Lan Chang - Herencia

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Herencia narra el rastro de una traición a lo largo de generaciones. Sólo una mirada mestiza como la de la escritora norteamericana de origen chino Lang Samantha Chang podía percibir así los matices universales de la pasión, sólo una pluma prodigiosa puede trasladarnos la huidiza naturaleza de la confianza.

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Sus ojos, aquejados de hipermetropía por efecto de los años, divisaron los tejados rojos de la famosa universidad y los edificios de San Francisco, que centelleaban a lo lejos. Soplaba el viento, había poca polución en el aire, la visibilidad era buena. Siguió la carretera con la mirada y luego, torciendo a la derecha, distinguió una tapia alargada de ladrillo pálido que señalaba el comienzo de la propiedad de mi madre.

Había oído hablar de la casa y aun así le sorprendió. Lo que veía parecía flotar en el fondo de sus ojos: todas las formas y perfiles le resultaron familiares, desde las achaparradas estatuas de adorno hasta el tenue resplandor de tejas verdes que irradiaba el interior. Por un momento, tuvo la sensación de estar mirando un lugar que hubiese trascendido el mundo real hacía mucho tiempo y donde hasta el olor de la hierba y las flores era tan leve como el perfume de los sueños. Al acercarse lentamente a la casa vio el follaje de las trepadoras en el muro y, a continuación, la hilera de rosales, imponentes y primorosamente podados, que enarbolaban enormes y precisas flores de marfil sobre un fondo de ladrillo.

Sintió que sus pensamientos se elevaban ligeramente, arrastrados por el viento como un aroma, y volvió a verse, una vez más, en el viejo patio al que entrara, tantos años atrás, vestido con su uniforme de infantería y preguntando por el padre de Junan. Casi olía los fogones y oía el chasquear de las fichas de paigao que revolvía Wang Daming. Volvía a ser aquel muchacho con la autoestima a prueba de bombas y rebosante de esperanzas incuestionables que se plantó ante aquellos muros ajados y señoriales, intentando elucubrar, con el corazón desbocado, qué opulencias y misterios encerraban. ¡Cómo lo habían intrigado los encantos de la hermosa primogénita de Wang que vivía allí!

¿De veras había cambiado?, se preguntó. ¿Lo habrían cambiado lo más mínimo el amor o el tiempo, o seguía siendo aquel hombre que daba un paso al frente sin pensárselo dos veces?

Por alguna razón, esperaba encontrársela en la puerta, como la noche en que se conocieron. Pero cuando llamó, quien acudió a abrir fue un vulgar criado bajito.

Con gran fuerza de voluntad se identificó.

– Dígale a la señora que ha venido Li Ang a presentarle sus respetos.

El hombre se dio la vuelta y desapareció. Volvió al momento. Esta vez Li Ang percibió señales de inquietud. Al hombre le temblaban las manos al cerrar la puerta. Parecía aturdido y conmocionado, presa de un súbito ataque de ira, y Li Ang supo que su visita constituía toda una sorpresa.

El criado le hizo atravesar un gran salón y salir al patio. Según se acercaba al jardín entrevió un estallido de color y supo que habría flores de tal profusión y rareza como no había visto en sesenta años. Habría un estanque con peces de colores y un sauce, frutales y una morera. Había todo eso, efectivamente, como también había, en el centro del jardín, unas enormes rocas negras que habría mandado traer desde las imponentes montañas de un país lejano, altas moles que semejaban madera petrificada, estriadas con volutas del color de la obsidiana.

Estaba sentada junto a las piedras. Al acercarse, Li Ang percibió la elegancia de sus huesos, ahora incluso con mayor claridad toda vez que se le había consumido la carne. El cuello, la cara y las manos le habían menguado con la edad. Había logrado dominar cualquier emoción que hubiese podido embargarla al enterarse de su llegada y estaba imperturbable, con las manos entrelazadas sobre el regazo, quizá lastradas por el oro, las perlas y los enormes anillos y pulseras de jade que adornaban sus dedos y muñecas. Más jade y más oro macizo ceñían su garganta. Su rostro ovalado estaba pálido. A su espalda, situadas encima de una mesa estrecha, las estatuas alargadas de tres bodhisattvas lo fulminaron con una mirada glacial.

