Klas Östergren - Caballeros
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¿Quién supondría que una peligrosa trama de gángsters y contrabandistas estaría a la vuelta de la esquina?
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Curiosamente, a Maud no le sorprendió aquello en lo más mínimo. Ella no buscaba nada de él. En realidad ya lo había notado, pero no había sabido qué actitud tomar. Wilhelm Sterner era un hombre maduro de las altas esferas del mundo financiero, y un buen amigo de su difunto padre. Desde que podía recordar, había visto a aquel hombre a intervalos regulares en diversos lugares del mundo. No estaba claro si podría pensar en él como algo más que un sustituto de su padre.
Pasó una mano por el espeso cabello de Wilhelm Sterner y le acercó la cabeza contra su pecho, seguramente sin tener ni idea de que en el futuro repetiría aquel gesto muchas veces.
Su relación se convirtió en lo que habitualmente se califica de «aventura». Oficialmente, sus encuentros se llevaron tan en secreto como las «aventuras» de su madre. Había muchas hienas que aseguraban que esas tendencias son hereditarias.
– Quiero ver una foto de él -dijo Henry-. Debes de tener alguna foto de él.
– ¿Es realmente necesario? -repuso Maud-. Mira que eres complicado…
Para entonces ya era bastante tarde; era la noche en que Henry fue a casa de Maud después de la fiesta de graduación y ella le explicó de qué manera se había convertido en la amante de Wilhelm Sterner: ella siempre lo llamaba «mi amante». Y es muy probable que la historia fuera bastante menos banal que como yo la refiero. La explico conforme a la narración dramatizada de Henry, sin duda tergiversada por sus celos crecientes. En aquella época de principios de los años sesenta, Henry se había obsesionado con su rival, al que nunca había visto: solo podía imaginárselo. Wilhelm Sterner era un magnate financiero de la escuela de Wallenberg. Non videre sed esse , estar sin ser visto: ese era su eslogan para la vida.
– Tengo un álbum de fotos -dijo Maud, cediendo-. Pero ¿tenemos que verlas ahora? Estoy cansada. Mañana tengo que salir temprano.
– Quiero ver una foto de él -dijo Henry-. Lo necesito.
Maud fue al dormitorio y volvió con un álbum de fotos. Empezaron a hojearlo. Se trataba del típico álbum de familia con pies de foto escritos por ella misma, excepto en las imágenes de los primeros años. Su madre se lo había regalado cuando cumplió diez años, con las primeras fotografías que mostraban a Maud de bebé vestida con puntillas blancas, y a un orgulloso padre de uniforme que se inclina sobre la cuna en el convulso año de 1936.
Maud se reía mientras leía en voz alta sus infantiles comentarios a las fotografías captadas mientras paseaban por Nueva York, Londres y París. Retratos en blanco y negro tomados en Suecia a principios de los años cuarenta, cuando su padre, vestido de uniforme, volvía a casa de permiso. Henry observó que el hombre había llegado a sargento, y que en aquella época la madre todavía era feliz, sentada en casa y escuchando a Ulla Billqvist con las cortinas echadas.
– Aquí hay una fotografía de mi padre y de Wilhelm Sterner -dijo finalmente, mostrándole una foto de Yakarta en el año cincuenta y seis-. Fue tomada poco antes del accidente…
Henry no sentía tanta curiosidad por el padre como por Sterner. Tenía el aspecto que había imaginado, con un traje de raya diplomática y americana cruzada. Parecía a la vez pesado y fornido de una manera indefinible. Parecía un hombre en la cumbre de su vida, un hombre con ideas, iniciativa y creatividad, de trato afable en los momentos apropiados, y serio y grave cuando la situación lo requería. Parecía estar en muy buen forma: seguro que de joven había sido lanzador de jabalina, porque tenía un cuello poderoso. Por eso sus camisas le quedaban tan bien a Henry.
– ¿Ya estás satisfecho? -preguntó Maud.
– Es exactamente como me lo había imaginado -dijo Henry-. Tenía muy buen aspecto.
– Y todavía lo tiene.
– ¿Le haces feliz?
– Creo que sí.
– ¿Y qué hay de ti?
