Los detalles de la fuga, planeados por el Visir, fueron de fácil ejecución. Quien la vio fugazmente no creyó que Scherezade, vestida de esclava en medio de otras, salía por los portones traseros del palacio, al encuentro del criado mudo de su padre, designado para servirla. Luego la caravana los acogió a ambos, siendo inminente la partida. Y tan rápido se dio todo que ya a primera hora de la tarde se habían distanciado de Bagdad, sin que Scherezade mirase hacia atrás una sola vez so pretexto de guardar en la retina las murallas de la ciudad. Apenas si se despidió de Dinazarda y Jasmine, con prisa las dos por ocupar su lugar, temerosas de que la fuga fuese descubierta antes del tiempo previsto.
Scherezade no vio a su padre. No sentía su falta, como si lo hubiese abolido de su vida. Le parecía que, habiéndolo convertido en personaje de una historia en la cual había encajado a la perfección, seguía teniéndolo a su lado. Aunque no volviese a ver a su familia, los tendría cerca, compartiéndolos con Fátima. Y que ellos no la considerasen infiel por reservarles, en el futuro, un papel discreto en el relato que ya tenía en mente.
Las dunas, enfrente, le daban la bienvenida. Finalmente conocía de cerca el desierto. Oía sus voces secretas mezcladas con los finos granos de arena que fustigaban su piel. Mientras la caravana proseguía, Scherezade iba dejando atrás el universo integrado por su hermana y Jasmine. Cada vez que llorase en los años por venir, se consolaría con la memoria que conservaba de ellas. Jamás se perderían. ¿Acaso no era verdad que lo vivido, aunque se disuelva en medio de los recuerdos, es un punto de resistencia en el futuro?
El Califa no saldría en su busca. Había descubierto en él señales de agotamiento. Casi suplicándole que desapareciese de su vista, pues no quería entregarla al verdugo. Al final, reconciliado con las mujeres, e importándole poco sus traiciones, había comprendido la necesidad de preservar su propia biografía, que no se comparaba por su repercusión a la del aventurero Harum al-Rashid. En compensación, no podrían negarle que había sido él quien había obligado a Scherezade a contar las mejores historias del reino, con el fin de salvarse. Gracias a su tiranía, responsable de un hecho inicialmente deshonroso, la historia de su pueblo se consagraría para siempre. Una edificación verbal más poderosa que cualquier mezquita o palacio erigidos con piedra, cal y sudor. Lo que Scherezade había sembrado en los aposentos, a través de él, nunca se disiparía. Para ello, Jasmine y Dinazarda, discípulas suyas, repetirían cada relato hasta el cansancio. Ni ellas ni sus sucesores dejarían morir la sustancia del alma árabe. Aunque él y las jóvenes no volviesen a escuchar nunca más, de los labios de Scherezade, las nuevas historias que ella le estaría ahora contando a Fátima, quien la recibió con los brazos abiertos en cuanto llegó a su casa, cubierta de polvo, hambrienta, pero feliz.
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