Klas Östergren - Caballeros

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Cuando el protagonista, homónimo del autor, conoce al gentleman Henry Morgan comprende que ha dado con su alma gemela. A Klas acaban de robárselo todo, así que decide ponerse en manos de Henry: este le descubre un anacrónico mundo de lujo, y le revela que está planeando robar el oro del castillo de Estocolmo. Y entonces aparece Leo, hermano de Henry y poeta maldito, que acaba de salir del psiquiátrico.
¿Quién supondría que una peligrosa trama de gángsters y contrabandistas estaría a la vuelta de la esquina?

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El programa de radio dedicado a Jussi Björling finalizó y empezaron las noticias. El noticiero no era tan agradable. Greta dijo que se alegraba de que Leo hiciera sus deberes y se quedara en casa por las noches. Todo el mundo parecía haber enloquecido. Había niños en las calles esnifando disolvente y cometiendo tropelías, peligrosos tanto para sí mismos como para quienes les rodeaban.

Leo sabía muy bien de lo que le estaba hablando. Se trataba del asesinato en el estadio de Hammarby. Aquella mañana habían encontrado el cuerpo de un niño de diez años detrás de un cobertizo, y se hablaba de un crimen sexual. El padre del chico había encontrado el cadáver. A Leo también le entraban escalofríos solo de pensar en aquello.

Greta siguió zurciendo calcetines, con aire ausente, y Leo volvió a su escritorio, a su herbario y a sus poemas secretos. Tal vez estaba puliendo el esbozo de «Tantas flores» cuando de pronto fue interrumpido por una piedrecita que dio contra el cristal de la ventana. Dio un respingo, asustado, y se asomó. Abajo, en la calle mojada por la lluvia, estaba Henry haciéndole señas. Se había olvidado las llaves, cómo no. A menundo se olvidaba de las llaves. Leo abrió la ventana y le tiró las suyas, y Henry cogió el llavero con la gorra. Estaba silbando «La cucaracha», y se dirigió hacia la entrada bailando unos elegantes pasos de chachachá. Leo se quedó sentado en el alféizar mirando la calle cuando oyó entrar a Henry, que se dirigió como una tromba hacia la cocina para vaciar la nevera con voracidad. Henry continuaba silbando «La cucaracha», siguiendo el ritmo con golpecitos en las puertas de los armarios de la cocina, que retumbaban por toda la casa.

Al cabo de un instante, un coche de policía se paró en la entrada. El vehículo había doblado la esquina a toda velocidad y había frenado en seco delante del edificio de la calle Brännkyrka. Dos policías de aspecto grave bajaron rápidamente del coche y de alguna extraña manera lograron entrar en el edificio sin llaves. Tal vez pasó un minuto -Leo permaneció sentado especulando sobre qué podría haber ocurrido, quién se habría peleado hoy, quién podría haberse emborrachado o puesto enfermo o algo así- hasta que los policías volvieron a salir. Flanqueado por los dos agentes, iba Verner.

Completamente tranquilo y sereno, Verner Hansson caminaba entre los dos fornidos policías, que abrieron la puerta del coche y empujaron a su presa al interior con bastante brutalidad. Leo comenzó a sudar de golpe; le ardía la cara, la sangre le golpeaba en las sienes, las piernas le empezaron a temblar. No entendía qué estaba pasando. ¿Qué podría haber hecho Verner Hansson para ser arrestado por la policía como un asesino?

Leo se dio una palmada en la frente, caliente y febril. Apoyó la cabeza contra el frío cristal de la ventana y trató de pensar racionalmente, intentar dilucidar qué tipo de espantoso crimen podría haber cometido Verner. Entonces a Leo le vinieron a la mente las llaves. Ambos coleccionaban llaves. Llevaban haciéndolo desde hacía mucho tiempo, y hasta ahora habrían reunido entre los dos más de doscientas. Eran de gran utilidad.

Había algo de mágico y de excitante en las llaves. Encontrar la llave adecuada entre todas las del manojo y descubrir cómo encajaba en una cerradura y sentir el ruido seco de grafito del cilindro cuando la llave giraba era siempre una experiencia sensual. Lo más emocionante era abrir una puerta que había estado cerrada desde hacía mucho tiempo, una puerta que no tenías derecho ni autorización para abrir. Existía una especie de vínculo indeleble entre cerradura y llave que no se podía deshacer, no importa dónde estuvieran ni cuántos océanos las separaran. Ambas partes, fija y móvil, se correspondían, se presuponían una a la otra. Mucho más adelante, en el poemario Escalada de fachadas y otros hobbies (1970), retomaría el tema del parentesco sanguíneo entre metales en un homenaje a Gösta Oswald, cuando hizo uso de sus palabras acerca de «la soledad manifiesta de la llave».

