– ¿A qué acuerdo informal te estás refiriendo? Ya te he dicho que le pagué bastante dinero -firmé los papeles…
– Yannick no pretendía molestarte, Mamie -dijo Laure poniéndome la mano en el brazo.
– Nadie me está molestando -repliqué fríamente.
Yannick pasó por alto el comentario y continuó.
– Es sólo que alguien podría pensar que el acuerdo al que llegaste con el pobre papá, un hombre enfermo y desesperado por conseguir algo de dinero…
Vi que Laure escrutaba a Pistache y maldije por lo bajo.
– Además de la tercera parte no reclamada que debería haberle pertenecido a Tante Reine, «la fortuna enterrada bajo el suelo de la bodega», las diez cajas de Burdeos escondidas allí el año en que ella nació, ocultas y emparedadas para evitar que los alemanes y lo que viniese después las descubriesen, por un valor de mil francos o más por botella, me atrevería a asegurar, todo ello en espera de que lo recojan.
¡Maldición! Cassis jamás había sido capaz de mantener la boca cerrada cuando debía.
– Eso sigue ahí para ella. Yo no he tocado nada -lo interrumpí bruscamente.
– Pues claro que no, Mamie. Aun así… -Yannick sonrió tristemente, pareciéndose tanto a mi hermano que casi me causó dolor. Le eché una rápida mirada a Pistache, sentada muy erguida en la silla, con el rostro inescrutable-… Aun así, tienes que admitir que Tante Reine no está en situación de reclamarlas ahora y, ¿no te parece justo para todos los implicados…?
– No tocaré nada de lo que pertenezca a Reine -aseguré impávida-, no tocaré nada. Ni tampoco os lo daré a vosotros. ¿Responde eso a tu pregunta?
Laure se volvió entonces hacia mí. Con aquel vestido negro y con la luz de la lámpara reflejada en su rostro se me ocurrió pensar que estaba gravemente enferma.
– Lo siento -dijo lanzándole una mirada significativa a Yannick-. El propósito de esta conversación no era el dinero. Es evidente que no esperamos que dejes tu hogar ni que nos des ninguna parte de la herencia de Tante Reine. Si alguno de los dos hemos dado la impresión…
Meneé la cabeza asombrada.
– Entonces ¿de qué diablos se trata?
– Había un libro… -me interrumpió Laure con los ojos resplandecientes.
– ¿Un libro? -repetí.
– Papá nos lo contó -dijo Yannick asintiendo con la cabeza-. Tú se lo dejaste ver.
– Un libro de recetas -puntualizó Laure con extraña serenidad-. Debes de conocer de memoria todas las recetas. Si nos pudieses dejar que le echásemos un vistazo, prestárnoslo…
– Por supuesto pagaríamos por todo lo que utilizásemos -se apresuró a añadir Yannick-. Míralo como una forma de mantener vivo el apellido Dartigen.
Debió ser eso lo que lo desencadenó: el nombre. Por unos breves instantes, la confusión, el miedo y la incredulidad se habían debatido en mi interior, pero la mención de aquel nombre fue como si un gran clavo de terror me hubiese atravesado por dentro. De un manotazo derribé todas las tazas de café que había sobre la mesa y que fueron a estrellarse contra las baldosas de terracota de mi madre. Acerté a ver a Pistache mirándome extrañada, pero no podía hacer nada salvo seguir el cauce de mi rabia.
– ¡No, nunca! -Mi voz se alzó como lo haría una cometa roja en una pequeña habitación y por un segundo abandoné mi cuerpo y me observé desde arriba, impávida, una mujer triste de rasgos angulosos con un vestido gris y con el cabello fieramente recogido atrás en un moño. Vi una extraña mirada de comprensión en los ojos de mi hija y una hostilidad velada en los rostros de mi sobrino y mi sobrina, luego la rabia se apoderó de mí y me perdí a mí misma durante un rato-. ¡Sé lo que queréis! -gruñí-. Si no podéis tener a Mamie Framboise , entonces os conformaréis con Mamie Mirabelle. ¿No es eso? -La respiración me rasgaba como si hubiese sido un alambre de púas-. Bueno, no sé qué fue lo que Cassis os contó, pero no era asunto suyo, ni vuestro tampoco. ¡Esa vieja historia ha muerto! ¡Ella está muerta y no sacaréis nada de mí, ni aunque paséis cincuenta años esperando! -Estaba sin aliento y me dolía la garganta de gritar. Cogí el regalo más reciente, una caja de pañuelos qué estaba encima de la mesa de la cocina envuelta en su papel plateado y se la devolví ferozmente a Laure-. Y ya os podéis llevar vuestros sobornos y os los podéis meter en vuestro fino culo junto con vuestros menús de París y el coulis picante de albaricoque y vuestro pobre papá -bramé en voz ronca.
