Klas Östergren - Caballeros

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Cuando el protagonista, homónimo del autor, conoce al gentleman Henry Morgan comprende que ha dado con su alma gemela. A Klas acaban de robárselo todo, así que decide ponerse en manos de Henry: este le descubre un anacrónico mundo de lujo, y le revela que está planeando robar el oro del castillo de Estocolmo. Y entonces aparece Leo, hermano de Henry y poeta maldito, que acaba de salir del psiquiátrico.
¿Quién supondría que una peligrosa trama de gángsters y contrabandistas estaría a la vuelta de la esquina?

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En el fondo, nadie quería saber la verdad. Muy pronto el profesor Lans fue canonizado como un santo local y se convirtió en una especie de héroe entre los estudiantes, la combinación perfecta de valor y debilidad. Había reaccionado con fuerza ante la maldad en el mundo, reconociendo su debilidad, y aun así había sido tan valiente como Hemingway, que recientemente se había colocado una escopeta debajo de la barbilla y había apretado el gatillo. En realidad nadie lo había explicado así, pero cualquiera con una pizca de fantasía podía leer entre líneas. Eso era lo que tenía que haber ocurrido. Un cazador como Hemingway no muere por un disparo fortuito de su propia escopeta. Lo mismo servía para el profesor Lans. Había sido «un matador gentil en la plaza de la vida», como escribió en su obituario el sensiblero poeta Henry Morgan.

Al joven Henry le afectó mucho la muerte de su profesor, pero no pensó en el suicidio durante aquel otoño de 1961. No le importaba no acabar convirtiéndose en un nuevo Ingo o un Lennart Risberg en el mundo del boxeo. Pero sí pensaba en el asesinato, simple y llanamente. De nuevo se veía a merced de los caprichos de Maud, quien le abría las puertas de su casa solo cuando les iba bien a ella y a su arreglo con W.S. Aquello era más de lo que Henry el cachorrillo podía soportar, aunque Maud, tanto por su credibilidad como por su integridad, aseguraba a su joven amante que las cosas no eran así en absoluto.

El otoño transcurrió marcado por aquella extraña suerte de pasión, y el invierno estaba ya a las puertas. En noviembre nevó, pero fue algo excepcional. Parecía como si aquella Navidad no fuera a haber nieve en las calles, pero por entonces Henry no era de los que andaban preocupándose por el tiempo que hacía. Henry estaba completamente bloqueado: se sentía incapaz de dar respuesta a su pregunta de si debía soportar la sombra constante de W.S. Había visto a aquel hombre en una fotografía -a veces, cuando estaba seguro de no ser descubierto, volvía a echar un vistazo al álbum de Maud-, y ella continuaba regalándole ropa y objetos de valor que, ineludiblemente, acababan en la casa de empeños. A aquellas alturas ya habían sido bastantes los obsequios, desde la elegante pitillera hasta gruesas pulseras de oro, gemelos y agujas de corbata con piedras preciosas. Sabía que todo aquello ascendía ya a una suma considerable, sin duda más de dos mil coronas, y empezaba a estar un poco preocupado. De alguna manera, había vendido su honor.

Henry podía ir a casa de Maud una noche sintiéndose atraído por una fuerza desconocida y que a veces no tenía nada que ver con el amor o el deseo, casi como si W.S., el hombre en las sombras, lo empujara hacia delante.

Pero en cuanto llegaba al apartamento de Maud todo cambiaba. Se sentía como en casa y desaparecían todas sus dudas. Se sentaban y hablaban frente al televisor como si fueran un matrimonio. Maud decía que era feliz. Ella lo deseaba, halagaba su vanidad y lo llenaba de regalos, y él sentía la suave caricia de sus favores sobre el pecho cada vez que estaba allí, como el cosquilleo de una pluma de pavo real: placer y desagrado se convertían en una escolástica incomprensible.