Pero todo aquello había ocurrido unos diez años antes, y en esos momentos Leo solo pensaba perplejo y confuso en que Verner Hansson y él habían reunido una considerable colección, como la de sellos de Verner o el herbario de Leo. Los chicos habían encontrado llaves por la calle, las habían robado de cajones secretos y las habían intercambiado con otros coleccionistas. Verner y Leo no tenían problemas para abrir la mayor parte de los trasteros de los áticos del barrio, e incluso en una ocasión un conserje acudió a ellos para que le ayudaran. Resultaba mucho más barato que llamar a un cerrajero porque aquella empresa trabajaba gratis, solo con la condición de tener carte blanche para acceder al ático del viejo.

Pero no todos los conserjes eran tan liberales. Muchos porteros tenían miedo de los robos y de los actos vandálicos. Muchos gamberros subían a los desvanes a fumar, esnifar disolvente y darse el lote con las chicas. Tal vez los conserjes pensaran que Verner y Leo estaban detrás de todos los asaltos a desvanes que se habían producido en los últimos años. Había gamberros que mataban gatos metiéndolos en las secadoras de las lavanderías comunitarias; otros encendían fuegos para calentarse.

Leo no le encontraba pies ni cabeza a nada de aquello. Se sentó a su escritorio y oyó a Henry, que seguía en la cocina silbando «La cucaracha» como un bobo. Henry había estado boxeando y seguro que se estaría metiendo entre pecho y espalda como mínimo quince sándwiches de queso blando Raket, sucedáneo de caviar Kalles y tres botellas de leche mientras bailaba chachachá. No se había enterado de lo que le había pasado a Verner. Y tampoco se lo iba a contar, porque su hermano no sabía tener la boca cerrada.

En el último cajón del escritorio había una caja de caudales metálica, con una cerradura con combinación. Leo cogió la pesada caja, la abrió y sacó un manojo con setenta y cinco llaves. Verner tenía otro como aquel. Probablemente la policía se lo habría confiscado, como prueba. Así que no había escapatoria. Ya era demasiado tarde. Pero aún no habían encontrado las llaves de Leo. Cogió el manojo y se subió a un taburete que había en un rincón de la habitación. Con manos sudorosas, desatornilló la tapa de la ventilación y dedicó una última y cariñosa mirada al voluminoso manojo de llaves que le había dado libre acceso a tantos sitios. Después tiró las llaves en el conducto de ventilación. Cayeron más de diez metros, hasta aterrizar en un lugar donde nadie buscaría.

Se había deshecho de una de sus pertenencias más preciadas. Sintió un escalofrío recorrer todo su cuerpo: era el fiero placer sensual de un acto de sacrificio y de repudio. No había vuelta atrás. Ya no podía andarse con chiquitas; algo le decía que ya no tenía sentido andarse con chiquitas.

El asunto de Verner Hansson y la policía continuó siendo un misterio hasta que la madre de Verner fue a ver a Greta unos días más tarde. Estaba teniendo problemas con Verner y necesitaba desahogarse con alguien. Después de todo, las dos estaban solas con sus muchachos; iban en el mismo barco, por así decirlo.

La señora Hansson explicó a Greta entre grandes sollozos que Verner había llamado a la policía y había confesado haber asesinado al niño de diez años en el estadio de Hammarby. La policía acudió rápidamente a buscar al asesino -aquello fue lo que Leo presenció desde la ventana-, pero lo habían traído de regreso al cabo de una hora. No decía la verdad. Verner solo había llamado a la policía para que lo llevaran a comisaría y ver «cómo era aquello», según sus propias palabras. El auténtico asesino era un chaval de diecinueve años que había estado esnifando disolvente. La policía le dijo a la señora Hansson que siempre aparecían «tipos» así, que confesaban asesinatos que no habían cometido; era incluso bastante habitual. También le explicaron que estaban sumamente impresionados por los conocimientos de Verner sobre personas desaparecidas, gente a la que buscaba la policía, todos aquellos casos sin resolver que ningún inspector podía explicar. También le dijeron a la madre de Verner que tuviera cuidado, porque Verner podía «resultar dañado» si seguía ocupándose demasiado de esas cosas: no era algo muy normal.

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