Mercedes Castro - Y punto

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«Él me acusa de tener sentimientos. Me dice que soy débil y frágil, sutil, febril, casi pueril. Nada viril para mi profesión, y tendría que serlo, que adónde va una mujer policía tan sentimental como a punto de romperse.»
Clara Deza es contradictoria y deslenguada, Clara Deza es agente de la autoridad, esposa y compañera, tan sensible por dentro como dura por fuera. Inmersa en un mundo hostil marcado por el enfrentamiento entre dos esferas contrapuestas: la laboral, poblada por policías que oscilan entre la incomprensión o la superprotección, yonquis que inspiran su ternura y superiores que no la respetan, y la personal, que gira en torno a un matrimonio que es a la vez refugio y casa de fieras, remanso de paz y estanque de tormentas.
Clara Deza aprenderá a demostrar pronto su faceta más combativa y mordaz cuando, tras recibir un desconcertante mensaje de su mejor confidente, descubre que uno de los mafiosos más escurridizos planea su gran golpe. Movida por el pálpito de saber que se encuentra ante su caso más importante, comienza a escarbar en las cloacas de una sociedad brillante en apariencia y tremendamente cruel en realidad.
Con una poderosa voz narrativa cargada de ironía, Mercedes Castro irrumpe en el panorama literario con la historia de una mujer que se mueve entre claros y oscuros, una protagonista tan de carne y hueso que traspasa las páginas de esta novela con su humor agridulce, su contundente fragilidad y un inconformismo esencial que va más allá de cualquier punto y final.

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– ¿Ha venido la familia? -le pregunto.

– Sí, están dentro, con Bores y Carahuevo.

– Qué marrón.

– Que se jodan, va en su sueldo. Y más les vale mentir como dios manda y contarles una bola que le haga quedar como un héroe, porque como me entere de que lo dejan con el culo al aire ahí sí que va a haber tortas a mansalva, se me ponga el ministro del Interior o la virgen María por delante.

– Nooo, eso no es justo, ella es su mujer y tiene derecho a saber la verdad -gimotea una vocecita ridícula a nuestras espaldas.

Nos volvemos y ahí está Reme, lacrimosa y ágil cual gacela que, con sus deportivas, no ha tenido ningún problema para seguirme sigilosa.

– ¿Y ésta por qué llora si ni siquiera conocía a Santi? -pregunta Nacho.

– No llora por él, es que hemos salido escopetadas de la casa de la madame y se le ha jodido su intervención estelar de diva de Hollywood.

– Coño, es cierto, se me había olvidado. ¿Qué tal os ha ido?

– Es largo de explicar, ¿has visto a París?

– Búscale por ese pasillo, creo que se ha apropiado del despacho de un médico para interrogar a los testigos. Ya sabes cómo es.

– Pero ¿hay testigos?

– Una parejita de universitarios de la Autónoma que se fumaron las clases para ir a El Pardo a hacerse unos arrumacos. El miedo a que se enteren sus padres los tiene más acojonados que encontrar un coche con dos medio muertos.

Huyo por el pasillo a la búsqueda de París en sentido contrario a tres hijas desesperadas y a una esposa que no para de sollozar por más que Carahuevo le hable de los milagros de la medicina moderna y le pase, una y otra vez, la zarpa por la espalda, y no puedo evitar sentirme mal. Me siento culpable, por mí y por todos mis compañeros, por no tener los cojones de dar la cara ante ellas, presentarme a su lado y abrazarlas, cogerles la mano y apretársela mientras les cuento historias de cómo su padre se metió un día en un burdel vestido de cura para que las prostitutas pudieran mostrarle el escondite del chulo que las maltrataba, haciéndolas reír a través de sus lágrimas, creando, como él me enseñó, el clima propicio para asestarles, desprevenidas y relajadas, el duro golpe de la revelación: era su querida, llevaban años juntos, quería cortar con ella, me lo dijo hace un par de días pero quizá no le dio pie o tal vez le faltó valor, ese que me inculcó y me está fallando ahora que me escabullo por el extremo opuesto del pasillo, casi corriendo en busca de París, huyendo de vosotras como si no fuera la Clara que os mandaba bolsas de chuches por Navidad y a quien acudíais para que os preparara el terreno antes de contarle a papá que teníais un novio nuevo. Pero no puedo dar la cara, es superior a mis fuerzas, es la vergüenza de saber que pude haber evitado todo esto. Porque yo era la única que sabía que tenía esa cita, y le dejé ir a ella como si nada, más preocupada por seguir ofendida que por su pellejo.

Tal vez pueda hallar el valor para enfrentarme a ellas más tarde, me miento, pero sólo si antes doy con París y quiere acompañarme, me digo, y voy abriendo puertas y preguntando a pacientes y enfermeras hasta que alguna me aclara que el policía ya se ha ido, tal vez lo encuentre abajo, en el bar.

