Pero no Tomas. Tomas era uno de los nuestros. Fue capaz de llegar a nosotros como nadie lo había hecho. No se trataba de algo tan evidente como la indiferencia de nuestra madre o la pérdida de nuestro padre, ni siquiera la falta de compañeros de juegos o las privaciones de la guerra. Apenas éramos conscientes de todas esas cosas, viviendo como vivíamos en nuestro pequeño y salvaje mundo imaginario. Realmente nos sorprendimos de lo mucho que llegamos a necesitar a Tomas. No por lo que nos daba; el chocolate, la goma de mascar, el maquillaje o las revistas. Necesitábamos a alguien a quien contarle nuestras hazañas, alguien a quien impresionar, un amigo conspirador que poseyera la energía de la juventud y la urbanidad que da la experiencia, alguien que supiera contar historias tan buenas que Cassis apenas no podía ni soñarlas. Naturalmente, eso no sucedió de un día para otro. Éramos animales salvajes, como madre decía, y necesitábamos que nos domasen. Él debió de darse cuenta desde el principio, por la manera tan astuta con la que nos fue camelando uno a uno, haciéndonos sentir especiales… Incluso ahora, que Dios me perdone, llego a creérmelo. Incluso ahora.
Escondí la caña en el cofre del tesoro para mayor seguridad. Debía tener mucho cuidado cuando la utilizaba, pues todo el mundo en Les Laveuses estaba dispuesto a ocuparse de los asuntos ajenos si uno no sabía ocuparse de ellos él mismo, y bastaba un comentario casual para alertar a madre. Naturalmente, Paul lo sabía pero le dije que la caña había sido de mi padre y, con su tartamudeo, no era de los que iban contando chismes. En cualquier caso, si alguna vez llegó a sospechar algo jamás lo dijo y yo le estaba agradecida por ello.
Julio se volvió caluroso y poco afable, con tormentas día sí día no y el cielo reventando enloquecido y grisáceo sobre el río. Al final de mes el Loira se desbordó arrastrando corriente abajo todas mis trampas y redes y desbordándose hasta los campos de Hourias, con el maíz ya amarillento a tres semanas de su completa maduración. Llovió casi cada noche aquel mes y los relámpagos se esparcían como crujientes rollos de papel de plata haciendo que Reinette gritara y fuese a esconderse debajo de la cama mientras Cassis y yo nos poníamos delante de la ventana abierta de par en par, con la boca abierta para ver si podíamos captar las señales de radio en nuestros dientes. Madre tenía más dolores de cabeza que nunca y sólo utilicé la bolsita con la naranja, revitalizada ahora con la piel de la naranja que me había dado Tomas, dos veces aquel mes y a lo largo del mes siguiente. El resto era problema suyo; a menudo dormía mal y se levantaba con la boca llena de alambre y sin ningún pensamiento amable en la cabeza. En aquellos días pensaba en Tomas como un hombre hambriento piensa en la comida. Creo que a los demás les sucedía lo mismo.
La lluvia causó también muchos daños en nuestra fruta. Las manzanas, las peras y las ciruelas se inflaron grotescamente y luego reventaron y se pudrieron en los árboles, y las avispas se apretujaban en las grietas de modo que los árboles estaban marrones por su presencia y zumbaban lentamente. Mi madre hizo todo lo que pudo. Cubrió algunos de sus árboles favoritos con tela alquitranada para protegerlos de la lluvia pero incluso eso no fue de gran ayuda. El suelo, resecado y emblanquecido por el sol de junio estaba enfangado y los árboles estaban en medio de charcos de agua, ahora con las raíces expuestas pudriéndose. Madre echaba serrín y tierra alrededor de la base para protegerlos de la putrefacción pero no sirvió de nada. La fruta caía al suelo y hacía una sopa dulzona de barro. Salvamos lo que pudimos recoger y con ello hicimos confitura de frutas verdes, pero todos sabíamos que la cosecha se había echado a perder antes siquiera de haber llegado su hora. Madre dejó de hablarnos. Durante aquellas semanas tenía la boca continuamente apretada en una fina línea blanca y los ojos hundidos. El tic precursor de sus dolores de cabeza era casi permanente y el nivel de las pastillas en la jarra del cuarto de baño disminuía más rápido que nunca.
