Mercedes Castro - Y punto

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Y punto: краткое содержание, описание и аннотация

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«Él me acusa de tener sentimientos. Me dice que soy débil y frágil, sutil, febril, casi pueril. Nada viril para mi profesión, y tendría que serlo, que adónde va una mujer policía tan sentimental como a punto de romperse.»
Clara Deza es contradictoria y deslenguada, Clara Deza es agente de la autoridad, esposa y compañera, tan sensible por dentro como dura por fuera. Inmersa en un mundo hostil marcado por el enfrentamiento entre dos esferas contrapuestas: la laboral, poblada por policías que oscilan entre la incomprensión o la superprotección, yonquis que inspiran su ternura y superiores que no la respetan, y la personal, que gira en torno a un matrimonio que es a la vez refugio y casa de fieras, remanso de paz y estanque de tormentas.
Clara Deza aprenderá a demostrar pronto su faceta más combativa y mordaz cuando, tras recibir un desconcertante mensaje de su mejor confidente, descubre que uno de los mafiosos más escurridizos planea su gran golpe. Movida por el pálpito de saber que se encuentra ante su caso más importante, comienza a escarbar en las cloacas de una sociedad brillante en apariencia y tremendamente cruel en realidad.
Con una poderosa voz narrativa cargada de ironía, Mercedes Castro irrumpe en el panorama literario con la historia de una mujer que se mueve entre claros y oscuros, una protagonista tan de carne y hueso que traspasa las páginas de esta novela con su humor agridulce, su contundente fragilidad y un inconformismo esencial que va más allá de cualquier punto y final.

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La miro con pena y furia mientras recita su mantra, la cantinela de que es joven, está cañón, es hermosa y cuando los ojos de una proxeneta la vean explosiva, jugosa y deseable, tal vez París, el patético novio, el ídolo al que epatar, la aprecie por lo que es. Me está insultando, sí, y debería mosquearme y partirle esa boquita de piñón que chorrea barbaridades, pero no lo voy a hacer porque sé que está cagada de miedo y después se arrepentirá de lo que ha dicho, porque sé que no existo más que como un reflejo de algo que no soy, un compendio de ilusiones que rebotan en su maltrecho ego como miedos, inseguridades y defectos de los que yo, en mi faceta de concepto ideal, carezco. Y comprendo que me odie, que desee arrancarme los ojos con sus uñas bien afiladas, matarme, borrarme del mapa y de los recuerdos de un pretendiente que probablemente, con ese tacto que le caracteriza, me describió algún día, durante algún instante, como una amazona indómita, o irreductible, o irreal. Le permito que piense que tiene razón y que soy una perra, una mala puta, una loca de atar. No quiero hablar porque entonces, quizá, dejaría de odiarme para odiarse a sí misma y, tal cual están las cosas, es preferible que los papeles de heroína y villana, por ahora, sigan disociados. Pero me da pena. Tanta, que en vez de mandarla a tomar por saco me apiado y sólo le contesto con una verdad a medias que no nos deja ni a una ni a otra como víboras despreciables sino, cobarde como sólo yo serlo, al tercero en discordia, al varón que permite esta situación y que no hace ni cuatro horas me salvó la vida en la azotea de un rascacielos.

– Reme, si quieres oír de mi boca que vale la pena luchar por él, estás perdiendo el tiempo.

– No digas eso, tú ya no le conoces. Lo que pasa es que te jode que yo haya conseguido cambiarle.

– Enhorabuena, para ti todo. Eso si consigues salir viva de ésta y disfrutarlo -le respondo incisiva, sabiendo que en estos casos de histeria desatada el mejor freno es una dosis adicional de humildad.

Escondo el póker en la guantera, cierro el coche con el mando a distancia, accedemos al lujoso portal y salimos del ángulo de visión de Carlos y Bores arrellanado cómodamente a su vera, siempre a la verita suya, relajado y confiado porque es posible, si no nos desnudan ni nos apalean ni hacen una película snuff con nosotras, que pueda sacar tajada de esta función, cubrirse de gloria y hasta salir en el telediario explicando cómo él solito, bueno, con la necesaria intervención de sus agentes, bien entrenados y aleccionados bajo su dirección, eso sí, ideó el plan para desbaratar una red de prostitución de menores, y vaya plan de mierda, maldice Clara en el ascensor mientras le repite a Reme con voz de madre que arrulla a la niña a quien van a extirparle las amígdalas que todo va a salir bien, tranquila, recuerda lo que hemos hablado: la pistola va en mi bolso, soy una excelente tiradora, no nos va a hacer falta usarla, sólo tienes que ser convincente en tus mentiras. Sólo eso. Lo que has hecho durante toda tu vida.

*

– Hola, preciosas. Pasad, pasad, qué bien que al final hayáis venido las dos, qué guapas, pero qué monas sois. ¿Por qué no nos sentamos y hablamos tranquilas?