– La verdad es que os quiero a los dos -dijo Maud-. Sois tan diferentes, y no solo por la edad. Contigo me siento una persona completamente distinta. Eres tan… inexperto, tan inocente… Pero con él es diferente. Es un hombre muy reservado y trabajador, aunque en realidad no me interesa nada su trabajo. Lo cierto es que es muy… ingenioso, aunque suene ridículo. Dice que le hago olvidarse de la muerte…
– ¿Y cuánto tiempo crees que puedes seguir con esto? -preguntó Henry-. No creo que puedas dividirte en dos toda la vida…
– ¿Por qué no? -dijo Maud-. Ahora vamos a estar un tiempo sin vernos, tú y yo. Tal vez ya hayas encontrado a otra cuando yo regrese.
– No cuentes con ello. ¿Y qué opina él de mí?
– Dice que me comprende. Y quiere saberlo todo de ti, hasta el último detalle.
– ¿Y tú se lo cuentas?
– Por supuesto. ¿Tendría que mentirle?
– No -dijo Henry-, eso no.
Maud encendió su último cigarrillo de la noche, y en cierto modo parecía aliviada, como si hubiera despejado el ambiente.
– Ahora ya sabes todo lo que querías saber de mí. Después de esto, tal vez ya no me quieras.
Henry le cogió el cigarrillo de la mano y lo apagó escrupulosamente en el cenicero.
– Claro que sí, más que nunca.
Una vez más, Willis y el Club Atlético Europa fueron su salvación de la perdición total. Henry ahogó sus penas y sus anhelos en sudor y linimento. Consagró el verano a entrenarse para el combate con el que Willis llevaba insistiéndole tanto tiempo. Se trataba de los campeonatos nacionales en Estocolmo, y Henry había peleado en un par de combates preparatorios y lo cierto es que lo había hecho bastante bien. El amargo verano le había traído también un trabajito extra en la línea de tranvías, además de los largos y ascéticos entrenamientos en el Europa. Durante este período de total abstinencia, Henry había alcanzado un óptimo estado de forma. El campeonato nacional tendría lugar justo cuando empezaran las clases, e incluso había obtenido un permiso para poder entrenar de forma apropiada y sin presiones hasta el último momento. El director del Södra Latin no era un gran entusiasta del boxeo, pero no podía dejar que un alumno tan popular como Henry Morgan perdiera la oportunidad de triunfar. Tampoco le haría ningún mal al instituto tener a un campeón sueco andando por sus pasillos. Willis había llamado personalmente al centro docente para agradecer la exención y había hablado en términos muy elogiosos de Henry, prácticamente garantizando que les devolverían a un campeón nacional junior de peso wélter.
Solo alguien que haya entrenado o preparado a un púgil para una competición tan importante como el campeonato nacional puede entender cómo esa tensión afecta a la mente. Willis le animó a que por las mañanas y por las noches saliera a correr, y Henry así lo hizo, ejercitándose a lo largo del Söder dos veces al día. Cumplió rigurosamente con todo el programa de entrenamiento hasta el último momento.
Sin embargo, nunca llegó «el último momento». El primer combate debía tener lugar una noche a finales de agosto, y justo aquella tarde, cuando Henry estaba en casa haciendo una comida apropiada y con tiempo suficiente antes del combate, sonó el teléfono. Henry se encontraba solo en casa. Greta estaba trabajando en las clases municipales de costura y Leo había ido a la escuela. Y la fortuna quiso que fuese Maud la que llamaba. Había regresado.
Henry había recibido muchos golpes aquel verano, golpes muy fuertes de algunos sparrings de sucias tácticas, pero en su lucha incansable los había olvidado rápidamente. Pero aquel golpe era demasiado fuerte para él. Una hora más tarde estaba tendido en la cama de Maud en Lärkstaden, y todo quedó perdonado.
Cuando el gong sonó, Willis estaba allí plantado, maldiciendo.
El último año de Henry Morgan en el instituto estuvo marcado por el signo de la indignación. Los profesores llevaban los periódicos del día a las clases, y eso solo podía significar que algo histórico estaba sucediendo. No se trataba solo de que las chicas fueran admitidas en el Södra Latin, sino de algo mucho más extraordinario que eso: se estaba construyendo un muro en Berlín. Kilómetros y kilómetros de alambrada en grandes cantidades -¿o era una forma de densidad extremadamente cargada?- que habían alcanzado una magnitud propia: un muro infranqueable, el muro de Berlín, Die Mauer. Había una extrema tensión en las relaciones diplomáticas, los agentes realizaban labores de espionaje como nunca antes y los comunicados hablaban de graves altercados, refugiados y tragedias. El ambiente se volvía cada vez más tenso y menos diplomático, y nadie sabía a ciencia cierta cuál era la potencia del ejército ruso, que estaba tras el Telón de Acero.
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