– ¿Y no podrían haberla drogado o amenazado a punta de pistola, como al Culebra? -sugiere Zafrilla.
– No había rastros de droga o alcohol en los análisis -precisa Dolores.
– No, además ella no se habría dejado -afirma Clara-. Ni a punta de pistola. Estoy segura. Era inteligente y con carácter. Supongo que esperaba a un cliente y se vistió para la ocasión según sus exigencias, pero en un momento dado comprendió que iba a morir y decidió pelear aunque su agresor fuera armado. Intuiría que, para no llamar la atención de los vecinos, el asesino evitaría disparar, y creyó tener una mínima oportunidad. Con lo que no contó es con que la dejarían inconsciente tan pronto. Luego el asesino montó la escena para que pareciera una muerte accidental en el fragor de un juego sexual.
– No me encaja, las señales de violencia apenas eran perceptibles -añade Zafrilla-. Si ella estaba en buena forma y se enfrentó a un hombre, la lucha, al estar igualada, tendría que haber sido más intensa. Un cuerpo a cuerpo entre dos oponentes siempre provoca daños visibles para ambos a menos que él fuera bastante más grande y robusto. Yo que tú barajaría la opción de que tal vez hubiera dos personas. De esta manera sí tiene lógica: uno la sujeta y otro la golpea, uno la sostiene en el aire y otro le pasa la cuerda por el cuello…
– No está mal pensado, y de ser así no tendría por qué tratarse de dos hombres. Podría ser una mujer y un hombre, o dos mujeres… -subraya Clara.
– ¿Entonces descartamos la hipótesis de un solo asesino?
– No me atrevería, Laura. Como dice Lola, todo está demasiado en el aire. Yo creo que aún es pronto para dar nada por sentado.
– Pues no me parece justo, qué quieres que te diga -protesta Zafrilla-. Con lo que te estamos ayudando no tendrías que descartar mi idea así como así.
– Pero ¿qué tontería es esa de descartar tu idea si sois las únicas en quienes confío y con las que puedo hablar, si cada vez que intento abrir la boca ahí dentro -y señala con el mentón, en la otra acera, la puerta de la comisaría- les veo en las caras las ganas de fusilarme?
– No, joder, ahora no, que tengo la cámara frigorífica a tope y con el empresario ya voy servida por el momento -exclama Dolores con voz teatral.
Ríen las tres quedamente, cínicamente, con esa risa desesperada de lo perra, lo puta que es la vida, y más la nuestra, trabajando como negras todo el día, con esa mierda de la liberación femenina que mira que nos la han vendido bien y ya ves tú, qué asco de invento, lidiar con los compañeros en la oficina, con el carrito en el supermercado, con la familia en el cumpleaños, con la celulitis en el baño gimoteando porque no tenemos un cuerpo perfecto y, para rematarlo, odiando que nos lo recuerden nuestras parejas, si las tenemos, porque vaya insensibles y egoístas que son, y si no pues todavía peor, con el ansia de sentirte incompleta, como si te faltara algo. Qué mierda, vaya mierda de vida.
Y casi le dan ganas, qué cosa más tonta, de ponerse a llorar para ser consolada, que seguro que me entienden, que me dejan desahogarme y no se van a asustar ni a poner nerviosas como Ramón cada vez que me deshago en lágrimas ante él porque no sabe qué hacer, no encuentra el botón de reseteado. Ellas seguro que me abrazan como una madre y me dejan descargar esta pena porque es lo que necesito, porque es tan triste, pero tan triste, más incluso que el propio llanto, llorar a solas, a escondidas, sofocando los gemidos que suben por la garganta y casi sin querer empiezan a llenarse los lacrimales y Dolores, tan aguda, tan perspicaz, está a punto de preguntarle si esa luz en su mirada es por la risa o todo lo contrario cuando se interrumpe porque en el comedor entra un traje de caballero azul oscuro con su corbata y su camisa y sus zapatos relucientes y un hombre dentro.
– Hola, Ramón -saludan Dolores y Zafrilla.