La mujer que nos ha abierto, lo sé por su voz, es la propia Virtudes, pero yo he situado estratégicamente a Reme delante (la carne joven es lo que se ve primero, regla número uno del submundo de la prostitución) y por lógica sólo tiene ojos para contemplarla a ella, calibrarla y besarla y cogerla de la mano para llevarla, imagino, al salón, mientras me limito a ir a la zaga como la comparsa que soy, apenas la rémora de alguien no tan alta, ni tan llamativa, ni tan espectacular ni tan lozana, dónde va a parar. Y mejor así, entre otros motivos porque me permite ganar tiempo para estudiar la distribución de la casa y contar el número de puertas que se abren ante el largo pasillo y sopesar los años y kilos de la madame teñida con reflejos caoba en su pelo cardado posiblemente para otorgarle mayor altura, porque es chaparreta, culona, con una cintura bien marcada para los inviernos que aparenta y unos tacones de aguja tremendos con los que, desde luego, como se pongan las cosas chungas, no me imagino que pueda detenernos. La oigo fingir una alegría que no siente y parlotear amigable con nosotras de cualquier necedad, de lo contenta que está de que hayamos venido, aunque eso ya lo ha dicho, de las ganas que tenía de conocernos y de que no nos imaginaba así.

Justo en el momento en que llegamos al salón repiquetea un horrible teléfono de color marfil imitación de un modelo antiguo y corre presurosa a descolgarlo dejándonos mudas y de pie, como suspendidas en el espacio, se queda absorta escuchando y, como ni nos mira, puedo ofrecer un guiño tranquilizador a Reme, que tiembla como un flan y teme que tal vez ya nos hayan descubierto, nada más aterrizar, y estén llamando para avisarla. Pero no, según sus réplicas la cuestión parece mucho más banal, algo sobre una permanente y mechas rubias y pechos colosales que me lleva a deducir que se trata de un «cambio de imagen» para alguna afortunada que haya pasado la criba. Eso, que discuta lo que quiera mientras yo me dedico a escudriñarla: ojos furiosamente subrayados de negro para realzar una mirada verde desvaída, morros de volumen imposible en alguien de su edad, body de estampado animal y carísimos zapatos a juego, uñas largas como garras impecables y pulseras de oro por decenas con dijes colgando que imagino recuerdo de todos los hímenes que haya vendido, uno por cada chica drogada, prostituida y exprimida. Casi me dejo hipnotizar por el ritmo cadencioso de los colgantes de su muñeca cuando aparta el auricular que le nubla el rostro y la percibo con claridad y constato que se ha hecho carne mi sospecha, la que concebí desde que entré y la vislumbré de refilón. La conozco, sé quién es, la he visto antes. Cuando cuelgue debo concentrarme y rezar para que no me recuerde y descubra en este teatrillo de ilusiones que acabamos de inaugurar.

– Bueno, queridas… Me gustaría que nos presentáramos, porque lo cierto es que no sé quién es quién y, la verdad, tampoco acabo de ubicaros por las descripciones que me disteis hace unos días -obviamente se refiere a mí, y lo dice escrutándome con excesiva atención, con abierta curiosidad.

– Yo soy Serena -afirmo tomando la iniciativa y siguiendo, como habíamos ensayado, punto por punto el guión-. Y ésta es mi amiga Paula.

– Encantada de conoceros -sonríe gélida Virtudes-, pero… Tengo una duda, ¿no eras más joven? No te ofendas, cariño -me dice-, es que yo creía que iba a venir una chica de, no sé, dieciocho años, y tú eres mona, no lo niego, pero cuántos tienes, ¿veinticinco?

– Espero que no te importe -comento fingiéndome muy segura de mí misma y mirándola a los ojos para que vea que no me da miedo, que no estoy en absoluto acojonada y soy una tía muy lanzada-. Sé que no doy el tipo que buscas y me paso unos años del perfil, pero necesito la pasta y estoy dispuesta a todo, por eso te mentí cuando hablé contigo.

– Es que… nos vienes «un poquito» mayor. ¿Tienes algo de experiencia en este negocio? ¿A qué te dedicas?, ¿de qué vives?

– Soy modelo, poso desnuda para los alumnos de Bellas Artes. Ahí conocí a Paula -señalo con la cabeza a Reme-, que es estudiante, de primero, y aunque no tiene los dieciséis que te prometí, sí es menor porque todavía le faltan unos meses para cumplir los dieciocho. Mi otra amiga, la aspirante a actriz de la que te hablé por teléfono, no ha querido venir al final, se ha rajado, pero yo creo que Paula da el tipo que buscas y, como también necesita la pasta, pensé que te gustaría conocerla.

– Si ella me parece genial, pero tú… Lo siento, no me encajas.

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