Marcela Serrano - Antigua vida mía

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De la noche a la mañana, Violeta Dasinski se vuelve noticia a causa de una tragedia tan inevitable como providencial, y su amiga Josefa Ferrer -con los diarios de Violeta en la mano- empieza a contar su historia… es decir la de ambas.
Aunque Josefa, una exitosa y angustiada cantante chilena, es la narradora, a su voz y la de Violeta se agrega la de `nosotras, las otras` (madres, abuelas, bisabuelas), suerte de coro griego y testigo de la experiencia femenina a través de las generaciones.
El relato, en un vívido contrapunto, irá trazando las búsquedas a un tiempo paralelas y divergentes de Violeta y Josefa, desde la infancia común en el Santiago clasista y turbulento de los años sesenta hasta el `viaje terapéutico` a la ciudad de Antigua.
El amor y la traición, la sexualidad y el dolor, la utopía y la muerte, las perversiones de la modernidad y la tensión entre lo privado y lo público: las vidas de Josefa y Violeta dibujan, como en un huipil multicolor, los anhelos y conflictos de la mujer contemporánea.

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Violeta y los niños reían cuando se abrió la puerta de la cocina. Yo ni miré, pensando que era Tierna. La expresión de Violeta cambia, se levanta de su silla. Me doy vuelta y veo a un hombre que abraza a mi amiga. No, no es Bob, las fotos dicen que Bob es rubio. Este es moreno, latino a todas luces, alto, cuarentón, algunas hebras grises en su pelo peinado hacia atrás, en una cola de caballo.

– Javier! -Violeta parece muy complacida.

– Pido perdón por la interrupción, veo que aún están desayunando.

– ¿Cuándo llegaste?

– Anoche. Y no resistí sin venir de inmediato.

– ¿Y dónde te quedas? ¿Dormirás aquí?

– No. Estoy en el Santo Domingo.

– Pero… ¿por qué te has ido a un hotel?

– Pues, la revista paga. Y debo trabajar. Si me quedara aquí, no avanzaría nada. ¿Y cómo está la princesa? -pregunta abrazando a Jacinta.

Traté de identificar su acento. ¿Mexicano? ¿Guatemalteco? Se me confunden.

– Javier, quiero que conozcas a Josefa Ferrer. Además de ser cantante es mi amiga de infancia, de toda la vida. Ha venido por un tiempo a descansar. Josefa, él es Javier Godínez, de México, una especie de hermano de Bob, fueron compañeros en Harvard.

– ¿Josefa Ferrer? ¡Pero qué privilegio!

Cuando se acerca a darme la mano, reparo en el estado de mi pelo, en mi bata poco elegante, en mi cara dormida. No me parece el momento más adecuado para ser presentada a nadie. Digo un «hola» desaliñado y termino mi yogur.

– ¡Puchas que es famosa mi mamá! -comenta Borja-. Hasta aquí la conocen.

– Llegué en la mitad de algo -dice él-, por favor sigan… ¿En qué estaban?

– En los discos rumanos -contesta Jacinta.

– ¿Qué es eso? ¿Algún nuevo grupo de rock?

Violeta le cuenta la historia, todos los detalles repetidos y yo al medio, sintiéndome una tonta. Él se divierte con las descripciones y me mira con otra cara; parece verme como yo, no como la cantante.

– Puedo contarte más tarde un par de anécdotas de la Unión Soviética de esos tiempos, créeme que te harán reír -dice dirigiéndose a mí.

– ¿También estuviste por esos lados?

– ¿Existe algún intelectual que se precie, en nuestra generación, que no haya tenido alguna experiencia con el campo socialista?

Ya, entendí que éramos de una misma generación, que era efectivamente un intelectual y, si era tan cercano a Bob, de algún peso específico. Y nos empezábamos a caer bien. Pero igual me levanto para ducharme.

– ¿A qué hora estarán desocupadas?

– Josefa está libre, yo lo estaré a la hora de almuerzo -Violeta, probablemente, piensa en la posibilidad de que este hombre se haga cargo un poco de mí y la aliviane.

– ¿Quieres salir conmigo, Josefa? ¿Has visitado ya las Capuchinas?

– No, todavía no.

– ¿Y has tomado el café del Ópera?

– Tampoco.

– ¿Y has visitado la galería El Sitio?

Me reí avergonzada.

– Tampoco.

Él mira a Violeta, divertido.

– ¿En qué has tenido a tu amiga? ¿La has encerrado?

– Salgan ustedes -sugiere Violeta, contenta- y juntémonos a almorzar en el Café del Conde. Tengo antojo de comer pan de maíz y el quiche con albahaca.

