– ¡Boche asqueroso! ¡Boche asqueroso!
Era Gustave Beauchamp.
Volví a agacharme contra el suelo. Ahora podía ver bien poco de lo que estaba sucediendo pero vislumbré a Reinette cogiendo lo que quedaba de su blusa y corriendo entre gemidos por el muro en dirección a la carretera. Podría haberme unido a ella entonces pero la curiosidad y una repentina euforia me inundaron al oír la voz familiar alzándose entre el pandemonio.
– ¡Está bien! ¡Está bien!
El corazón me dio un vuelco.
Lo oí abrirse paso entre la pequeña congregación. Otros se habían sumado a la pelea ahora y el ruido del bastón de Gustave se produjo dos veces más como si alguien estuviera golpeando coles. Palabras de calma -la voz de Tomas- en francés y en alemán: «Ya está bien, calmaos, verdammt , cálmate quieres, Fränzl, ya has hecho bastante por un día», seguido de la voz airada de Hauer y las confusas protestas de Schwartz.
Hauer, con la voz trémula por la rabia, gritó a Gustave:
– Es la segunda vez que lo intentas conmigo esta noche, viejo arschloch…
Tomas exclamó algo incomprensible, seguido de un grito agudo de Gustave abortado de pronto por un ruido como el de un saco de harina golpeando el suelo de piedra del granero, un ¡bum! terrible contra la piedra, luego un silencio tan inesperado como una ducha helada.
Duró unos treinta segundos o más. Luego, nadie habló. Nadie se movió.
Y enseguida la voz de Tomas, alegremente despreocupada: «Ya está bien. Volved al bar. Id a acabaros las bebidas. El vino debe de haberlo vencido al fin».
Hubo un murmullo inquieto, un susurro, un silbido de protestas. La voz de una mujer, Colette, creo. «Sus ojos…»
– Es sólo la bebida -la voz de Tomas era risueña y liviana-. Un viejo como él… Nunca sabe cuándo terminar. -Su risa fue absolutamente convincente y aun así yo sabía que estaba mintiendo-. Fränzl, quédate y ayúdame a llevarlo a casa. Udi, llévate a los demás para adentro.
Tan pronto como los otros hubieron regresado al bar volví a oír la música del piano, una voz femenina elevándose con un nervioso gorjeo entonando la melodía de una canción popular. Solos, Tomas y Hauer empezaron a hablar en tonos rápidos y urgentes.
– « Leibniz, was muβ …» -decía Hauer.
– Halt's Maul! -lo cortó Tomas bruscamente. Dirigiéndose al lugar donde me pareció que había caído el cuerpo del anciano, se arrodilló. Oí cómo movía a Gustave, luego le habló con suavidad un par de veces en francés.
– Viejo. Despierta, viejo.
Hauer dijo algo rápido y enfadado en alemán que no conseguí captar. Luego Tomas habló, pausada y claramente, y el tono que empleó, más que las palabras mismas, fue lo que me hizo entender. Lenta y deliberadamente, las palabras eran casi divertidas con su frío desprecio.
– Sehr gut, Fränzl -dijo Tomas secamente-. Er ist tot.
Sin pastillas. Debía de estar desesperada. Aquella noche terrible, con el aroma a naranjas por todas partes y nada a lo que pudiera aferrarse.
«Vendería a mis hijos por una noche de descanso.»
Luego, debajo de una receta recortada y pegada de un periódico, en su caligrafía tan pequeña que mis viejos ojos necesitaron una lupa para distinguir las palabras:
T.L. volvió. Dijo que había habido un problema en La Rép. Algunos soldados se desmandaron. Dijo que R-C. podía haber presenciado algo. Trajo pastillas.
¿Fueron aquellas las treinta tabletas de morfina? ¿A cambio de su silencio? ¿O las pastillas eran algo completamente diferente?
Paul volvió media hora después. Tenía la expresión ligeramente tímida de un hombre que está esperando una regañina, y olía a cerveza.
– Tuve que tomar algo -me dijo en tono de disculpa-. Habría parecido un poco raro que me hubiese quedado mirándolos sin más.