Hizo una sutil reverencia y ella asintió con la cabeza.

Aun después de tantísimos años, se estremeció al encontrarse frente a frente con la enérgica voluntad de Junan. Tenía los ojos levemente entornados, una expresión que él recordaba de sobra pero cuyo significado nunca había aprendido a descifrar. Sólo una persona hubiese sido capaz de decirle lo que pasaba por aquella cabeza, pero Yinan estaba muy lejos.

Rebuscó en la bolsa y sacó un regalo, una caja de caramelos de los que, según recordaba, solían gustarle, unas golosinas duras y brillantes de diversas formas.

– Bueno -dijo sonriendo-, ¿cómo estás, Junan?

– Perfectamente. Como es natural, mis fuerzas ya no son lo que eran, pero tú, ¡tú estás viejísimo!

– Sin embargo, me temo que las informaciones acerca de mi muerte no eran del todo exactas.

Ella torció el gesto; él se apresuró a hacer las paces.

– Me he convertido en un viejo -dijo. Y añadió con caballerosidad-: Tú, en cambio, estás prácticamente igual a como te recordaba.

Pero los cambios que advirtió en su cara y en su cuerpo le produjeron desasosiego. Después de tantos años separados, la imagen que había conservado de Junan era la de sus años mozos: la piel siempre blanca y lozana, los labios rojos, los ojos chispeantes.

– Deja que te sirva una taza de té.

– No, no -protestó él-. Ya lo sirvo yo.

– Está bien.

Ya más tranquilo, llenó lentamente las dos tazas, procurando controlar el temblor de las manos.

– Es una pena que no bebas coñac antes de cenar.

– Qué se le va a hacer.

– Brindemos por los reencuentros después de muchos años. ¡ Ganbei !

Alzaron las tazas a la par y de ese modo lograron entablar conversación. Puede que a Junan se le hubiese envejecido el cuerpo, pero lo que era la mente la seguía teniendo tan rápida y certera como siempre. Le contó todos los chismes acerca de sus viejos conocidos. Pu Taitai seguía empeñada en vivir en Taiwán, donde se dedicaba a la ardua tarea de contar por activa y por pasiva una especie de relato mítico de los acontecimientos de la primera mitad del siglo XX, un relato que recogía los hechos fundamentales -los intentos de la República por mantener unido el país, la invasión japonesa y la toma del poder por parte de los comunistas-, pero que, mediante una ingeniosa transferencia de culpas y una cuidadosa correlación de fuerzas, conseguía pasar por alto su propia derrota. Pu Taitai había repetido durante años la versión modificada del eslogan:

Diez años de nacimiento y acopio

Diez años de enseñanza

Ahora, transcurridos veinte años, Pu Taitai ya no lo recitaba tan a menudo, pero, en opinión de Junan, jamás había dejado de pensar que un día Taiwán triunfaría y que los nacionalistas volverían a la China continental para convertirse, una vez más, en sus legítimos gobernantes.

En los Estados Unidos, Hsiao Meiyu había desheredado a dos de sus nietos por casarse con «extranjeros». A Junan le parecía una lástima que el hijo se hubiese casado con una rubia -los niños saldrían con el cabello ralo y descolorido-, pero lo de la hija no le extrañaba lo más mínimo, siendo como era un dechado de genes infames: ojos pequeños, cara insípida y unas piernas gordezuelas como pepinos. ¿Qué chino se habría casado con una chica tan fea?

– «Patriota» -dijo Li Ang, aclarándose la garganta-. En China, a las jóvenes no se les dice «feas». Se les dice «muy patriotas».

Él mismo notó en su voz el viejo tono insinuante que siempre había usado al hablar con ella. Lo había echado de menos. Así solían comportarse cuando estaban juntos, no durante la guerra, cuando todas las conversaciones estaban cargadas de la tensión de los problemas logísticos y las despedidas, sino al principio, nada más casarse. Por entonces apenas se conocían; él pensaba que ella no podría lastimarlo ni cambiarlo de verdad. Y ella debía de haber pensado otro tanto de él.

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