Cassis le puso Yannick, como nuestro padre, pero mi sobrino no me gustaba más por ello. En eso soy igual que mi madre: la misma aversión por las convenciones, por las falsas intimidades. No me gusta que me toquen ni que me sonrían bobamente. No veo por qué la sangre que compartimos debería unirnos en afecto. O el secreto de sangre derramada que mantuvimos oculto durante tanto tiempo entre nosotros.
¡Oh, sí! No creáis que me he olvidado de ese asunto. Ni por un instante, aunque los otros se esforzaron para que lo hiciera. Cassis limpiando pissoirs fuera de su bar en París. Reinette trabajando de acomodadora en un cine porno en Pigalle y yendo de hombre en hombre, despreciada como un perro perdido. ¡Vaya eso por el carmín y las medias de seda! En casa había sido la Reina de la Cosecha, la niña bonita, la belleza indiscutible del pueblo. En Monmartre todas las mujeres se parecen. Pobre Reinette. Sé lo que estáis pensando. Querríais que continuara con la historia. Es la única historia de los viejos tiempos que os interesa ahora; el único hilo de esta bandera mía hecha jirones, a la que aún llega la luz. Queréis saber de Tomas Leibniz. Tenerlo claro, etiquetado, concluido. Bueno, no es tan fácil. Al igual que sucede con el álbum de mi madre, las páginas no están numeradas. No hay un principio y el final parece el borde sin hilvanar de una falda sin dobladillo. Pero soy vieja -parece que aquí todo envejece muy deprisa; debe de ser el aire-, y tengo mi forma de hacer las cosas. Además, hay tantas cosas que debéis entender… Por qué mi madre hizo lo que hizo. Por qué ocultamos la verdad durante tanto tiempo. Y por qué elijo contar mi historia ahora, a extraños, a gente que cree que una vida puede condensarse en dos páginas del suplemento dominical, un par de fotografías, un párrafo y una cita de Dostoyevski. Pasa la página y se ha acabado.
No. Esta vez no. Escribirán cada palabra. No puedo hacer que la impriman, claro está, pero por Dios que me escucharán. Haré que me escuchen.
Me llamo Framboise Dartigen. Nací aquí, en el pueblo de Les Laveuses, a menos de quince kilómetros de Angers, en el Loira. Cumpliré sesenta y cinco años en julio, tostada y amarillenta por el sol como un albaricoque seco. Tengo dos hijas, Pistache, casada con un banquero en Rennes, y Noisette, que se trasladó a Canadá en el ochenta y nueve y que me escribe cada seis meses, así como dos nietos que vienen a pasar los veranos a la granja. Llevo luto por un marido que murió hace veinte años, bajo cuyo nombre he regresado en secreto a mi pueblo natal para volver a comprar la granja de mi madre, abandonada desde hace mucho tiempo, medio consumida por el fuego y los elementos. Aquí soy Françoise Simon, la veupe Simon , y a nadie se le ocurriría relacionarme con la familia Dartigen que se fue de aquí a raíz de aquel espantoso asunto. No sé por qué tenía que ser esta granja, este pueblo. Quizá sólo sea terquedad. Así es como fue. Este es el lugar adonde pertenezco. Los años con Hervé me parecen ahora como un espacio casi en blanco, como los extraños momentos de calma que a veces se instauran en un mar embravecido, un momento de espera, de olvido. Pero en realidad nunca olvidé Les Laveuses. Ni por un instante. Una parte de mí siempre estuvo aquí.
