Puso a su composición el sencillo título de «Salmo 1963», y tuve la oportunidad de escucharla al piano más de quince años después. Era una pieza realmente hermosa. A los cuáqueros pareció gustarles. Entiendo el porqué.
Pasaron los meses. Henry el danés componía música en el viejo órgano de escuela, mientras que los demás trabajaban en la granja y celebraban sus sesiones. De vez en cuando acudía gente a visitarlos. Eran hombres muy serios y reservados, algunos venidos de Suecia, que hablaban principalmente con Fredrik en el despacho que tenía en una de las alas de la granja. Sus conversaciones eran de carácter confidencial, y Henry no quería verse involucrado. Procuraba mantenerse al margen, pero a la larga no lo conseguiría.
Tove parecía feliz la mayor parte del tiempo. Pero en ocasiones soltaba frases llenas de ambigüedad, como el hecho de que era tan feliz que «se arrepentía de todo». Henry quería que se lo explicara, pero ella prefería no hacerlo. A veces lloraba por las noches cuando creía que él estaba dormido. Hacia el final del verano, Henry quiso saber qué era lo que estaba sucediendo, qué era lo que le pasaba a Tove. Ya no podía aguantar más todo aquel secretismo en torno a su persona.
– Pronto lo sabrás -le dijo Tove una noche-. Dentro de muy poco.
Habían cenado de forma copiosa, un ágape de aquellos que han dado fama a la cocina danesa: jamón graso y suculento, paté de hígado, revoltillo de huevos con anguilas, todo regado con grandes cantidades de aguardiente Aalborg. A Henry el licor le había puesto de muy buen humor, pero después de hacer el amor Tove rompió a llorar de nuevo y él quiso saber qué estaba ocurriendo. Le dijo que había notado que pasaban cosas raras.
– ¿Es que no puedes tener un poco más de paciencia?
– Lo quiero saber ahora, esta noche -insistió Henry-. No soporto verte llorar.
– No puedo decirte nada -contestó Tove-. No me está permitido.
– Creía que los cuáqueros erais muy francos.
– Duérmete. Y ten un poco más de paciencia.
Henry no tenía sueño. Estaba muy alterado por toda la situación, y además muy mosqueado por la presencia de todos aquellos espías trajeados merodeando por la finca. Estaba paranoico porque era un desertor buscado por la policía. Se vistió y salió a fumar un cigarrillo para tranquilizarse, pero en cuanto estuvo fuera se puso a llover. Una llovizna suave y fresca empezó a caer sobre la costa, y el mar se rizaba indolentemente, como si anunciara el otoño, una partida y la libertad.
Henry se preguntaba en qué diablos estaba metido. ¿Qué estaba haciendo allí, en aquel llano páramo danés? Simplemente había permitido que lo deportaran a aquel lugar, como si fuera una especie de prisionero. La lluvia y sus pensamientos lo estaban poniendo furioso, y entonces vio que había luz en el despacho de Fredrik. Se acercó sigilosamente para echar un vistazo en su interior.
Fredrik, con su barba de Rasputín, trabajaba sentado a su escritorio. Estaba encorvado bajo la luz de una lámpara, leyendo documentos. Tenía un gran mapa desplegado ante él, y de vez en cuando escribía en un libro negro.
Henry llamó al cristal de la ventana y Fredrik dio un respingo como si hubiera oído un disparo. Se tranquilizó en cuanto vio a Henry. Abrió la ventana y le preguntó en el nombre de Dios qué estaba haciendo allí bajo la lluvia.
– He visto que había luz -dijo Henry-. Hay algo que necesito saber…
– No grites tanto -dijo Fredrik-. Vas a despertar a toda la granja. Anda, entra.
Henry entró en el despacho y se sentó frente al escritorio.
– Ya lo sé -dijo Fredrik-. Sé que Tove no es feliz. Está triste, muy desesperada. Te quiere, Henry. Eso no entraba en los planes…
Fredrik parecía profundamente preocupado, con el ceño muy fruncido.
– ¿Qué quiere decir? ¿Qué planes?
Fredrik mordía pensativamente la punta de su lápiz. Su mojado suéter desprendía un vago olor a lana de oveja.
