Klas Östergren - Caballeros

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Cuando el protagonista, homónimo del autor, conoce al gentleman Henry Morgan comprende que ha dado con su alma gemela. A Klas acaban de robárselo todo, así que decide ponerse en manos de Henry: este le descubre un anacrónico mundo de lujo, y le revela que está planeando robar el oro del castillo de Estocolmo. Y entonces aparece Leo, hermano de Henry y poeta maldito, que acaba de salir del psiquiátrico.
¿Quién supondría que una peligrosa trama de gángsters y contrabandistas estaría a la vuelta de la esquina?

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– Sí, lo sé -dijo Greta dejando de preparar la comida-. Pero ¿por qué no has dicho nada hasta ahora?

– He intentado arreglármelas solo. Y esta es la única solución.

– ¿Huir? ¿Esa es la solución? Bueno, supongo que esa ha sido siempre tu forma de solucionar las cosas. Eres igual que tu padre. Pero tú estás completamente loco. Me vas a echar a la policía encima…

– No voy a echarte a la policía encima. Me marcho del país y estaré fuera hasta que… hasta que…

– ¡Marcharte del país!

Greta se derrumbó sobre la mesa de la cocina, y a Henry se le ocurrió que siempre se aseguraba de que todas las mujeres lloraran por su culpa, aunque no sabía muy bien por qué.

«Estos siete años pasarán rápido, dijo el niño al que habían dado una paliza el primer día de clase.» Esas fueron las últimas palabras que supuestamente dijo Greta a su hijo.

Henry estaba en el recibidor, ataviado para el viaje y sosteniendo una maleta y el abrigo. No quería prolongar más aquello, porque sabía que empezarían a asaltarle dudas. Había entreabierto la puerta de Leo y había visto a su hermano pequeño por última vez en mucho tiempo. Leo ya era un niño prodigio de la poesía y había salido en televisión, en El Rincón de Hyland . Henry iba a echar de menos a su hermano, pero dudaba de que Leo lo echara de menos a él.

Greta pronunció uno de sus viejos proverbios para darse fuerzas tanto a ella como a Henry, y él se marchó. Bajó por la calle de Horn y llamó al timbre de la casa de su abuelo. Necesitaba dinero.

Desde que murió su esposa, el abuelo permanecía despierto hasta muy tarde. Había empezado a vivir la vida de nuevo junto a su peculiar club de caballeros MMM, y se había embarcado en proyectos secretos de los que nunca hablaba.

– Henry, muchacho -dijo el abuelo-. Estás completamente loco, pero siempre he tenido debilidad por los locos. Anda, pasa.

Henry entró en el apartamento, impregnado de olor a puro. Su abuelo estaba leyendo en el salón, sentado ante las brasas de un fuego que se extinguía. Estaba a punto de acostarse.

– Copenhague, dices -dijo el viejo Morgonstjärna-. Una ciudad muy agradable, pero deberías ir a París, por supuesto. Allí es donde estuve por última vez, veamos…

Y el anciano empezó a explicar anécdotas de su vida disipada en el continente, que Henry se sintió obligado a escuchar.

Dos horas más tarde estaba de nuevo en la calle. El abuelo Morgonstjärna le había dado a su nieto mil coronas en metálico, junto con su bendición y una insinuación de que a la larga sería necesario que el muchacho volviera a la casa. Solo más adelante sabría la razón.

Henry se despidió de Estocolmo, de Greta y de Leo, de su abuelo, de Maud y de W.S., y de todo lo que hasta entonces lo había retenido allí.

Se dio prisa para no arrepentirse ni verse embargado por la duda.

Si estalla la guerra

(Leo Morgan, 1960-1962)

La noche era oscura y deprimente; fuera lloviznaba. Todo el mundo estaba en sus casas. Había empezado una nueva década, y al principio la gente no salía, hasta que pronto comprendieron que aquella sería una década célebre a nivel mundial y que no tenía sentido quedarse encerrado en casa.