Nuestras miradas se cruzaron por un segundo y por fin vi caer el velo de la suya, revelándose de verdad, llena de odio.
– Podría hablar con mi abogado -empezó.
– ¡Eso es! -aullé echándome a reír-. ¡Tu abogado! Al final siempre se acaba ahí ¿no? -Volví a lanzar una carcajada salvaje-. ¡Tu abogado!
Yannick intentó calmarla, con los ojos brillándole por la alarma.
– Bueno chérie , ya sabes cómo…
Laure se volvió hacia él ferozmente.
– ¡Quítame de encima tus asquerosas manos!
Seguí riéndome a carcajadas, inclinándome sobre mí misma. Puntos de oscuridad danzaban ante mis ojos. Laure me lanzó una mirada cargada de odio y luego recobró la compostura.
– Lo siento -su voz era glacial-. No te imaginas lo importante que esto es para mí. Mi carrera…
Yannick intentaba llevarla hacia la puerta, mirándome con recelo.
– Nadie pretende molestarte Mamie -se apresuró a decir-. Volveremos cuando estés más razonable. No pretendemos quedarnos con el libro.
Las palabras iban cayendo como cartas resbaladizas. Reí más fuerte. Sentía cómo el terror iba creciendo dentro de mí, pero no podía controlar la risa, y aún después de que se hubieran ido -el chirrido de los neumáticos del Mercedes extrañamente furtivo en la noche-, seguía presa de espasmos ocasionales, que se transformaban en amargos sollozos a medida que la adrenalina me abandonaba, dejándome turbada y vieja.
Muy vieja.
Pistache seguía mirándome, el rostro indescifrable. La carita de Prune asomó por detrás de la puerta del dormitorio.
– ¿ Mémée ? ¿Qué pasa?
– Vuelve a la cama, cariño -le dijo rápidamente Pistache-. Todo va bien. No pasa nada.
Prune parecía dudosa.
– ¿Por qué gritaba Mémée?
– Por nada -su voz era más seca ahora, ansiosa-. Vuelve a la cama.
Prune se fue a desgana. Pistache cerró la puerta.
Nos sentamos en silencio.
Sabía que hablaría cuando estuviese preparada, como también sabía que más me vaha no meterle prisas. Parece muy dulce pero tiene una vena de tozudez. La conozco bien, yo también la tengo. Así que me puse a fregar los platos y las tazas, los sequé y los coloqué. Después cogí un libro e hice como que leía.
Al cabo de un rato Pistache habló.
– ¿A qué se referían con lo de la herencia?
Me encogí de hombros.
– Nada. Cassis les hizo creer que era un hombre rico para que lo cuidasen en su vejez. Deberían haberse dado cuenta. Eso es todo. -Esperé que dejara la conversación ahí pero había una arruga de terquedad entre los ojos que vaticinaba problemas.
– Ni siquiera sabía que tuviera un tío -dijo lacónica.
– No teníamos demasiada relación.
Silencio. Casi podía ver cómo le daba vueltas a aquello en la mente y hubiera deseado poder detener la rueda de sus pensamientos, pero sabía que era imposible.
– Yannick se parece mucho a él -comenté, intentando que mi voz sonara despreocupada-. Guapo e irreflexivo. Y su mujer lo tiene dominado como a un oso bailarín -dije afectadamente, esperando que esbozase una sonrisa, pero en su lugar su mirada se hizo aún más pensativa.
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