Supongo que jamás se les ocurrió que leería el artículo. Quizá pensaron que no hablaba en serio cuando se lo dije. Cuando se lo mencioné se disculparon, como chiquillos a los que han pillado en una simpática travesura. El plato estaba teniendo mucho éxito y estaban planeando dedicar toda una sección de la carta a Mamie Framboise , en la que incluirían mi couscous à la provençale , mi cassoulet trois haricot y los famosos crêpes de Mamie Framboise.
– ¿Te das cuenta Mamie? -explicó Yannick encantador-. Lo más hermoso de todo es que no esperamos que hagas nada. ¡Sólo sé tú misma! ¡Sé natural!
– Yo podría publicar una columna en la revista -añadió Laure-. Los consejos de Mamie Framboise , o algo por el estilo. Por supuesto, tú no tendrías que escribirla. Yo me encargaría de todo. -Me sonrió alegremente, como si fuese un niña que necesita que le den seguridad.
Volvieron a traer a Cassis consigo; él también sonreía alegremente aunque parecía un poco confundido, como si todo aquello lo desbordase.
– Pero os lo advertí. -Mantuve la voz contenida, dura, para evitar que temblara-. Ya os lo advertí antes. No quiero nada de eso. No quiero formar parte de esto.
Cassis me miró desconcertado.
– Pero es una oportunidad tan buena para mi hijo… -suplicó-. Piensa en lo que esa publicidad significaría para él.
Yannick tosió.
– Lo que mi padre quiere decir -se apresuró a corregir- es que todos podríamos beneficiarnos de la situación. Las posibilidades son infinitas si la cosa resulta bien. Podríamos lanzar al mercado las confituras de Mamie Framboise , las galletas de Mamie Framboise … Naturalmente Mamie, tú tendrías un porcentaje sustancial.
Negué con la cabeza.
– No me estáis escuchando -dije alzando la voz-. No quiero publicidad. No quiero ningún porcentaje. No me interesa.
Yannick y Laure intercambiaron miradas.
– Y si estáis pensando lo que creo que estáis pensando -espeté cortante-, que fácilmente podéis hacerlo sin mi consentimiento (al fin y al cabo, un nombre y una fotografía es todo lo que necesitáis), entonces escuchadme bien. Si vuelvo a enterarme de que ha aparecido alguna receta más de Mamie Framboise en esa revista, en cualquier revista, ese mismo día llamaré al editor y le venderé los derechos de todas las recetas que tengo. ¡Qué diablos, se las daré gratis!
Estaba sin aliento, el corazón martilleándome por la rabia y el miedo. Pero nadie presiona a la hija de Mirabelle Dartigen. Ellos también sabían que estaba hablando en serio, podía leerlo en sus rostros.
– Mamie… -protestaron en vano.
– Y dejad ya de llamarme Mamie.
– Dejadme hablar con ella. -Ése era Cassis, levantándose con dificultad de la silla. Noté que la edad lo había encogido, lo había hundido suavemente en sí mismo, como un soufflé fallido. Incluso aquel pequeño esfuerzo lo hacía resollar dolorosamente.
– En el jardín.
Sentada en un tronco caído junto al pozo abandonado tuve un extraño sentimiento de duplicación, como si el viejo Cassis pudiese quitarse de la cara la máscara del hombre gordo y volver a aparecer como antes, intenso, temerario y salvaje.
– ¿Por qué haces esto? -inquirió-. ¿Es por mí?
Moví la cabeza lentamente.
– No tiene nada que ver contigo -le dije-, ni con Yannick. -Volví la cabeza bruscamente hacia la granja-. Te habrás fijado en que he podido arreglar la vieja granja.
Se encogió de hombros.
– Nunca supe por qué querías hacerlo -confesó-. Yo no hubiera tocado el lugar. Me da escalofríos sólo de pensar que estás viviendo aquí. -Y me dirigió una extraña mirada, maliciosa, casi penetrante-. Pero es típico de ti -sonrió-. Siempre fuiste su favorita, Boise. Incluso te pareces a ella ahora.
Me encogí de hombros.
– No me convencerás -le dije terminantemente.