– ¿Qué está ocurriendo? -preguntó Henry-. Aquí está pasando algo, ¿verdad? Lo quiero saber ahora, porque tiene que ver conmigo…
– Muy bien -suspiró Fredrik, retorciéndose un mechón de la barba de Rasputín-. Supongo que será mejor así… ¿Conoces el caso de Kjell Nilsson?
– ¿El tipo de Lund?
– Ese mismo. Tal vez también sepas que él y otro estudiante sueco han sido detenidos.
– Me lo puedo imaginar.
– ¿Te atreverías a hacer lo que hicieron ellos?
– ¿Ir a Berlín?
– Sabemos que eres el hombre adecuado, Henry. Tienes la actitud necesaria para afrontar las cosas y eres valiente.
– ¿Cómo puede saber cuál es mi actitud ante las cosas?
– Eso se sabe, se nota. Conozco bien a la gente. Y Tove también. Y además nos hemos encargado de comprobarlo.
Henry se recostó en la silla y empezó a morderse las uñas.
– Bueno, basta de marear la perdiz -dijo irritado-. ¿Qué quiere de mí?
– La policía te busca, Henry -dijo Fredrik tranquilamente.
– ¿Y qué? Tengo pensado volver a Suecia cuando sea el momento apropiado.
– Pero te iría bien tener un nuevo pasaporte, ¿no crees?
– ¿Es alguna especie de chantaje?
– En absoluto -dijo Fredrik sin perder la compostura-. En absoluto. Es solo una cuestión de favores y devolución de favores…
– Así pues, ¿cuál es el plan? Escuchémoslo.
– Es sencillo -dijo Fredrik-. Lo cierto es que tú no corres mucho riesgo.
El cuáquero exigió de Henry un voto de confidencialidad, jurando por su honor y su conciencia, y le explicó el plan, al menos la parte del plan en que participaría Henry Morgan, e innegablemente era muy sencillo. Provisto de un pasaporte falso, tenía que tomar el ferry hasta Sassnitz y luego continuar en tren hasta Berlín. Allí debía hospedarse en un hotel y esperar un mensaje con instrucciones para la siguiente fase. Se trataba de un corto viaje vía Checkpoint Charlie hasta Berlín Este para entregar una partida de pasaportes falsos. Los documentos servirían para que mucha gente pudiera pasar al oeste.
– No hay muchas cosas que puedan fallar -dijo Fredrik-. Llevarás contigo una maleta de aspecto impecable con un doble fondo. Tendrás que entregarla a un hombre en Berlín Este, y después marcharte.
– ¡Qué insulso…! -exclamó Henry-. Como una mala novela policíaca.
– Hay tantas cosas insulsas en la vida.
– Lo dudo -repuso Henry.
– Por cierto, se me olvidaba decirte que recibirás una sustanciosa cantidad de dinero.
– ¿Dónde? -preguntó Henry un poco más interesado.
– En Berlín Oeste.
– ¿Y si me cogen?
– Es bastante improbable. Pero si ocurriera, serías entregado a las autoridades suecas. Existen ciertas garantías. Pero eso no va a suceder. Tenemos buenos contactos con muchos e influyentes ciudadanos suecos. La Liga Girrman también está actuando del mismo modo y nos ayudarán si algo sale mal.
– ¿Y Tove? -preguntó Henry-. ¿Cuándo volveré a verla?
– En cuanto regreses, por supuesto.
A Henry le pareció que allí había gato encerrado. Nunca había creído que esa clase de cosas sucedieran en la vida real. Y, a pesar de ello, no dudó en ningún momento de que Fredrik hablaba completamente en serio. Un hombre con una barba como aquella no podía estar de broma. Aquellos cuáqueros se traían algo entre manos -ya se había dado cuenta desde el primer momento- pero nunca se habría imaginado que fueran asuntos turbios de tal envergadura. Después de aquello, siempre sentiría una cierta afinidad con James Bond.
– Creo que todo este asunto apesta un poco a caso Wennerström -dijo Henry.
– Wennerström estaba en el otro bando. Él era militar.
– Eso no tiene nada que ver.
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