Joanne Harris - Cinco cuartos de naranja

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Cuando tras décadas de ausencia Framboise Simon regresa a su pequeño pueblo en la campiña francesa, los habitantes no la reconocen como la hija de la mal afamada Mirabelle Dartigan,la mujer que aún consideran responsable de la tragedia sucedida en los años de la ocupación nazi. A la búsqueda de un nuevo comienzo en su vida, Framboise descubre rápidamente que el presente y el pasado se encuentran inextricablemente unidos, mientras recorre las páginas del cuaderno de recetas de cocina heredado de su madre.
Con la ayuda de esas recetas, Framboise recrea los platos de su madre, que sirve en un coqueto restaurante. Y a medida que analiza el cuaderno -a la búsqueda de pistas que le permitan comprender la contradicción entre el amor de su madre por la cocina y su conducta opresiva-, descubre poco a poco un significado oculto detrás de las crípticas anotaciones de Mirabelle. Entre las páginas del cuaderno, Framboise encontrará la clave para comprender lo que realmente sucedió aquel fatídico verano en el que tenía tan solo nueve años.
Exquisito y lleno de matices, Cinco cuartos de naranja es un libro sobre madres e hijas del pasado y del presente, sobre la resistencia y la derrota y, sin lugar a dudas, una extraordinaria muestra del talento de la autora de Chocolat.

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Cuando llegaron por fin, nos habíamos quedado tiesos y estábamos de mal humor por haber estado agazapados contra la pared. Reinette estaba al borde de las lágrimas. Cassis había estado observando por la puerta y habíamos hallado un lugar debajo de una de las ventanas manchadas desde la que podíamos distinguir figuras moviéndose confusamente en la humeante luz. Fui yo quien los oyó primero, el sonido distante de las motos acercándose por la carretera de Angers, luego avanzando estrepitosamente por la sucia pista con una serie de pequeñas explosiones apagadas. Cuatro motocicletas. Supongo que deberíamos haber esperado mujeres. Si hubiéramos podido leer el álbum de madre lo habríamos sabido de sobras, pero éramos profundamente inocentes a pesar de todo y la realidad nos sorprendía un poco. Supongo que fue porque al entrar en el bar vimos que se trataba de mujeres de verdad: conjuntos ceñidos, perlas falsas, una de ellas sosteniendo en la mano los zapatos de tacón alto, la otra registrando su bolso en busca de una polvera. No eran especialmente guapas ni tampoco jóvenes. Habría esperado glamour . Pero sólo eran mujeres corrientes como mi madre, de rostros aquilinos, el cabello recogido detrás con pasadores de metal, con las espaldas arqueadas en una combadura imposible a causa de aquellos zapatos agonizantes. Tres mujeres corrientes.

Reinette estaba boquiabierta.

– Mira los zapatos. -La cara, pegada al sucio cristal, estaba sonrosada por el deleite y la admiración. Me di cuenta de que ella y yo estábamos viendo cosas distintas, que mi hermana seguía viendo el glamour de las estrellas de cine en las medias de nailon, en las boas de piel, los bolsos de piel de cocodrilo, las plumas, los pendientes de diamantes, y los peinados complicados. El minuto siguiente se lo pasó murmurando para sí extasiada-. ¡Mira ese sombrero! ¡Ohh! ¡Su vestido! ¡Ohhh!

Tanto Cassis como yo no le hacíamos caso. Mi hermano estudiaba las cajas que habían traído detrás de la cuarta motocicleta. Yo miraba a Tomas.

Estaba ligeramente apartado de los demás, con un codo apoyado en el mostrador. Vi que le decía algo a Raphaël, que empezó a sacar vasos de cerveza. Heinemann, Schwartz y Hauer se instalaron con las mujeres en una mesa libre cerca de la ventana y reparé en que el viejo Gustave se dirigía a la otra punta del bar con una mueca de disgusto, llevándose el vaso consigo. Los otros clientes se comportaban como si estuviesen acostumbrados a tales visitas, saludando incluso a los alemanes con un gesto de cabeza mientras éstos atravesaban la sala; Henri comiéndose con los ojos a las tres mujeres aún después de que se hubiesen sentado. Sentí una repentina y absurda punzada de triunfo por el hecho de que Tomas no llevase escolta. Permaneció en el mostrador un rato charlando con Raphaël y tuve la oportunidad de mirar su expresión, sus gestos desenfadados, la gorra ladeada y la chaqueta del uniforme abierta dejando al descubierto la camisa. Raphaël hablaba poco, su rostro era inexpresivo y cortés. Tomas parecía percibir su desagrado, pero aquello parecía divertirlo más que enojarlo. Alzó el vaso de forma ligeramente burlona y bebió a la salud de Raphaël. Agnès se puso a tocar el piano, una tonadilla de vals con un brioso plinc-plinc que salía de las notas altas por estar una tecla estropeada.

Cassis se estaba aburriendo.

– No pasa nada -dijo malhumorado-. Vámonos.

