– Cómo no ibais a saberlo, es imposible, sois policías.
– E ignorantes por lo que se ve. Pero es que nunca nos ha dado facilidades.
– Como una que yo me sé -añade mientras intenta bajar una cremallera.
– Resulta que emigró muy joven en plena posguerra y nada más desembarcar se perdió su pista. A partir de ahí su historia forma parte de una leyenda que ha ido pasando de comisaría en comisaría y década tras década hasta tejer una especie de mito. No sabemos en qué tipo de negocios turbios se metió, sólo que con los años comenzó a adquirir poder allende los mares y, al tiempo, misteriosamente se borraron sus datos oficiales en nuestro país. Se cuenta que ardió la iglesia donde se guardaba su partida de bautismo, que un funcionario corrupto del Registro Civil, allá por la época franquista, hizo desaparecer su inscripción de nacimiento, que adquirió pasaportes y documentos de identidad con diferentes nombres a un pintor reconvertido en falsificador oficial del partido comunista. ¿Pura ficción? Lo que sí es seguro es que Vito usaba indistintamente diversas personalidades hasta que, de algún modo, sus verdaderas referencias se evaporaron y todos los que le conocieron comenzaron a morir de forma más o menos justificada. Cuando regresó a nuestro país, en unos boyantes años setenta ávidos de constructoras para edificar ciudades dormitorio que germinaban como hongos, a nadie le importó quién era o cómo se llamaba en realidad porque lo único tangible era su dinero. Y él venía cargado. Se inició en el negocio del ladrillo y pronto se le conoció por su falta de escrúpulos, pues no tardó en meterse en negocios de lo más variado, todos turbios, aunque hasta ahora nos ha sido imposible echarle el guante.
– Pero si existen empresas a su nombre tendrá que…
– Sé lo que vas a decir, pero ni siquiera tenemos la certeza de que su nombre real sea Vitorio Grandal o se trate de uno de los alias que adoptó hace medio siglo. Igual se lo puso porque le recordaba a El Padrino . Además, si del empresario más rico de nuestro país sólo se ha difundido una única fotografía oficial, exigencia indispensable para que su compañía pudiera cotizar en Bolsa, ¿cómo no va a poder haber vivido Vito más de treinta años aquí imponiendo entre los suyos una ley de silencio sobre su edad o aspecto? Se dice que siempre ha tenido testaferros y gente de confianza y que, en un momento dado, incluso dobles y actores se han hecho pasar físicamente por él en diversas situaciones. Igual que los dictadores.
– ¿Y por qué se ha molestado tanto en hacer este teatro?
– Por pura manía persecutoria o mero instinto de conservación, yo qué sé. Tiene mil y un motivos para querer pasar inadvertido: enemigos a punta pala, trapos sucios con mafias internacionales que no se andan con chiquitas, temor a los sicarios a sueldo y, al final, siempre nos quedará Hacienda.
– Entonces, si tan escurridizo es, ¿por qué se presentó ante ti?
– En primer lugar habría que ver si el viejo con el que estuve es quien dice ser. Puede que yo haya estado hablando con el sosias y el verdadero Vito estuviera escuchando tras una cortina, quién sabe. Pero también es posible que, a sus años y ya enfermo, esté bajando la guardia. O que toda su historia enternecedora de agradecimiento no sea más que una estrategia para hacernos creer que le queda poco de vida y llevarnos a abortar su vigilancia, o para sembrar en comisaría la semilla de la duda, o para manipularme de algún modo simplemente porque es un viejo chocho y aburrido que quiere volverme loca con sus tejemanejes de polis corruptos que a saber si es cierto que pudo comprar.
– ¿Eso te ha dicho?
– Sí, y lo peor es que ya lo he oído más de una vez. El primero fue el Culebra cuando lo detuvimos para interrogarle. Dijo que nos daba el soplo pero que, si luego el plan se chafaba, no le echáramos la culpa, porque la responsabilidad sería de alguno de nosotros que jugara a dos bandas -lo recuerda con un escalofrío-, y que él no arriesgaba su pellejo para que su información se quedara en nada sólo porque alguien cantase desde dentro.
– Da miedo, parece como si hubiera predicho su fin.
– Y lo peor es que no fue el único. Más tarde, en casa de Olvido, cuando copié la memoria de su teléfono con los nombres en clave, encontré dos que cada día que pasa me preocupan más: «Poli Bueno» y «Poli Malo».
– ¿Y a quién ocultan? ¿Has llamado para comprobarlo?
– No tengo ni idea. Aún no he tenido huevos para hacerlo y, además, ni siquiera me haría falta llamar. Puedo comprobar sus números en mi agenda en cualquier momento, el problema es que no quiero hacerlo.
– No tienen por qué ser de tu comisaría.