– ¿Qué haces aquí? -pregunta Clara estupefacta.
Ante tal avalancha de atención femenina y quizás azorado por la mirada embelesada de Zafrilla, con ese brillo en el rostro de jovencita arrebatada, él no acierta a articular palabra y se limita a besarlas ante Clara, a quien no besa pero acaricia el pelo antes de entregarle varios pliegos de fotocopias enrolladas.
– Ante todo hola, Ramón, qué tal estás, qué alegría verte -la corrige.
– Hola, Ramón, qué tal estás, qué alegría verte. ¿Qué es esto?
– Los planos que me pediste la semana pasada. Como sé que estás muy liada, he quedado por mi cuenta con el padre de mi colega el concertista para ahorrarte su rollo y que los tuvieras cuanto antes -y me los ofrece con una sonrisa y comprendo eso que sienten las madres cuando sus hijos de cinco años llegan a casa con el collar de macarrones cargado de ilusión y no puedo resistirme a sonreírle yo también porque a veces, muchas más de las que me merezco, todavía es ese héroe protector y tierno del que me enamoré, ese que no se merece mis silencios.
– Muchas gracias, me serán de gran ayuda -miento como una bellaca, como la madre que le jura a su niño que se pondrá el collar de macarrones para la más elegante de sus fiestas cuando sé que no va a ser así, que llegan tarde y ya no me sirven para nada porque en lo que menos pienso en este preciso momento es en la vigilancia de la casa de Vito cuando ya he estado allí o la posible estrategia para ocuparla el día de un hipotético golpe que me resulta tan ajeno como lejano, porque me da igual, porque tengo tres cadáveres y la cuenta aumenta casi cada día y eso, frente a la droga sin cortar, sin distribuir, sin ni siquiera aterrizar, me resulta mucho más prioritario y real.
– Eso espero, me ha costado mucho conseguirlos, y más aún aguantarle a él. Y ahora, si me disculpáis, tengo que volver al despacho.
– Adiós -se despide ella mirándole a los ojos.
– Adiós -responde él mirándola también.
Y se marcha ofreciendo un saludo general, ya está bien de tanto besuqueo y tanta cursilería, y al salir se cruza con Javier el Bebé.
– ¡Qué tal, chicas! -exclama éste enseñando todos los dientes en una mueca que se pretende espontánea pero resulta sin embargo de lo más ladina.
– ¡Hola! -responde Zafrilla levantando su cabeza como por un resorte.
– ¿Cómo tú por aquí? -le dice Clara con recochineo.
– No, nada, que he venido porque…
– Eso, di a qué has venido, anda -insiste con sorna.
– ¿Y tú quién eres? -interrumpe Dolores.
– Soy compañero de Clara. Y usted debe de ser la madre de Laura -supone, con el mejor de sus gestos de joven agradable, de yerno deseable que jamás ha roto un plato-. Encantado de conocerla, señora.
Zafrilla reprime una risa absurda, de tontísima adolescente, mientras Dolores los fulmina a ambos con la mirada y yo soy consciente de lo peligroso, de lo tenso de la situación que, como buenamente puedo, intento aplacar diciendo lo primero que se me viene a la cabeza.
– Buen intento, pero no es su madre, es la forense, así que antes de que sigas metiendo la pata ¿nos dices a qué has venido? -inquiero cortante.
– Quería… hablar contigo, a solas. Tengo una consulta sobre un caso.
Ella se levanta y ambos se alejan y se encaminan hacia la barra porque no hay otro sitio mejor donde cuchichear.
– No te andes con rodeos, qué pasa -le digo.
– Nada, sólo quería ver qué tal estaba tu amiga. Es mona.
– Y tú gilipollas integral. ¿Nadie te ha dicho nunca que molestas, que con los casos no se juega, que estábamos aquí tan felices y en un segundo la has liado y a poco que continúes largando por esa boquita incendiarás el local?
– Oye, frena, si he venido es porque París me lo ha pedido, para que compruebe lo chachi que está tu amiga y luego no haya sorpresas desagradables.
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