Klas Östergren - Caballeros

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Cuando el protagonista, homónimo del autor, conoce al gentleman Henry Morgan comprende que ha dado con su alma gemela. A Klas acaban de robárselo todo, así que decide ponerse en manos de Henry: este le descubre un anacrónico mundo de lujo, y le revela que está planeando robar el oro del castillo de Estocolmo. Y entonces aparece Leo, hermano de Henry y poeta maldito, que acaba de salir del psiquiátrico.
¿Quién supondría que una peligrosa trama de gángsters y contrabandistas estaría a la vuelta de la esquina?

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Durante los primeros meses del invierno de 1962 -cuando se firmó la paz en Argelia y el equipo sueco de hockey sobre hielo Tre Kronor ganó la medalla de oro en los campeonatos mundiales celebrados en Colorado Springs-, Maud y Henry empezaron a enzarzarse en violentas discusiones que tenían su origen en auténticas nimiedades. Henry tocaba con frecuencia junto al Bear Quartet en las nuevas galerías de arte que se estaban abriendo en la ciudad. Los artistas modernos que exponían insistían en que fuera el Bear Quartet el que tocara en las fiestas de inauguración, y Henry iba con ellos, ya que su pianista habitual parecía abocado sin remedio a su propio destino -que coincidía en muchos aspectos con el de otras estrellas del jazz-y su única misión en la vida se había convertido en planificar, con siniestra minuciosidad, su propio final, como un mapa con una gran X que señalara al cementerio de Norra.

En aquellas elegantes inauguraciones en las que se servía vino tinto y canapés, Maud se paseaba haciendo comentarios bastante ácidos sobre el Arte, ya que el único artista que aún seguía contando era Pollock, y sus epígonos suecos eran incapaces de aportar nada nuevo, al menos en opinión de Maud. Henry el crítico de arte sentía cierta debilidad por aquel tipo de arte moderno, y no podía entender la urgencia de Maud por encontrar algo nuevo. Así es como estallaba la discusión, que a menudo desembocaba en una gran escena que era especialmente apreciada por los artistas, aunque bastante menos por los galeristas, preocupados por sus clientes y por mantener un ambiente tranquilo para sus compras. En algunos eventos Maud llegó incluso a arrojarle copas y platos de porcelana a su joven amante, porque, en el fondo de todas aquellas discusiones, lo único que subyacía eran los celos de Henry. Estaba convencido de que Maud solo asistía para exhibirse y desplegar sus encantos, algo en lo que había parte de razón. Y eso otorgaba mayor fervor a sus argumentos. La pasión con que Henry defendía su adhesión a los pintores modernos se basaba en su deseo de encontrar a iguales, bohemios, creadores escogidos que pudieran amar a una mujer de una manera mucho más profunda que los ricos hombres de negocios que viajaban por el mundo y mantenían a sus amantes a una prudente distancia. Maud conocía perfectamente las intenciones de Henry, como también sabía que el resto del público -los buitres, la hidra que asistía a todas las inauguraciones en busca de una aceituna y algo de diversión- entendía a qué se refería Henry.

Después de aquellas confrontaciones, Henry resbalaba y daba trompicones en la nieve hasta caer de bruces en algún ventisquero, en espera de misericordia, de que Maud lo perdonara y lo rescatara de una muerte segura, o cuando menos de una pulmonía. Esperaba de ella que lo llevara a casa, le preparara un caldito y metiera en la cama al pianista, artista y crítico de arte. Y, al filo de la madrugada, se reconciliaran en susurros.

Durante aquella primavera, Lily Berglund cantaba «Cuando es primavera y hace sol y tienes diecisiete, hay tantas cosas que no comprendes». Y Henry entendía tanto del Gran Jazz y del Gran Arte como sabía poco del Gran Amor. Al igual que la chica traicionada de la canción, él se había despojado del manto de inocencia infantil que lo había protegido de acusaciones y responsabilidades. Solo le quedaban unos miserables años de adolescencia, y ya se sentía como un hombre completamente adulto.