Al principio Henry se sentía completamente inferior e inculto, lo que en cierto modo era verdad: no era sino el hijo de una criada que ni siquiera abrigaba la ambición de llegar a ser alguien, luchar, lamentarse por su situación o esforzarse por mejorarla. Solo quería divertirse, tocar el piano con su cuarteto, boxear y vivir la vida. Pero se arredraba ante cualquier prueba de su fuerza, retrocedía ante las vastas profundidades, ante una posible derrota. Pero Maud le tomó de la mano y con el tiempo le enseñó que una derrota no significaba el fin. Llevó a Henry el bastardo al Museo de Arte Moderno y confrontó su salvaje mente a la disciplinada intoxicación del arte más moderno. En el museo había actuaciones de jazz, y en ocasiones Henry tenía que tocar allí con el Bear Quartet, que poco a poco se iba convirtiendo en un grupo legendario. Sobre todo, desde que el pianista al que sustituía Henry estaba viviendo una existencia abocada a una profunda angustia, una Weltschmerz , y a una convulsa y desesperada creatividad.

La ambición de Maud era educar a Henry, usar con él las tijeras de podar, como hubiera dicho Willis. Henry tenía con este una deuda de gratitud, y ahora también la tenía con Maud, aunque esta aseguraba que era ella la que estaba en deuda en él. Le decía que sin él sería solo la mitad de una persona, y que sería incapaz de soportarlo. Se lo decía tan a menudo y le regalaba tantas cosas que él casi llegó a sentirse algo cansado de todo aquello. Su generosidad podía convertirse fácilmente en una forma de ofrenda sin sentido, un derroche atolondrado.

De vez en cuando lograba percibir un atisbo de la fragilidad de la que Maud hablaba con frecuencia, pero que conseguía ocultar estupendamente. Podía suceder cuando se descubría una espinilla en la cara y de inmediato cogía un espejo y el estuche de maquillaje para camuflar la imperfección. Lo hacía de forma asustada y angustiada, como temerosa de ser descubierta en algo embarazoso y denigrante.

Quizá fuera aquella fachada de perfección que ocultaba su desesperado deseo de eternidad lo que tenía tan fascinado a Henry; exactamente como los decorados de Scott Fitzgerald en un Hollywood al borde del colapso: un sueño puesto de manifiesto y un aviso de la destrucción, todo al mismo tiempo.

Esprit d’escalier era la definición más exacta y precisa de lo que Henry experimentaba cada vez que dejaba a Maud para ir al instituto o a su casa o a donde fuera, porque no podía quedarse en su apartamento. Esprit d’escalier significa que se te ocurre lo que deberías haber dicho cuando ya estás en el portal y es demasiado tarde; algo que has ido pensando y madurando mientras bajabas la escalera. Como cuando te encuentras a un auténtico cretino por la calle, maleducado e insolente, y a los cinco minutos te viene a la mente la réplica perfecta, aguda y contundente, que lo hubiera puesto en su sitio.

Cuando Henry dejaba a Maud, casi siempre quería decirle que ya no soportaba más aquella situación. Henry nunca había sentido tantos celos, y jamás habría creído que pudiera sentirse así. Hasta entonces había carecido de motivos para ello, pero ahora los celos se habían apoderado de él, de forma inapelable. Estaban allí como una voz machacona, una sombra, una ráfaga de viento que le envolvía en la acera por donde caminaba, algo que le acompañaba a cada paso que daba: no podía detenerse y dejarlo pasar, y tampoco podía escapar corriendo.

Mucha gente ha intentado llevar una relación de triángulo amoroso, pero me pregunto si eso es siquiera posible. Ya resulta bastante complicada una relación normal entre dos individuos, tan difícil de conservar, con lo desesperantemente impredecibles que pueden ser dos personas. Si, además, hay que tener en cuenta a alguien más, la situación es doblemente compleja. Especialmente cuando, como en mi caso, solo se conoce a una de las personas implicadas: Henry, el narrador, el mentiroso, el traidor traicionado.

Pensar en W.S. era como imaginar a un hermano al que nunca había conocido. En alguna ciudad de algún país había una persona que compartía su misma sangre, la sangre que él pensaba que compartía con Maud. Existía otra persona que conocía a Maud del mismo modo en que él la conocía, que hablaba de él, que pensaba en él y que quizá incluso estuviera celoso de él, pero a la que nunca había visto.

Henry llevaba camisas con las iniciales W.S. bordadas por dentro del cuello, debajo de la etiqueta del fabricante. Henry recibía objetos pertenecientes a W.S. que inmediatamente empeñaba y gracias a los cuales podía vivir bastante bien. Maud afirmaba que ni Henry ni W.S. eran hombres tan completos como para poder ser suficientes por sí solos. Los necesitaba a los dos.

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