Entonces yo ya estaba totalmente empapada e irritable.
– ¿Y bien? -pregunté-. ¿Cuál es tu gran descubrimiento?
Paul se encogió de hombros.
– Quizá no sea nada -dijo en tono reflexivo-. Me gustaría… bueno, espera un momento hasta que compruebe algunas cosas antes de darte esperanzas.
Me lo quedé mirando fijamente a los ojos.
– Paul Désiré Hourias -declaré-. Llevo un siglo esperándote bajo la lluvia. He aguantado el tufo de este café espiando a Dessanges porque tú creías que quizá descubriríamos algo. No me he quejado una sola vez. -Llegados a este punto me dirigió una mirada burlona que pasé por alto-. Eso me convierte prácticamente en una santa -añadí con firmeza-. Pero si te atreves a dejarme en la oscuridad, si realmente se te ocurre hacerlo…
Paul hizo un gesto de derrota.
– ¿Cómo sabes que mi segundo nombre es Désiré? -inquirió.
– Yo lo sé todo -respondí sin sonreír.
No sé lo que hicieron después de que huyéramos. Un par de días después un pescador halló el cuerpo del viejo Gustave en el Loira, a las afueras de Courlé. Los peces se habían cebado en él. Nadie mencionó lo sucedido en La Mauvaise Réputation, aunque los hermanos Dupré parecían más furtivos que nunca y un silencio insólito reinaba en el café. Reinette no dijo una palabra de lo que había pasado y yo le hice creer que había huido al mismo tiempo que Cassis para que ella no sospechara lo que había visto. Pero en cierto modo había cambiado. Parecía más fría, más agresiva. Cuando creía que yo no estaba mirando se tocaba el cabello y el rostro de forma compulsiva, como si comprobara que todo estaba en su sitio. Faltó a la escuela unos días argumentando tener dolor de estómago.
Sorprendentemente, madre lo consintió. Se sentaba junto a ella, dándole bebidas calientes y hablándole en voz baja y premiosa. Trasladó la cama de Reinette a su propia habitación, algo que jamás antes había hecho ni por mí ni por Cassis. Una vez vi que le daba dos tabletas que Reinette tomó con desgana, entre protestas. Desde mi puesto de espía detrás de la puerta acerté a oír parte de su conversación en la que me pareció reconocer la palabra maldición . Reinette estuvo bastante enferma algunos días después de haberse tomado las pastillas pero pronto se recuperó y no se volvió a hablar más del incidente.
Apenas hay referencias sobre esto en el álbum. En una página mi madre escribe: «R-C. está totalmente recuperada», debajo de una caléndula y de la receta de una tisana de ajenjo. Pero siempre albergué sospechas al respecto. ¿Eran las pastillas una especie de purgante para evitar un embarazo no deseado? ¿Eran las mismas pastillas que madre mencionaba en su diario? ¿Y las iniciales T.L. se referían a Tomas Leibniz?
Creo que Cassis debió de adivinar algo de lo que pasaba pero estaba demasiado absorto en sus propios asuntos para reparar mucho en Reinette. En cambio, se dedicaba a memorizar sus lecciones, leer sus revistas, jugar en los bosques con Paul y hacer como si nada hubiera sucedido. Quizá para él así fuese.
Intenté hablar con él en una ocasión.
– ¿Pasó algo? ¿Qué quieres decir con que pasó algo? -Estábamos sentados en lo alto del puesto de vigilancia comiendo bocadillos de mostaza y leyendo La máquina del tiempo . Había sido mi historia favorita de aquel verano y nunca me cansaba de oírla. Cassis me miró, con la boca llena y sus ojos esquivando los míos.
– No estoy segura -aventuré con tiento, observando su plácido rostro asomando por encima de la cubierta del libro-. Quiero decir, que sólo me quedé un minuto más pero… -Resultaba difícil ponerlo en palabras. No había palabras en mi vocabulario para un acto así-. Casi cogieron a Reinette -comenté sin convicción-. Jean-Marie y los otros. La… la empujaron contra la pared. Le rasgaron la blusa -dije.
Читать дальше