Klas Östergren - Caballeros

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Cuando el protagonista, homónimo del autor, conoce al gentleman Henry Morgan comprende que ha dado con su alma gemela. A Klas acaban de robárselo todo, así que decide ponerse en manos de Henry: este le descubre un anacrónico mundo de lujo, y le revela que está planeando robar el oro del castillo de Estocolmo. Y entonces aparece Leo, hermano de Henry y poeta maldito, que acaba de salir del psiquiátrico.
¿Quién supondría que una peligrosa trama de gángsters y contrabandistas estaría a la vuelta de la esquina?

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Le confió a Wilhelm Sterner que estaba pensando en solicitar un puesto que se había anunciado para Hungría. Quería un cambio, y tal vez podría ser de utilidad en Hungría en ese momento.

Wilhelm Sterner intentó dirigir su atención hacia otros problemas, como las dificultades por las que atravesaba en su propio hogar. Lo primero y más importante era aclarar la situación con su familia. Y estaba claro que también podría resultar de gran utilidad en Yakarta. Se estaban produciendo movimientos en aquellas islas, aquellas tres mil islas volcánicas en ebullición que querían ver la cabeza de Sukarno en una bandeja. Entonces tendría la oportunidad de volver a interpretar el papel de héroe, si era eso lo que quería. Sterner había hablado con Maud y ella había llorado: no porque se marchaba, sino porque estaba asustada y preocupada.

Wilhelm Sterner percibió que el consejero oía lo que le estaba diciendo, pero no escuchaba. El padre de Maud parecía muy concentrado, y aun así totalmente ausente. Le recordaba a un animista que intentara escuchar la lluvia, escuchar a las gotas de lluvia hablar, cantar y predecir las cosechas.

El padre de Maud miraba obstinadamente la lluvia que caía afuera, asegurando que en Hungría sería de mayor utilidad. Iba a solicitar el puesto.

Ya era muy tarde, y debían volver a la ciudad. Maud y Wilhelm Sterner iban a tomar un vuelo que llegaría a Suecia hacia el mediodía. Sus dos coches estaban estacionados en la cuesta de delante de la Casa de Té. El del consejero era un potente vehículo inglés con grandes ruedas de tractor, mientras que Wilhelm Sterner había alquilado un jeep, un viejo jeep colonial con capota. Para conducir por aquellas pistas se requerían coches duros y pesados. La lluvia había penetrado en la tierra, totalmente anegada de agua, y en algunos lugares debían atravesar lagunillas de un metro de profundidad, mientras que en otros puntos se producían pequeños deslizamientos de lodo. El camino que conducía a la Casa de Té nunca era el mismo, cambiaba constantemente. No importaba las veces que se hubiera hecho: allí nunca se estaría completamente seguro.

El vehículo del padre de Maud iba lleno de porcelana de las Indias. Había comprado una partida a muy buen precio, y quería que Maud se llevara una caja a Suecia. Lo mejor era llevarse los objetos valiosos poco a poco.

El jeep de Wilhelm Sterner iba detrás, y estaba teniendo algunos problemas para seguir al consejero. Derrapaba y patinaba en las curvas, y Sterner estaba sorprendido al ver que el padre de Maud conducía a bastante velocidad. Los dos eran buenos conductores, pero en aquel terreno no se aplicaban las reglas habituales. El camino era totalmente imprevisible, y al salir de cualquier curva podían encontrarse con follaje colgando sobre la carretera, azotando el parabrisas, oscureciendo el camino, lo cual era suficiente para perder el control del coche.

Ocurrió como a unos diez kilómetros de Yakarta. Wilhelm Sterner se había quedado rezagado, avanzando muy lentamente, y al acercarse a una curva vio a gente gritando y haciendo aspavientos de forma angustiosa y alarmante. Algunos bajaban corriendo por una pendiente embarrizada y de maleza tupida, chillando, tirándose de los pelos, gimiendo y vociferando.

Wilhelm Sterner pisó los frenos con una ominosa sensación de lo ocurrido. Más tarde afirmaría que lo había presentido todo el tiempo. El padre de Maud conducía condenadamente rápido, innecesariamente rápido, porque en realidad no tenían tanta prisa.

El coche se había salido de la carretera y había rodado por la pendiente hasta quedar empotrado en el tronco de una palmera. El cuerpo del padre de Maud estaba cubierto por fragmentos ensangrentados de porcelana de las Indias.