Al salir de la ducha me sorprendí buscando alguna «tenida». Hasta ese momento no me había sacado los jeans, pareciéndome que parte de la reparación de este viaje era el no vestirme ni pensar en el tema. Encontré un vestido de algodón color lila -comprado justamente en Antigua-, largo hasta los tobillos, y me planté encima un chaleco de seda sin mangas, como lo habría hecho Celeste. Quedaba bien y me daba una cierta nota juvenil. Mientras me arreglaba y el espejo insistía en devolverme a este cuerpo que quiero poco, pensé con envidia en las personas que se sienten bien consigo mismas, que no gastan energías en disimular tal o cual rasgo y se encuentran a sus anchas en el único envoltorio que tienen.

Violeta es una mujer que está bien dispuesta con su cuerpo; se desprende de mirarla desplazarse por la vida. Yo no: siempre me he sentido incómoda en mi piel. Violeta fue linda desde chica. Creció contando con eso y para ella nunca fue una preocupación. El descuido en su adultez sólo revela lo que nunca me sucedió a mí. Yo tuve que inventarme. Recuerdo con nostalgia la casa del molino como el único lugar en que me he dejado ir. El pan amasado, las mermeladas de guinda y los quesos de Ensenada haciéndome sentir una mujer normal, una mortal cualquiera. De vuelta a Santiago me encerraba en mi pieza por cuatro días, llena de fármacos para soportarme a mí misma y a la feroz dieta que comenzaba: el primer día no comía más que papas cocidas; el segundo, solamente pollo cocido; el tercero era carne y sólo carne; y el cuarto, plátanos. Tomaba litros y litros de agua y perdía líquido como nunca. A pesar de las sofisticadas dietas a que me sometían los médicos, yo me inclinaba por ésta, primitiva e incomprensible desde el punto de vista científico. Al cuarto día -siniestro cada uno de esos días- había perdido matemáticamente tres kilos. Entonces se achicaba mi estómago y empezaba el año y la normalidad comiendo casi nada.

Soportaba ser observada -siempre y en todo lugar los ojos de la gente sobre mí- y mi conciencia del cuerpo galopaba junto con la avidez de esas miradas. Y cuando me someto voluntariamente a ellas, cuando debo pedir a través del escenario o de la pantalla que me miren, tengo que pasar por el suplicio de las miles de cremas, los potajes de todo tipo con diferentes finalidades, maquillajes malsanos, aceites, fajas. Esa vez que Violeta me acompañó a un Festival de la Canción -uno al que fui como artista invitada-, quedó helada en mi camarín al presenciar todo este proceso. «Pero Josefa», exclamó con desesperación, «¡te arman cada vez, te recortan y te vuelven a instalar!»

Pienso que el mundo entero está lleno de gordas que quisieron otra suerte para ellas; ninguna es voluntariamente así, y tienen la vida perdida, tantas puertas cerradas por un problema aparentemente tan inocuo: centímetros de más. Lo delgado como el valor supremo. ¿Qué nos pasó que llegamos a esta demencia cultural que somete al ochenta por ciento de las mujeres a la preocupación, a la contención, a la represión? Deberíamos haber asesinado a la Twiggy años atrás.

En Antigua nadie me conoce. Bendita sea. Como en la casa del molino.

Cuando ya habíamos cruzado casi enteramente la ciudad (el convento de las Capuchinas está en el extremo opuesto a la galería El Sitio), nos acercamos por la plaza a la Sexta Norte: por fin el Café Opera. A esa hora del día, entre el sol, el ejercicio poco usual de mis piernas y las emociones de tanto estímulo visual, nada me apetecía más que un café negro, corto, espeso. Hasta ese momento habíamos hablado sólo sobre cosas abstractas, objetivas, como corresponde a dos personas que se han conocido hace unas pocas horas. Pero no cabía duda de que, mientras me duchaba, Violeta le había hecho un resumen de mi vida.

– Has cantado en México, ¿verdad? -fue la primera frase que me dirigió frente al café humeante.

– Sí, en México y en Estados Unidos y en todo este continente -despaché el tema con sequedad.

– No hablemos de eso si no lo deseas -perfecta su dicción-. ¿Estás en alguna crisis?

– Sí. Todos me conocen como cantante, todos piden algo de mí porque canto, todos quieren oírme cantar. Y yo no quiero cantar más.

– ¿Todos?

– Todos -un breve silencio-. Menos mi hija. Cuando era una guagua, le cantaba canciones de cuna. Bastaban las primeras notas para que empezara a hacer pucheros. ¿Sabes lo que son los pucheros? No sé si en tu país se dice igual.

– Sí, sí sé.

– Bueno, yo cantaba y ella estaba a punto de largarse a llorar. Violeta me consolaba diciéndome que la niña se defendía de la emoción que le producía mi voz. Cuando era más grande y me escuchaba, ponía su manito sobre mi boca haciéndome callar. Ha sido el único ser sobre la tierra que no soporta mi voz.

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