Pero Reinette y yo estábamos fascinadas, ella por las luces, las joyas, el cristal, el humo de una elegante pitillera lacada, sostenida entre unas uñas esmaltadas y yo… Tomas, por supuesto. No importaba lo que estuviera sucediendo. Habría sentido el mismo placer de haber estado observándolo sólo a él, mientras dormía. Había cierto encanto en el hecho de observarlo en secreto. Podía poner mis manos sobre el cristal sucio y enmarcar su rostro entre ellas. Podía presionar los labios contra la ventana e imaginar su piel contra la mía. Los otros tres habían bebido bastante; el gordo de Schwartz con una mujer sentada en sus rodillas, una mano subiéndole la falda más y más, de manera que de vez en cuando podía echarle un vistazo al borde de las medias de color castaño y al liguero rosado que las sujetaba. También me di cuenta de que Henri se había acercado al grupo, repasando con los ojos a las mujeres, que graznaban como pavos con cada galantería. Los jugadores de cartas habían detenido su juego para observar y Jean-Marie, que parecía ser el que había ganado más, se deslizó por el mostrador acercándose a Tomas, puso algo de dinero en la desgastada superficie y Raphaël sirvió más bebidas. Tomas echó una ojeada fugaz al grupo de bebedores y sonrió. Fue un breve intercambio de palabras que debió de pasar inadvertido a cualquiera que no estuviese observando a Tomas deliberadamente. Creo que sólo yo me di cuenta de la transacción, una sonrisa, un murmullo, un papel deslizado por el mostrador y guardado rápidamente en el bolsillo del abrigo de Tomas. No me sorprendió. Tomas hacía negocios con todo el mundo. Tenía ese don. Los observamos y esperamos una hora más. Creo que Cassis se quedó medio dormido. Tomas estuvo tocando un rato el piano mientras Agnès cantaba, pero me alegré al ver que mostraba poco interés por las mujeres que lo adulaban y acariciaban. Me sentí orgullosa de él por eso. Tomas tenía mejor gusto.

Entonces todos estaban ya un poco bebidos. Raphaël sacó una botella de fine y lo tomaron solo en taras de café que no contenían café. Empezó una partida de cartas entre Hauer y los hermanos Dupré, con Philippe y Colette de espectadores y las bebidas como apuesta. Oí sus risas a través del cristal cuando Hauer volvió a perder, aunque no hubo resentimientos, pues las bebidas ya estaban pagadas. Una de las mujeres de la ciudad se torció el tobillo y fue a caer sentada en el suelo, riéndose tontamente, con el cabello tapándole la cara. Sólo Gustave Beauchamp parecía al margen, rechazando el fine de Philippe y manteniéndose tan alejado de los alemanes como le era posible. Su mirada se cruzó con la de Hauer en una ocasión y murmuró algo por lo bajo, pero Hauer no lo oyó y se limitó a mirarlo fríamente por un instante antes de volver al juego. Sin embargo, unos minutos más tarde volvió a suceder y esta vez Hauer, el único en el grupo aparte de Tomas que entendía el francés, se puso de pie, echando mano al cinto donde llevaba colgada la pistola. El viejo lo miró ceñudo, con la pipa sobresaliéndole de sus dientes amarillentos como el cañón de un viejo tanque.

Por un momento la tensión entre los dos se hizo paralizante. Vi cómo Raphaël se movía hacia Tomas, que observaba la escena con imperturbable deleite. Un intercambio silencioso pasó entre ellos. Durante uno o dos segundos pensé que iba a dejar que continuara sólo por el placer de ver lo que sucedía. El viejo y el alemán estaban cara a cara. Hauer le sacaba dos cabezas a Gustave, con sus ojos azules inyectados en sangre y las venas de la frente como gusanos contrastando con su piel morena. Tomas miró a Raphaël y sonrió. «¿Qué opinas? -parecía decir su sonrisa-. Sería una pena intervenir ahora que parece que las cosas se ponen divertidas. ¿Tú qué crees?» Luego avanzó hasta su amigo de forma casual mientras Raphaël ponía al viejo Gustave a salvo. No sé qué fue lo que hizo pero creo que en aquel momento Tomas le salvó la vida a Gustave, rodeando a Hauer por los hombros con un brazo mientras que con el otro gesticulaba vagamente hacia las cajas que habían traído en la cuarta motocicleta: las cajas negras que tanto habían intrigado a Cassis y que ahora estaban junto al piano esperando ser abiertas.

Hauer miró a Tomas un momento. Vi que los ojos se le achicaban hasta convertirse en pequeñas rajas en sus carnosas mejillas, como la piel agrietada de un pedazo de tocino. Luego Tomas añadió algo más y Hauer se relajó, echándose a reír con un gruñido de gigante sobre el repentinamente renovado ruido del local. El momento había pasado. Gustave se fue arrastrando los pies a un rincón para acabar su bebida y los demás se acercaron al piano, donde aguardaban las cajas.

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