Fue necesario casi un año para hacer habitable la granja. Me instalé en el ala sur donde, al menos, el tejado se había mantenido en pie, y mientras los trabajadores recomponían el resto del tejado, teja a teja, yo trabajaba en el huerto, o en lo que quedaba de él, podando, arreglando y arrancando grandes ristras de muérdago devorador de los árboles. Mi madre sentía pasión por todas las frutas salvo por las naranjas, a las que se negaba a dar entrada en la casa. Por un aparente capricho suyo, nos puso nombres de fruta y de una receta. Cassis, por su pastel de casis; Framboise, por el licor de frambuesa; y Reine-Claude por las ciruelas Claudias que crecían contra el muro sur de la casa, espesas como uvas y almibaradas con avispas en verano. Hubo un tiempo en que llegamos a tener cien árboles -manzanos, perales, ciruelos, ciruelos Claudios, cerezos, membrillos, sin mencionar los frambuesos y los campos de fresas, grosellas, zarzamoras- cuyos frutos desecábamos, almacenábamos y convertíamos en confituras y licores y en maravillosas tartas sobre pâte brisée, crème pâtissière y pasta de almendras, y mis recuerdos están impregnados de sus olores, colores y nombres. Mi madre cuidaba de ellos como si se tratase de sus hijos predilectos. Los braseros contra la escarcha que alimentábamos con nuestro propio combustible para el invierno. Carretillas de estiércol que echábamos alrededor de la base cada primavera. Y en el verano, para ahuyentar a los pájaros, atábamos tiras de papeles plateados en los bordes de las ramas que temblaban y se mecían al viento, poníamos espantapájaros asegurados fuertemente con cuerdas que pasábamos a través de latas vacías para que emitieran ruidos extraños que asustaran a los pájaros, hacíamos molinillos de papeles de colores que giraban vertiginosamente, de modo que el huerto se convertía en un carnaval de chucherías, lazos brillantes y alambres chillones, como una fiesta navideña en pleno verano. Y los árboles tenían nombres.
Belle Yvonne, solía decir mi madre al pasar junto al nudoso peral. Rose d'Aquitaine, Beurre du roi Henry. En aquellos momentos su voz era suave, casi monocorde. No podría decir si estaba hablando consigo misma o conmigo. Conference . Williams . Ghislaine de Penthièvre.
Esta dulzura.
Ahora no quedan ni veinte árboles en el huerto, aunque son más que suficientes para cubrir mis necesidades. Mi licor amargo de cerezas goza de especial popularidad, aunque me siento un poco culpable por no poder recordar el nombre del cerezo. El secreto está en dejar los huesos. Se van echando alternativamente capas de cerezas y de azúcar en un tarro de vidrio de boca ancha; cada capa se va cubriendo con un licor (el kirsch es el mejor, pero también se puede utilizar vodka o incluso armagnac ) hasta llenar la mitad de la capacidad del tarro. Se acaba de rellenar el contenido con el licor y se deja macerar. Cada mes, se decanta el tarro para extraer el azúcar acumulado. Al cabo de tres años, el licor ha exudado las cerezas que ahora son blancas, y se ha teñido de un rojo intenso, penetrando incluso en el hueso y en la almendra diminuta de su interior, tornándose acre, evocativo, una esencia del otoño pasado. Se sirve en pequeños vasos de licor, con una cuchara para extraer la cereza, y se deja en la boca hasta que la fruta macerada se disuelva bajo la lengua. Perfora el hueso con la punta del diente para extraer el licor que encierra en su interior y déjalo largamente en la boca, jugueteando con él con la punta de la lengua, pasándolo de arriba abajo como si se tratase de una sola cuenta del rosario. Intenta recordar el momento de su maduración, aquel verano, aquel otoño caluroso, cuando el pozo se secó, aquella vez que tuvimos el nido de avispas, tiempo pasado, perdido y recuperado en el lugar duro del corazón de la fruta…
Lo sé. Lo sé. Queréis que vaya al grano. Pero esto es casi tan importante como el resto, el método de contarlo, y el tiempo empleado en hacerlo… Me ha costado cincuenta y cinco años empezar. Al menos, dejadme que lo haga a mi manera.
Cuando llegué a Les Laveuses estaba casi segura de que nadie me reconocería. En cualquier caso me mostré abiertamente, casi con descaro, por el pueblo. Si alguien sabía quién era, si conseguían distinguir en mí los rasgos de mi madre, quería saberlo de inmediato. Quería saber el terreno que pisaba. Paseaba hasta el Loira cada día y me sentaba en las piedras lisas donde Cassis y yo solíamos pescar tencas. Iba hasta el cabo de nuestro puesto de vigilancia. Algunas de las piedras alzadas han desaparecido, pero todavía se pueden ver las estacas en que colgábamos nuestros trofeos, las guirnaldas, los lazos y la cabeza de la Gran Madre cuando finalmente la capturamos. Fui al estanco de Brassaud -ahora es su hijo quien lo lleva, aunque el anciano aún sigue con vida; los ojos oscuros, hoscos y despiertos-, al café de Raphaël, a la estafeta de correos donde Ginette Hourias hace de administradora.
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