– Incluso empiezas a hablar como ella. -Su voz, una mezcla de amor, culpa y odio-. Boise.
Lo miré.
– Alguien tenía que recordarla -le dije-. Y sabía que no ibas a ser tú.
– Pero aquí, en Les Laveuses… -dijo haciendo un gesto de impotencia.
– Nadie sabe quién soy -le dije-. Nadie me relaciona. -Sonreí de pronto-. Sabes, Cassis, para la mayoría de gente, las mujeres mayores parecen todas iguales.
Asintió.
– Y crees que Mamie Framboise cambiaría todo eso.
– Sé que lo haría.
Silencio.
– Siempre fuiste buena mentirosa -observó casualmente-. Es otra de las cosas que heredaste de ella. La capacidad de ocultar. Yo soy un libro abierto. -Estiró los brazos a ambos lados para ilustrarlo.
– Bien hecho -comenté indiferente. Incluso se lo creía él mismo.
– Eres una buena cocinera, lo reconozco. -Miró al huerto por encima de mi hombro, los árboles pesados por la fruta madura-. A ella le habría gustado. Saber que mantienes las cosas funcionando. Te pareces tanto a ella… -repitió lentamente, no era un cumplido sino una afirmación, con cierto desagrado, cierto temor.
– Me dejó su libro -le confesé-. El que contiene las recetas. El álbum.
Sus ojos se agrandaron.
– ¿De veras? Bueno, eras su preferida.
– No sé por qué sigues diciendo eso -respondí impaciente-. Si madre tuvo alguna vez una preferida, ésa fue Reinette, no yo. Acuérdate.
– Ella misma me lo dijo -explicó-. Me dijo que de los tres tú eras la única con sentido común y agallas. «Hay cien veces más de mí en esa astuta zorrilla que en vosotros dos juntos.» Eso fue lo que dijo.
Sonaba a madre. Su voz en la de él, clara y afilada como el vidrio. Debía de estar enfadada con él, en uno de sus ataques de ira. Casi nunca nos ponía la mano encima, pero ¡Dios, aquella lengua!
Cassis hizo una mueca.
– Fue la forma de decirlo, también -me dijo suavemente-. Tan fría y seca. Con esa curiosa mirada en los ojos, como si fuese una especie de prueba. Como si esperase ver cómo reaccionaría yo.
– ¿Y cómo reaccionaste?
– Me eché a llorar, claro. Sólo tenía nueve años -dijo y se encogió de hombros.
Claro que lo hizo, me dije a mí misma. Siempre hacía lo mismo. Demasiado sensible debajo de su fiereza. Solía escaparse de casa con frecuencia, durmiendo en los bosques, en las cabañas que hacía en los árboles, sabiendo que madre no lo azotaría. Ella estimulaba secretamente su mala conducta, porque parecía desafío. Parecía fortaleza. Yo le habría escupido en la cara.
– Dime, Cassis -la idea me vino de pronto y casi me dejó sin aliento por la excitación-. Mamá… ¿tú recuerdas si hablaba italiano o portugués? ¿Alguna lengua extranjera?
Cassis me miró sorprendido y negó con la cabeza.
– ¿Estás seguro? En el álbum -le hablé de las páginas escritas en lenguaje extraño, las páginas secretas que jamás había aprendido a descifrar.
– Déjame verlas.
Las miramos juntos, Cassis palpando las hojas amarillentas y rígidas con renuente fascinación. Noté que evitaba tocar la escritura aunque a veces tocaba otras cosas: las fotografías, las flores secas, las alas de mariposas, los retazos de tela pegados en las páginas.
– Dios mío -musitó-. Jamás tuve ni idea de que hubiera hecho algo parecido. -Alzó la mirada hacia mí-. ¿Y tú dices que no eras su preferida?
Al principio parecía estar más interesado en las recetas que en cualquier otra cosa. Rozando levemente el álbum, sus dedos parecían haber recuperado parte de su antigua destreza.
– Tarte mirabelle aux amandes -susurró-. Tourteau fromage. Clafoutis aux cerises rouges . ¡Me acuerdo de éstos! -Su entusiasmo era de repente muy juvenil, muy del viejo Cassis-. Todo está aquí -dijo suavemente-. Todo.
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