Klas Östergren - Caballeros
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¿Quién supondría que una peligrosa trama de gángsters y contrabandistas estaría a la vuelta de la esquina?
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Henry Morgan llevaba ya dos semanas en Copenhague. Todo había ido bastante bien. Había bajado en autoestop hasta Helsingborg y había salido de Suecia como un desertor y como alguien que había sido anteriormente denunciado a la policía por asalto y agresión a un hombre que respondía a las iniciales W.S. Pero no se sentía culpable; se sentía exonerado por haber actuado siguiendo sin dudar su propia voz interior. Era un vidente y creía en sus visiones.
Había llegado a Copenhague sin saber adónde dirigirse. Quería encontrar a Hill, del Bear Quartet; se suponía que iban a tocar en el club de jazz Montmartre. Con solo mil coronas, no podría arreglárselas por su cuenta durante mucho tiempo. Pero las cosas con Bill no fueron como esperaba: la actuación del Bear Quartet había sido suspendida. Sin embargo, Henry había sido bendecido por lo que con frecuencia se llama suerte y que en realidad tiene que ver más con aprovechar las oportunidades que se les presentan a todos los mortales, aunque muy pocos lo hacen.
Por supuesto, Henry había oído hablar bastante de Copenhague. El Barón del Jazz le había contado cosas de la ciudad, de los clubes de jazz, los bares, el barrio de Nyhavn y el Tivoli. Bill le había hablado sobre el Montmartre y el Louisiana, y había leído en voz alta fragmentos de Los ángeles soplan fuerte , de Sture Dalhström.
Henry se hospedó en un pequeño hotel en Österport y localizó el club Montmartre, la meca escandinava de los amantes del jazz. Allí escuchó a Dexter Gordon tocar bebop como pocos se atrevían a hacerlo después de Parker. Henry acabó sentado junto a Tove. El lugar estaba muy concurrido, lleno de humo y ruido, y todos se apiñaban como podían. A nadie podía pasarle por alto su presencia: un sueco joven y fuerte con americana de tweed y corbata, que llevaba dos cervezas en la mano.
Henry sacó un cigarrillo de su pitillera con las iniciales W.S. grabadas en la tapa.
– Pareces un buen partido -le dijo la chica sentada a su lado-. ¿Puedes invitarme a un cigarrillo?
– Cómo no -contestó Henry magnánimo-. Aunque estás muy equivocada si crees que soy rico.
Ella le dedicó una amplia sonrisa, revelando unos dientes manchados de vino. Se llamaba Tove, y más tarde, a lo largo de la noche, empezó a asegurar muy decidida que necesitaban a Henry… que ellos lo necesitaban.
– Te necesitamos. Eres la persona apropiada -le repetía una y otra vez en diversos contextos-. Nunca me he equivocado hasta ahora. Eres el hombre perfecto para nosotros.
Escuchar que eres el hombre apropiado en el lugar oportuno no es algo tan malo cuando lo que en realidad eres es un desertor.
Tove le habló a Henry acerca de Dexter Gordon. Había estado escuchando al gran saxofonista muy atentamente, y sabía mucho de música. Era un par de años mayor que Henry, y le explicó que vivía con más gente en un piso grande cerca del parque Örsted. Tove era cuáquera. Henry tenía una noción muy vaga de lo que eran los cuáqueros, pero cuando Tove empezó a hablar sobre Fox con su sombrero y las reuniones silenciosas, recordó que su profesor el señor Lans había explicado en clase algunas cosas buenas de los cuáqueros, de los santos que hicieron milagros con los heridos durante la Gran Guerra, y cosas así. Según Henry, todo lo que tenía que ver con los cuáqueros era bueno, y además Tove le gustó desde el primer momento. Intentó discernir si sentía algo más por ella, pero llegó a la conclusión de que durante un tiempo lo mejor sería dejar a un lado aquel tipo de emociones.
– Eres justo la persona apropiada -seguía diciendo Tove, y Henry empezó a sentir cada vez más que era verdad.
De momento no le preocupaba saber qué significaba ser la persona apropiada. Ya había dejado muy claro que él era un sujeto imposible de ser convertido a nada. Aunque lo que buscaba Tove no era hacer proselitismo.
