Klas Östergren - Caballeros

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Cuando el protagonista, homónimo del autor, conoce al gentleman Henry Morgan comprende que ha dado con su alma gemela. A Klas acaban de robárselo todo, así que decide ponerse en manos de Henry: este le descubre un anacrónico mundo de lujo, y le revela que está planeando robar el oro del castillo de Estocolmo. Y entonces aparece Leo, hermano de Henry y poeta maldito, que acaba de salir del psiquiátrico.
¿Quién supondría que una peligrosa trama de gángsters y contrabandistas estaría a la vuelta de la esquina?

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La señora Hansson lloraba, completamente desesperada, porque creía que su querido hijo estaba mal de la cabeza. No sabía qué hacer. Greta tampoco tenía ningún consejo que darle; lo único que se le ocurrió fue decirle que le levantara el arresto domiciliario a Verner. A ningún chico podía hacerle bien estar encerrado en su habitación. La señora Hansson dudó bastante rato antes de bajar y dejar libre a su pequeño doctor Mabuse.

Hay un poema en Herbario (1962) titulado «Excursión». Probablemente fue escrito en primavera o verano de 1961. El poema tiene una especie de estribillo -una vez más la magia de la repetición de la que Leo Morgan hace constantemente uso- que dice así: «Nos vestimos para la guerra/nos equipamos cuidadosamente/los soldados duermen en el bosque». A simple vista podría parecer que trata sobre un niño pequeño que le pide ayuda a su madre para prepararse para una acampada, una especie de salida al bosque. El estribillo viene precedido de elegantes imágenes florales, un canto a todo lo que brota y crece -como la mayoría de los poemas de Herbario- , pero esos versos en especial presentan una significativa carga cuando leemos: «bajaremos a una bóveda/donde nada crece/ni siquiera las flores del mal».

En esencia, el poema trata de una madre y su hijo que bajan a un refugio ante la alarma de un bombardeo aéreo. La mujer intenta desesperadamente darse prisa, mientras que el niño trata de calmar a su madre. Estos versos llegan al final como un mazazo, cuando el acto de vestir al niño, realizado con tanto amor, de pronto aparece claramente como un acto de pánico, con sirenas sonando sobre los tejados, llantos, gritos y gemidos. Quizá Leo recibiera ayuda para disponer de esta sofisticada manera el material de la composición: la explicación que no se expresa hasta que de pronto surge al final y lo cambia todo. En cualquier caso, se trata de un poema muy extraño, con alusiones a Baudelaire, a quien el poeta probablemente conocería gracias al profesor de su escuela. Leo Morgan se había convertido en un literato.

La idea de la sirena de ataque aéreo tenía su origen en el ejercicio de evacuación que se realizó en Estocolmo en 1961. El mismo simulacro en el que Henry, ignorándolo por completo, se vio involucrado aquel domingo en que salió muy temprano por la mañana para ir a ver a su querida Maud y desayunar tête-à-tête .

En el mismo momento en que Fredrik el Afónico empezó a aullar sobre los tejados, Verner llamó a la puerta de la familia Morgan. Verner Hansson se había levantado de madrugada para preparar el equipo, justo como se decía que debía hacerse en el folleto Si estalla la guerra . Había dejado su enorme mochila gris en el recibidor. Leo no estaba aún preparado y tuvo que soportar unas cuantas críticas de Verner, quien de forma apresurada se sacaba una espinilla delante del espejo del recibidor.

Al cabo de poco, los chicos salieron para tomar el metro y dirigirse a Hässelby, siguiendo a pies juntillas el programa. También oyeron lo de que el rey estaba por allí en algún lugar, aunque nadie sabía exactamente dónde. Aquello lo volvía todo aún más emocionante. Verner había leído un montón de libros sobre la segunda guerra mundial. Podía explicar historias absorbentes acerca de la Resistencia francesa y decía que pensaba unirse a la Resistencia cuando estallara la guerra. Era precisamente aquel uso del «cuando» lo que más desquiciaba a Leo. No le gustaba el hecho de que Verner asumiera con tanta frialdad que iba a haber un conflicto bélico. Verner nunca decía «si» estalla la guerra, sino «cuando» estalle la guerra.