Leo Morgan estaba en sexto curso y tenía bastantes deberes, tareas que siempre hacía meticulosamente por la noche después de cenar. Aquella noche en particular tenía que estudiar para un examen de matemáticas. Era una noche oscura, muy apropiada para ecuaciones complicadas. Había bajado al piso de Verner Hansson para que este le ayudara con algunos problemas, pero su madre no lo dejó entrar. Le dijo que Verner estaba enfermo. Leo pudo oír cómo Verner trasteaba por su habitación, lo que despertó su curiosidad, pero su madre estaba firmemente decidida y no había nada que hacer. La madre de Verner era la más estricta de todo el edificio. También estaba sola, como Greta, pero siempre había sido así. El padre de Verner había desaparecido hacía muchos, muchos años, y Verner aseguraba que era marinero y que vivía en una isla de los mares del Sur. Muy pronto se reuniría con él, en cuanto acabara la escuela. A Verner le gustaba «Hansson», como llamaba a su padre, a pesar de no haberlo visto nunca. Le gustaba la gente que simplemente desaparecía, como en aquellos casos que de vez en cuando salían en los periódicos y que explicaban que un niño había salido a buscar leña una noche, como solía hacer tantas noches, y simplemente desaparecía y no volvía a saberse más de él. Y siempre ocurría a cien kilómetros por lo menos del pueblo más cercano, y no dejaba ningún rastro…

A Verner Hansson le encantaba elucubrar sobre aquellos misteriosos casos. Ya tenía una buena colección de ellos, una especie de archivo de personas desaparecidas con toda la información que había salido en los periódicos. Era algo terriblemente inquietante. Verner era sin duda muy dado a los efectismos.

Pero aquella tarde de octubre de 1960 a Leo no se le permitió visitar a Verner porque su madre así lo había decidido y no había lugar a discusión. Por eso tuvo que dedicar más tiempo a las matemáticas, y le costó bastante empezar con los deberes de sueco. Leo tenía que escribir un pequeño tratado, como el profesor con especial devoción por el Antiguo Testamento llamaba a las redacciones, sobre su herbario. El tema lo había elegido él mismo, aunque la tarea era obligatoria. Ahora estaba sentado a la luz de la lámpara, hojeando las láminas de su herbario una y otra vez e intentando contar algo sobre su método de recoger plantas o explicar algunas anécdotas acerca de la campana de Storm, la flor más gloriosa de todas.

Describió las húmedas mañanas de junio en que se levantaba muy temprano e iba a los prados a buscar plantas. El rocío se notaba todavía frío y fresco, escribió. Pero le resultaba muy difícil redactar algo sobre el herbario de la isla de Storm, porque, no importaba cómo empezase, siempre acababa con aquella terrible noche de solsticio de verano, con el rojo acordeón brillando al sol de la mañana, los lamentos de la gente fundiéndose con los graznidos de las voraces gaviotas y Gus Morgan en la playa, ahogado. A Leo le entraba miedo y se ponía enfermo solo de pensar en aquello, y se le quitaban las ganas de escribir nada. Pero estaba obligado a presentar algo, y así fue como desembocó en la poesía. Leo escribió unos cuantos versos cortos sobre su herbario, aunque sabía que era totalmente ridículo escribir poesía. Era lo que hacían las chicas en sus diarios, y siempre hablando de algún chico del que estaban enamoradas sin ser correspondidas. Pero los poemas de Leo eran de otro cariz completamente distinto: eran en cierto modo anticuados y solemnes; no había amor en ellos, y eso era bueno.

Se sentía bastante satisfecho. Al menos ahora tenía algo que presentar al profesor devoto del Antiguo Testamento, que seguramente expresaría su aprobación a un muchacho que escribía poesía. Leo fue a la cocina para tomarse un vaso de leche. Greta estaba allí sentada, remendando calcetines y escuchando la radio. Estaban retransmitiendo un programa de tributo a Jussi Björling, y Greta parecía a punto de llorar. Era una gran pena, decía. Jussi tenía una voz hermosísima, como nunca más volvería a escucharse.

El mundialmente célebre tenor era conocido como «Jussi» por todos los suecos. Greta, como todas las demás mujeres, le lloraban con genuino amor. Sollozaba calladamente sobre la cesta de la costura, llena de un número infinito de medias y calcetines gastados, con los talones y las puntas agujereados. Estaba subyugada por la dorada voz de Jussi, que otorgaba a su mirada un aire remoto y soñador que Leo nunca había visto hasta entonces. Se preguntó con qué estaría soñando. Ella aún no podía saber que justo aquella noche había nacido un nuevo bardo en Escandinavia, un poeta a cuyos poemas se les pondría música y serían grabados en discos por una famosa cantante de ópera. Si Jussi hubiera seguido vivo, quizá también él los habría cantado… eso es algo que nunca se sabrá.

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