La música seguía sonando frenéticamente. Henry se tomó bastantes cervezas danesas de las fuertes y fumó demasiados cigarrillos. Pasada la medianoche, había olvidado sus buenas intenciones y decidió que estaba completamente enamorado de Tove. A esas alturas ya sabía mucho de las contribuciones de los cuáqueros a la historia del mundo y él mismo no dejaba de hablar atropelladamente. Se sentía en su salsa.
Tove estaba cada vez más convencida, si eso era posible, de que Henry Morgan era un auténtico hallazgo. Y cuando a altas horas de la madrugada él reconoció que en realidad había desertado del ejército sueco, ella no pudo evitar que afloraran a sus ojos lágrimas de alegría. Henry el desertor fue recompensado con un beso en los labios.
Se fueron del club y caminaron cogidos del brazo a través de la temprana mañana de principios de verano de Copenhague. Se reían con la increíble historia de su evasión del ejército, y Tove afirmaba estar profundamente impresionada por su valentía y su audacia. Henry también se sentía embargado por la solemne alegría del momento. Él había hecho todo un hallazgo y ella había hecho todo un hallazgo, y todos tan contentos. Así es como serían las cosas en Copenhague.
Tal como le había dicho, Tove vivía en un gran apartamento en un edificio viejo y ruinoso junto al parque Örsted. Hizo callar a Henry cuando entraron y caminaron de puntillas por un largo pasillo hasta su habitación. Vivía de forma muy espartana: una cama, una cómoda y una librería. Era todo lo que tenía. Era todo lo que necesitaba.
No llegó más allá en su meditación reflexiva acerca de su vida reciente aquel día en la estancia soleada y sagrada de la casa de los cuáqueros. Desde hacía un par de semanas era el amante bendecido de Tove: era el hombre adecuado para ella. Y lo mismo opinaban Fredrik y Dine, de idéntico apellido, y también toda la familia cuáquera.
Por qué Henry Morgan era precisamente la persona apropiada era algo que no comprendía muy bien. Pero tenía la sensación de que algo importante se estaba tramando. Los cuáqueros de la casa no solo se sentaban a meditar. Eran gente muy activa. Algunos eran maestros o trabajadores sociales, mientras que otros tenían profesiones completamente convencionales, y aun así seguían siendo cuáqueros.
A principios de junio Fredrik y Dine se marcharon al campo, a una granja de la comunidad cuáquera en Jutlandia, justo a las afueras de Esbjerg. Una semana más tarde llegaron Henry y Tove. A Henry le parecía una perspectiva magnífica. Podría quedarse allí en el campo completamente gratis, todo el verano si quería. También tenían planes para lo que tendría que hacer más adelante, en otoño, pero de momento aquello estaba aparcado.
La granja de Jutlandia era muy bonita. Era una casa grande de ladrillo blanco, situada muy cerca de la costa. Había cientos de ovejas, media docena de vacas y algunos cerdos. Fredrik, el padre cuáquero con su barba de Rasputín, era un hombre muy práctico y con buen ojo para la agricultura. La granja ofrecía buenos ingresos, y era allí donde planeaban asentarse permanentemente porque Fredrik, profeta como era, preveía que la prosperidad económica que estaba viviendo Europa tarde o temprano entraría en crisis.
Henry estaba muy contento y agradecido porque lo habían acogido a pesar de estar perseguido por la policía. Trabajaba y se afanaba todo el día para mostrar su agradecimiento. Su gratitud era sin duda tan grande y profunda que con todo el trabajo que hizo en poco tiempo habría saldado, en principio, su deuda. Había reparado la valla, encalado la casa, puesto un nuevo suelo, limpiado los establos y arreglado tantas cosas que los cuáqueros tuvieron que pedirle que se lo tomara con más calma.
Henry les hizo caso e intentó relajarse. Daba largos paseos por los páramos o a lo largo de la costa, contemplando el mar. Nadaba y tomaba el sol, pero no encontró una auténtica paz interior hasta que empezó a componer en un viejo órgano de escuela que estaba en una de las estancias de la casa. Decidió que escribiría algo sacro, algo meditativo y tranquilo que permitiría a los demás sumergirse en la música y utilizarlo en sus sesiones. El órgano de la escuela era bastante viejo y estaba muy desafinado. El sistema de fuelles hacía que las frases salieran como espiraciones de un aparato de respiración asistida. Henry no estaba muy acostumbrado a sentarse e insuflar aire mediante fuelles, pero con perseverancia se consigue cualquier cosa.
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