Naturalmente Verner llevaba consigo el folleto Si estalla la guerra y durante el trayecto lo estuvieron hojeando. Lo habían repartido aquella primavera por todos los hogares, y la nueva versión estaba ilustrada con dibujos que mostraban exactamente lo que debía hacerse en diversas situaciones de emergencia.

En el prefacio podía leerse que nadie preveía que la guerra estallara, pero Verner no prestó ninguna atención a aquello. En su mórbida imaginación simplemente había decidido que la guerra ya estaba a las puertas. En otras palabras, Si estalla la guerra era una lectura absolutamente esencial. Verner leía en voz alta el catecismo de la guerra, al tiempo que imitaba el sonido de diversas señales de alarma. Silbó la sirena de emergencia con tonos cortos y repetidos; medio minuto de pausa, y después uno largo y continuo. Silbó la sirena de alarma aérea con un sugestivo aullido, con tonos subiendo y bajando, y por último silbó el final de situación de emergencia.

La lectura continuó con el apartado sobre el espíritu de resistencia y vigilancia. Bajo el encabezamiento «Vigilancia» había un dibujo de un tipo raro con sombrero y gabardina que tenía el típico aspecto malévolo y astuto. Estaba escuchando la conversación de una pareja de militares; tal vez fuera de Rusia. Leo podía pensar en al menos cinco hombres de su barrio que quizá fueran espías. También había bastantes párrafos que alertaban sobre la necesidad de guardar silencio acerca de informaciones que podían ser secretas, de extremar la vigilancia en tiempos de incertidumbre y avisar a la policía en cuanto hubiera alguna sospecha de espionaje o sabotaje. Nota bene , pensaron las dos ratas de biblioteca. No dudarían en informar ni siquiera a sus padres… en el caso de haberlos tenido.

Después de aquellas importantes directrices, venían un par de desagradables apartados acerca de buscar refugio en caso de ataque, protegerse contra la radiactividad y contra ataques con armas biológicas y gas nervioso. Los dibujos mostraban diferentes tipos de refugios, hombres con capuchas y cuellos subidos que supuestamente se protegían contra la radiactividad, y hombres con máscaras de gas que les cubrían la cabeza y que les hacían parecer tejones disfrazados.

El último apartado de Si estalla la guerra hablaba del movimiento de resistencia, y era allí donde Verner preveía que estaría su lugar «cuando» estallara la guerra. «Participar activamente en el movimiento de resistencia requiere valor y nervios de acero», ponía. Verner estaba muy seguro que él tenía tanto valor como nervios de acero. Por encima de todo, había sido extremadamente meticuloso con el equipo. Como si fuera un auténtico oficial, Verner enumeró todo lo que debía llevar en la mochila: una manta o saco de dormir, ropa interior, calcetines, ropa de cama, toallas, artículos de aseo, papel higiénico, pañuelos, un jersey de lana, zapatos, un plato, un vaso, cubiertos, un cuchillo con funda, una linterna y cerillas, así como comida para al menos dos días.

Leo había conseguido reunir la mayor parte de todo aquello, y además Greta había metido en su mochila comida para una semana como mínimo. Verner parecía muy satisfecho. Aunque, como era un auténtico profesional, además de todo el equipamiento requerido había cargado con un par de botas de agua, ropa para cambiarse, un termo, papel de carta, una radio que funcionaba a pilas y un plástico grande por si llovía. Verner estaba convencido de que estaba actuando como un auténtico héroe, y se llevaba muy bien con los otros héroes de mediana edad que también se tomaban todo aquello de la guerra totalmente en serio. Fue uno de aquellos héroes de pacotilla al que se encontró Henry y obligó al joven amante a acompañarlos hasta Hässelby, a pesar de que él había pensado bajarse en Odenplan y no tenía previsto para nada formar parte de toda aquella operación.

Henry también se había topado con Leo y con Verner. Se encontró con aquellos heroicos soldados en la estación de metro justo cuando se disponía a tomar el primer tren que volviera a la ciudad, donde por fin podría ver de nuevo a Maud. Verner y Leo pensaron que Henry era un traidor. Le recordaron que cualquier mensaje que ordenara la rendición era falso.

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