabo de unos segundos, y viendo que París no recoge el guante, Clara concluye-. ¿Qué, no te decides?, ¿no quieres exponerla al casting de Virtudes o acaso te asusta someterla al veredicto de tus compañeros mientras ella sacase pecho por todos nosotros?
– Está bien, tu amiguita no viene -y noto cómo lo de tu «amiguita» lo dice en el tono más ofensivo posible-, no tenemos sustituta y se va por el desagüe todo el guión. Ya me dirás tú qué hacemos ahora.
– Habrá que hablar con Santi, que decida él.
– Santi sigue sin aparecer.
– Y esto es lo que hay, jefe. No podemos obligarla porque no tenemos ninguna autoridad sobre ella y, para colmo, vamos demasiado justos de tiempo para encontrar otra candidata. De hecho, el operativo tendría que empezar a organizarse en menos de dos horas -resume París.
– Pues, y perdónenme que use la expresión, vaya soberana putada -maldice el jefe Bores.
– Estoy absolutamente de acuerdo con usted, eso mismo dije yo.
– Y yo me congratulo de que sus opiniones sean unánimes, pero lo que me gustaría es que me dieran una orden precisa al respecto -interviene Clara bastante quemada después de oír cómo califican a su pobre amiga Laura de poco profesional, incluso de fresca, hay que ver qué jeta, y me refiero a la de ellos, por supuesto, que carecen por completo de la objetividad necesaria para verse a sí mismos como yo los veo ahora: endiosados, chulos, tan convencidos de su valía, de sus dotes de mando para decirnos cómo actuar, para montar una operación en la que no sabrían qué hacer si tuvieran que ser ellos los que se pusieran delante de Virtudes dispuestos a ser contemplados, evaluados y vejados como en una feria de ganado. Me gustaría saber cómo reaccionarían si les examinaran la dentadura, los flotadores, las calvas y el paquete tal y como a nosotras nos mirarían las tetas, el culo, el vientre y las pantorrillas. Sería divertido. Sí. Mucho. Estoy por llamar a Vito y proponerle que tantee de veras el negocio de los boys, que es un mercado con futuro.
– Clara -es la voz de Bores sacándola de sus elucubraciones-, ¿me está escuchando?, ¿sabe dónde está Santi?
– Lo siento, no tengo ni idea. Pero sí que nos queda tan poco tiempo que tendríamos que arriesgarnos a tomar una decisión sin él.
– Ya, bueno, yo… ¿Cómo lo ven ustedes? -nos consulta Bores indeciso.
– Pues, si me permite que dé mi opinión -interviene París-, yo diría que en una situación de este cariz quizá lo mejor sería actuar en consecuencia según operativos precedentes, por cuanto todo lo expuesto nos conduce a… Clara, ¿sabes de alguna situación similar y cómo se procedió?
– No, pero yo opino -que no tenéis ni puta idea de qué hacer, pero no puedo ni debo decírselo y por eso acabaré inventándome sobre la marcha algo lo suficientemente inteligente y sutil como para que la solución les parezca suya y así no la rechacen- que no deberíamos hacer nada. Ya he llamado una vez a la madame para cambiar la cita y creo que si tuviera que volver a hacerlo la perderíamos definitivamente. Por tanto, lo mejor que podemos hacer es esperar. Esperar y ganar tiempo. ¿Qué les parece?
– Por el momento vale, lo dejamos así.
– Sí, señor -clama París marcial.
– Lo que usted diga, jefe -mascullo yo.
*
Cómo odio el papeleo en comisaría.
Es cierto que me acojona tener que disfrazarme, crear un personaje y salir a patrullar y actuar como alguien que no soy sintiendo bajo mi pose el sudor y el pavor de no ser yo pero serlo, sabiendo que están junto a mí la pipa y la agresividad del miedo y la inconsistencia de sentirme tan desprotegida. Sin embargo la calle, la acción, dar la cara, todo eso es pura adrenalina mientras que aquí, ante mi mesa dándole vueltas a los expedientes, a las ideas y a tanta burocracia y días perdidos de una a otra ventanilla, todo es sopor y el machacón sonido de las teclas del ordenador bailando con la monotonía.
Quiero salir, quiero correr, quiero irme de aquí.
No aguanto más a París sonriéndome conciliador preguntándome qué tal estoy cada vez que me levanto para ir al baño, ofreciéndose a sacarme un café cuando va a la máquina con una sonrisilla de suficiencia. Me dan ganas de largarle dos sopapos a ver si espabila, a ver si se le bajan los humos, ese aire de sabihondo que siempre me repateó y ahora directamente me revienta. Siento que necesito perderlo de vista, largarme, encontrar una excusa que me permita quitármelo de delante antes de que haga cualquier tontería y la fama de loca que tengo se confirme por completo a menos, claro está, que alguno de éstos lo justifique diciendo que tengo uno de esos días del mes.
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