– Tú sabes que acabaré llamando porque es mi responsabilidad resolver este caso o por lo menos intentarlo y, si no, acabaré obsesionándome. Además, hasta ahora yo creía que a quien temía el Culebra era a Vito. Él le acusó de comprar policías y, cuando leí la agenda de Olvido, mis dudas de que hubiera algunos compañeros en el lado oscuro se confirmaron, aunque tampoco es ninguna novedad. Y que haya polis puteros, menos. Pero la conversación con Vito, si es que era el anciano con quien hablé, y por su porte, su inteligencia, su malicia, yo diría que sí, rompió todos mis esquemas, porque él me estaba diciendo que ahora hay agentes sucios que él no controla y de los que desconfía. Y si Vito, con todo su poder, les teme, ¿dónde me escondo yo?, ¿quién me va a proteger?
– No tendrías que preocuparte tanto, Santi es un tipo íntegro.
– ¿Hasta cuándo podrá seguir siéndolo? ¿Y cómo sabré si deja de serlo?
– Aparta el pelo, que te voy a dar un masaje, y quítate la camisa, así.
– Piensa en él, si es capaz de olvidar todo el amor que dice que siente por su mujer para ir al campo a echar un polvo con esa golfa, qué me garantiza que, en una de tantas ofertas como recibe para hacer la vista gorda en el trabajo, no diga por fin que sí y recoja su parte del botín.
– Pero ¿tanto le tientan?
– La última vez que lo hicieron, al menos que sepa, yo estaba presente: fuimos a un poblado marginal en el que operaba un gitano que había alijado una importante cantidad para vender, según nos sopló un yonqui al que no quiso fiar más. Intentamos pillarle por sorpresa y registrar su chabola, pero allí no había ni un gramo, todo más limpio que una patena. Más que nada por cumplir con el expediente, por aquello de no montar semejante dispositivo en balde, nos lo trajimos a comisaría para interrogarlo y descubrimos que, como tapadera para blanquear el dinero, tenía unos invernaderos en un pueblo cercano. La verdad es que no era mal plan, así esquivaba la vigilancia policial, centrada exclusivamente en el poblado, y podía justificar sus entradas y salidas con la furgoneta con la excusa de vender la fruta y verdura que, por supuesto, distribuía junto con la droga. En cuanto nos olimos que podría esconder allí la mercancía decidimos presentarnos con rapidez, no fuera su clan a hacerla desaparecer, y solicitamos un perro antidroga a Estupefacientes. No tardaron demasiado en enviarnos uno que parecía más un caniche que otra cosa, pero como menos era nada, y nada era seguro, allá que nos fuimos Santi, León, el de la unidad canina, el gitano, Nacho y yo, que por aquel entonces todavía formábamos pareja. En cuanto llegamos al invernadero el chucho se volvió loco, tenías que verlo, tan pequeñajo y sin embargo los ladridos que pegaba, hasta que nos condujo a una zona de los cultivos que no parecía muy cultivada, valga la redundancia. Nacho y Santi empezaron a cavar mientras León y yo custodiábamos al detenido, el agente aguardaba con su perro, cada vez más enloquecido, y los zetas controlaban los accesos para que nadie se acercara por allí. El final de la historia no es que encontrásemos su otra mercancía, es que había más: el gitano, sin perder la sonrisa en todo momento nos dijo que, ya que estábamos con las palas, caváramos unos metros más a la izquierda, y claro, lo hicimos pensando que estaba jugando al truco de ser bueno y confesarlo todo para que el juez tuviera en cuenta su arrepentimiento. Cuál sería nuestra sorpresa al encontrarnos no más fardos de droga sino una bolsa de dinero como las que en los cómics llevaba el Tío Gilito para un imprevisto. Habría unos veinticuatro millones de los de antes, casi cinco kilitos para cada uno, nos espetó el gitano muy ufano; así que propuso que la coca se quedara en su sitio, él en su casa, nosotros en la nuestra, Dios en la de todos y todos tan contentos. No nos dio tiempo ni a responder antes de que Santi, amablemente, declinara en su nombre y en el nuestro la inusitada oferta. Le leímos sus derechos, cogimos la droga, la pasta y nos volvimos con todo a comisaría. Nadie mencionó su intento de chantaje hasta varios días después, tras las felicitaciones y los falsos parabienes. Fue una tarde en Casa Poli, tomándonos una caña, cuando Nacho comentó que se veía a León jodido, que seguro que se lamentaba de no haber podido meterle mano al dinero. Entonces Santi le preguntó, ¿y tú qué, también te arrepientes?, y antes de que pudiera responder inició su disertación. No quiero saberlo, le dijo a Nacho, no quiero que me digas que tienes una hipoteca como cualquiera de nosotros, que a tu mujer le haría tanta ilusión ese viaje a Cancún, que el dentista del niño os mete un sablazo cada mes por esos hierros en la boca, no me digas cuántas deudas tienes, cuántas goteras podrías tapar. Somos policías, tenemos un deber, hicimos un juramento y sólo quiero que, para cuando yo no esté aquí por lo que sea, por un traslado o un balazo, y os vuelvan a poner ese dinero delante de los ojos, os acordéis de esos yonquis que vemos pasar cada día como zombis en busca de su dosis. Ellos también pensaron que por probarlo una vez no pasaría nada.
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