Los días de mercado eran especialmente silenciosos y sombríos. Vendíamos lo que podíamos -todas las cosechas de la región habían sido malas y no había ni un solo agricultor a lo largo del Loira que no hubiera sufrido- pero las judías blancas, las patatas, las zanahorias, los calabacines e incluso los tomates habían enfermado con el calor y la lluvia y había muy poco para vender. En su lugar, nos pusimos a vender nuestras provisiones para el invierno, las confituras y los embutidos, las terrinas y las conservas de carne que madre había hecho la última vez que habíamos matado un cerdo; en su desespero, le parecía que cada venta era la última. Algunos días su mirada era tan negra y amarga que los clientes se daban media vuelta y huían antes que comprarle algo, y yo me retorcía por dentro de vergüenza por ella y por nosotros mientras ella permanecía con el rostro impávido y la mirada perdida, y un dedo en la sien como si fuese el cañón de una pistola.
Una semana llegamos al mercado y descubrimos que la tienda de Madame Petit había sido clausurada. Monsieur Loup, el pescadero, me dijo que la mujer había recogido sus cosas un buen día y se había marchado sin dar ninguna explicación ni otra dirección.
– ¿Fueron los alemanes? -pregunté con cierto desasosiego-. ¿Por ser judía, me refiero?
Monsieur Loup me dirigió una extraña mirada.
– No sé nada de eso. Sólo sé que se largó un día sin más. No he oído nada de lo otro y si tienes algo de sentido común no irás por ahí contándoselo a nadie.
Había tal frialdad y desaprobación en su expresión que me disculpé, avergonzada, y me fui, olvidándome casi del paquete con los restos de pescado.
El alivio que sentí porque Madame Petit no hubiese sido arrestada fue atemperado por un sentimiento de decepción. Durante algún tiempo medité tristemente en silencio y luego empecé a hacer discretas averiguaciones en Angers acerca de las personas sobre las que habíamos pasado información. Madame Petit, Monsieur Toupet o Toubon, el profesor de latín, el barbero de enfrente de Le Chat Rouget que recibía tantos paquetes, los dos hombres a quienes habíamos oído hablar fuera del Palais-Doré un jueves después de la película… Por extraño que parezca, la idea de haber estado pasando información inútil -quizá para el divertimiento y la sorna de Tomas y de los otros- me preocupaba más que la posibilidad de causar algún daño a la gente que denunciábamos.
Creo que Cassis y Reinette sabían la verdad. Pero los nueve años son un continente diferente a los doce y los trece. Poco a poco empecé a darme cuenta de que ni una sola persona de las que habíamos denunciado había sido arrestada o interrogada siquiera, ni habían hecho ninguna redada en cualquiera de los lugares que habíamos mencionado como sospechosos. Incluso la misteriosa desaparición de Monsieur Toubon o Toupet, el malhumorado profesor de latín, resultaba fácilmente explicable.
– ¡Oh, se fue a Rennes a la boda de su hija! -dijo Monsieur Doux sin darle importancia-. No hay nada de misterioso, pequeña. Yo mismo le entregué la invitación.
Ese pensamiento me estuvo corroyendo durante un mes hasta que sentí que tenía un nido de avispas en la cabeza, zumbando todas al mismo tiempo. Pensaba en ello mientras salía a pescar, ponía trampas, jugaba con Paul a las pistolas o excavaba cuevas en el bosque. Perdí peso. Mi madre me observaba con mirada crítica y decía que estaba creciendo tan aprisa que eso estaba afectando a mi salud. Me llevó al doctor Lemaître, que me mandó tomar un vaso de vino al día, pero ni siquiera eso causó algún cambio. Empecé a imaginar que la gente me seguía, que hablaban de mí. Perdí el apetito. Pensaba que Tomas y los otros eran miembros secretos de la Resistencia y que maquinaban eliminarme. Al final le acabé confesando mis preocupaciones a Cassis.
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