Una tarde de abril fue convocado por la junta de servicio militar para una entrevista. Puesto que había pasado las pruebas físicas con una destreza excepcional y tampoco podía ser considerado mentalmente incapacitado, él y los futuros mandos coincidieron en que sus aptitudes deberían ser aprovechadas en alguna actividad de guardia. Después de todo, también Ingmar Johansson había estado en los comandos de montaña. Por su parte, Henry habría preferido ser destinado en el archipiélago, como guardia marina. A los oficiales les pareció estupendo, y el asunto quedó zanjado. No tenían ni idea de lo que hacían.

Aquella tarde memorable llamó a Maud porque quería cenar con ella. La primavera estaba en el aire, y él se sentía de buen humor, tan ingenuo como Sven Dufva, el valiente y leal soldado de la obra épica de Runeberg, a quien siempre se había parecido. Ya hacía un año que estaba con Maud y aquello tenía que celebrarse con la debida pompa y circunstancia.

Maud acababa de llegar de trabajar y le insistió en que se pasara por casa. Ella le dijo por teléfono que tenía algo importante que contarle. Parecía seria, decidida y ansiosa. Henry esperaba que hubiera estado considerando su propuesta de intercambiarse los anillos, y además que hubiese decidido aceptar aquella oportunidad que le deparaba la vida. Sería el regalo ideal para su primer aniversario.

Maud tenía una expresión sombría cuando abrió la puerta. Parecía haber estado llorando. Henry colgó su abrigo en el perchero, que se inclinó contra la pared. Como sorpresa, le había comprado una bolsa de de regaliz salado de a dos cincuenta en Augusta Jansson. Maud sonrió y pareció conmovida.

– Henry. Estoy embarazada.

Henry sintió de pronto una ligera sensación de mareo, y se sentó en el sofá de la sala de estar. Serio y solemne, encendió un cigarrillo y dijo:

– Voy a pedir inmediatamente una prórroga del servicio militar.

Maud no pudo evitar reírse.

– Eres maravilloso, Henry. Pensé que lo primero que preguntarías era quién era el padre.

Henry no había llegado a pensar tanto. Lo primero que le había venido a la cabeza era si podría hacerse cargo económicamente.

– ¿Es eso lo que pensabas de mí? No es muy considerado de tu parte.

– Una chica nunca sabe -repuso Maud-. Has sido siempre tan celoso. Pero no va a haber ningún problema…

– ¿Cómo dices?

– Tengo hora con un médico. Pasado mañana. Es un buen médico.

Henry comprendió a lo que se refería, y se derrumbó como un saco, como si le hubieran asestado un golpe duro y directo en el plexo solar.

– ¿Te sientes aliviado? -preguntó Maud.

– ¿Es que no entiendes nada?

– Ahora no vayas a enfadarte. Ya está decidido. Hemos llegado a un acuerdo.

– ¿Quiénes?

– Wille y yo -dijo Maud encendiendo un cigarrillo.

Henry sintió que se le revolvía el estómago. No quería oír mencionar aquel nombre ahora, y menos en un tono tan familiar como «Wille».

– ¿Así que se lo has explicado primero a él?

– Henry, tienes solo dieciocho años…

– ¡A la mierda! Yo puedo encargarme de esto. ¡No me jodas con lo de la edad!

– Cálmate -dijo Maud pacientemente-. No tienes que enfadarte por esto. Lo primero y más importante, soy yo quien tiene que decidirlo, ¿estamos? Y ahora no quiero tener niños. Hay un montón de cosas que quiero hacer antes, y quiero seguir siendo libre durante un tiempo…

– ¡Para poder seguir jugando con tipos como yo!

– ¡No digas tonterías! Intenta ser un poco sensato.

– ¡Un poco sensato…! -repitió Henry-. Frío y cínico, eso es lo que es.

– Estás siendo terriblemente inmaduro enfadándote así.

– No soy para nada inmaduro. Quiero asumir mi responsabilidad -dijo Henry intentando sonar serio-. Acabo el instituto dentro de un mes. Buscaré un buen trabajo y no hay más que decir.

– No hay discusión que valga, Henry. Me alegra que quieras asumir responsabilidades, de verdad, pero… Esta vez, no.

– ¿Cómo puedes hablar siquiera de «esta vez»?

– Henry -dijo Maud, poniendo una mano sobre la rodilla de él-. Estás aún más enfadado que yo. Pero no es algo tan extraordinario. Ocurre cada día, en todas partes.

– Para mí es algo extraordinario -replicó Henry-. Realmente extraordinario.

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