*

Las cafeterías de los hospitales, esos lugares únicos, tanto o más que los cementerios de «concepto americano», y el amor que siento por ellos. Por qué me encuentro a gusto aquí, reflexiona dándole vueltas a una tila. Odio la tila, pero necesitaba una, y ahora, con la taza entre sus manos, caliente y con su limón y bien cargada de azúcar, todo cobra una nueva perspectiva.

– Cómo te fue con los testigos -le pregunto a París tras beber un sorbo.

– No les saqué nada. Sólo han dicho lo evidente, no han pillado ningún detalle ni un solo dato de utilidad. Ahora mismo están tan nerviosos que, aunque hubieran tenido delante al niño de la catana con su espadón en la mano, tampoco lo recordarían.

– Encontrar un cadáver es estresante para cualquiera.

– A éstos el estrés no se lo provoca ningún fiambre sino el pánico a que sus familias se enteren de lo suyo. Es que la «parejita» no es de niño y niña, Clara, son dos mostrencos hechos y derechos con sus patillas y su pelo en pecho, y no parece que sus papis se vayan a tomar a bien la cosa de la libre opción sexual a tan temprana edad. Por cierto, y Reme, ¿dónde está?

Justo en ese momento reparo en que no tengo a nadie detrás haciendo preguntas estúpidas, sorbiéndose los mocos o llorando sin parar.

– No sé… -respondo confundida-. Se habrá quedado con Nacho…

– ¿Llevaba dinero encima? Tendrá que cogerse un taxi -me explica pragmático-, con toda esta movida no puedo salir de aquí para llevarla a casa. Además, mírate, estás hecha polvo. No creo que sea una buena idea dejarte sola.

Joder con los hombres.

– ¿Y a ella sí? -pregunto.

– Es joven, para Reme todo esto no es más que una aventura. Seguro que en cuanto llegue a casa y se calme un poco lo primero que hará será coger el teléfono para contárselo a sus compis del trabajo. Tú, en cambio, pareces destrozada -y vieja, según deduzco-. Tienes a Santi entre la vida y la muerte y hoy han querido matarte. Mejor me quedo contigo.

Y en tres frases, limpiamente, despacha al amor de su vida, a la peluquera que se dispuso a figurar como puta sólo por él, para que la admirara y la respetara y dejara de tomarla por una niña.

– Carlos, no te molestes. Además, Reme no lleva su móvil encima.

– Estoy llamando a Nacho, quiero que la meta en un taxi y luego venga aquí. Tenemos que hablar y decidir qué hacer. Pronto empezarán a aparecer los compañeros y querrán saber, y no hay nada peor que una pandilla de policías elucubrando.

– Dudo mucho que alguno conozca la magnitud real de todo lo que está pasando, ni siquiera Bores o Carahuevo tienen idea, ¿tú la tienes? Tenemos que pararnos a pensar, no dejarnos llevar por la ira, analizar con la cabeza qué está ocurriendo. ¿En qué crees que estamos metidos? -París la mira sorprendido. Es la primera vez en mucho tiempo que le interesa su opinión.

– No sé ni por dónde empezar. Todo es demasiado raro.

– No tanto. Santi estaba liado con esa mujer desde hace años.

– Aun así hay muchos detalles que no me cuadran. Según los dos maricas…, perdón -se corrige so pena de caer fulminado por mi mirada-, los testigos, el coche estaba apartado, no en la carretera que sube al Cristo, la que todas las parejitas conocen, sino en el medio del monte, donde campean los corzos y los jabalíes. Si no tuvieran ese pavor a que sus papás descubriesen lo suyo y no se hubieran internado tan adentro, habrían pasado semanas hasta que alguien diese con sus cuerpos.

– Santi está casado, es lógico que buscara un lugar retirado.

– Mira, Clara, a todos nos cuesta creer que alguien haya querido hacerle daño, pero en este caso…

– Pareces un psicólogo barato, di lo que tengas que decir, pero dilo ya.

– El coche estaba abierto.

– No lo entiendo, Santi no era ningún gilipollas.

– Déjalo, es como si nos hubieran cambiado los papeles y ahora tú fueras la escéptica. ¿Desde cuándo un agente se mete en un coche en un lugar oscuro, apartado, sin visibilidad y potencialmente peligroso y no lo cierra por dentro? Es lo primero que aprendemos en la academia, lo que nos repiten antes de la primera vigilancia; cerrar el coche, proteger la radio, el arma y a nosotros mismos, hacer de él una fortaleza inexpugnable desde fuera -y ante el rostro carente de expresión de ella se exaspera-. Venga, joder, si no hace falta ser policía, si es lo que haría cualquiera, ¿o no cerrábamos tú y yo a cal y canto el cuatro latas de mi padre cuando los sábados por la noche nos escapábamos al pinar a darnos un repaso?

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