Tras el ceremonioso entierro, como correspondía a un consejero diplomático, la madre permaneció ingresada el resto del verano en un sanatorio de la zona de Leksand, en Suecia. Se sentía culpable por lo ocurrido a su traicionado y enterrado marido. Su histeria, hasta entonces más o menos controlada, había evolucionado a una psicosis aguda ya en Indonesia, durante los frenéticos días en que prepararon su vuelta a casa. Maud tuvo que hacerse cargo de todo, además de controlar que su madre no tomara demasiadas pastillas.

Wilhelm Sterner se convirtió en alguien imprescindible. Fue él quien les dio la noticia de la muerte. También fue quien se encargó de la repatriación del cadáver, de todos los preparativos del servicio funerario, así como de alojarlas en Estocolmo.

Así pues, durante todo aquel caluroso verano de 1956 la madre de Maud estuvo ingresada en el sanatorio de la provincia de Dalarna. Su psicosis pasó por diversos estadios, pero en el fondo de todo subyacía una culpa irreparable e incurable que se extendió como una plaga después de la muerte de su marido. La mujer, tras el terrible shock, estaba completamente convencida de que debía morir, quería morir. En ocasiones se pasaba las noches enteras profiriendo lamentaciones acerca de los bultos de la muerte que se notaba en sus maltrechos senos.

Gracias a un muy paciente psiquiatra y con la ayuda de Maud, su madre fue dada de alta y consiguió llevar una vida más o menos decente en un apartamento bastante amplio de la calle Karla. Maud también consiguió un buen trabajo como secretaria en el Ministerio de Asuntos Exteriores. Aquel era el motivo por el que en un principio había pensando dejar Yakarta, antes de que ocurriera la tragedia.

También fue Wilhelm Sterner quien le consiguió el pequeño apartamento de dos habitaciones en Lärkstaden. Él había vivido allí disfrutando de su soltería empedernida, pero con el tiempo y a medida que iba accediendo a cargos de mayor importancia necesitó más espacio. Había entrado en el mundo de las altas finanzas y, según muchos rumores insistentes pero sin confirmar, se había convertido en una especie de delfín de Wallenberg.

Maud se mudó a aquel encantador apartamento en otoño de 1956. Lo redecoró completamente, convirtiéndolo en un lugar adaptado a sus necesidades. Lo amuebló de forma espartana pero con un gusto exquisito, colgó en las paredes tallas de madera del Lejano Oriente e hizo que lo enmoquetaran, algo extremadamente inusual y exclusivo en aquella época.

Maud era una mujer joven de su tiempo. Se las arreglaba muy bien viviendo sola. Se compró un tocadiscos, y era tan moderna que incluso adquirió un televisor. Eran los primeros días de la televisión, y ver imágenes en pantalla tal vez no fuera exactamente una experiencia trascendente para una joven de mundo como Maud, pero aun así seguía siendo algo extraordinario.

Probablemente estuviera viendo la televisión una tarde de aquel otoño cuando oyó que alguien abría la puerta y entraba en el vestíbulo. Estaba aterrorizada y ni siquiera le dio tiempo a decidir si debía fingir que no había oído nada y seguir mirando la televisión, o si debía levantarse y ponerse a chillar como una loca.

Era Wilhelm Sterner quien entró en la sala de estar. Saludó a la aterrada Maud y le explicó que aún tenía una copia de la llave y que quería entregársela al propietario.

Suspiró aliviada y le dijo que no hubiera estado de más llamar al timbre antes de entrar. Sterner se disculpó y se encogió de hombros para mostrar su pesar. Preguntó a Maud si podía ofrecerle un café.

Mientras Maud hacía el café, Sterner se quedó sentado en el sofá, todavía con el abrigo puesto y con un aspecto afligido y triste. Naturalmente ella le preguntó qué pasaba, si había ocurrido algo en especial.

Wilhelm Sterner la miró fijamente con sus ojos melancólicos y claros, que también infundían respeto. Reconoció que no había ido a visitarla por la maldita llave. Era por algo más importante.

Maud ni siquiera tuvo tiempo de encenderse un cigarrillo cuando Wilhelm Sterner se arrojó de rodillas sobre su regazo, llorando desesperado. Le confesó que había estado enamorado de ella desde que la vio en Yakarta. Que estaba dispuesto a hacer lo que fuera por ella: sacrificar su carrera o hacer lo que ella le pidiera.

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