Klas Östergren - Caballeros
Здесь есть возможность читать онлайн «Klas Östergren - Caballeros» весь текст электронной книги совершенно бесплатно (целиком полную версию без сокращений). В некоторых случаях можно слушать аудио, скачать через торрент в формате fb2 и присутствует краткое содержание. Жанр: Современная проза, на испанском языке. Описание произведения, (предисловие) а так же отзывы посетителей доступны на портале библиотеки ЛибКат.
- Название:Caballeros
- Автор:
- Жанр:
- Год:неизвестен
- ISBN:нет данных
- Рейтинг книги:3 / 5. Голосов: 1
-
Избранное:Добавить в избранное
- Отзывы:
-
Ваша оценка:
- 60
- 1
- 2
- 3
- 4
- 5
Caballeros: краткое содержание, описание и аннотация
Предлагаем к чтению аннотацию, описание, краткое содержание или предисловие (зависит от того, что написал сам автор книги «Caballeros»). Если вы не нашли необходимую информацию о книге — напишите в комментариях, мы постараемся отыскать её.
¿Quién supondría que una peligrosa trama de gángsters y contrabandistas estaría a la vuelta de la esquina?
Caballeros — читать онлайн бесплатно полную книгу (весь текст) целиком
Ниже представлен текст книги, разбитый по страницам. Система сохранения места последней прочитанной страницы, позволяет с удобством читать онлайн бесплатно книгу «Caballeros», без необходимости каждый раз заново искать на чём Вы остановились. Поставьте закладку, и сможете в любой момент перейти на страницу, на которой закончили чтение.
Интервал:
Закладка:
El cuarteto de Henry tocó todo el repertorio previsto de canciones estudiantiles, y nadie notó lo desafinados que sonaron ni le importó a nadie. Uno de los graduados, un anodino muchacho de Enskede, dio una gran fiesta en su casa. El grupo tocó en ella, y durante las pausas Henry engullía cuanto podía, siempre acompañado de una buena copa situada tras el atril del piano. Se trataba del típico piano de fabricación en serie, comprado para aparentar, que le habían prestado y estaba completamente desafinado.
Después del banquete habría un baile, y todos coincidieron en que querían bailar swing y foxtrot y Elvis, así que el cuarteto podía marcharse. Henry recibió cincuenta coronas del orgulloso padre que, lloroso, agradecido y solemne a la vez, intentó articular unas cuantas frases corteses de agradecimiento hacia los músicos y les deseó buena suerte para el futuro.
Henry consiguió que lo llevaran hasta Hötorget en el coche de unos familiares igualmente llorosos y sentimentales, que llevaban sus birretes de graduación amarilleados por el tiempo. Tomaron por la carretera del túnel, y justo en su interior Henry empezó a silbar «Haz girar mi mundo». El eco hizo que sonara grandiosa, como anunciando una despedida final y definitiva.
Maud llevaba puesto un traje, un traje muy elegante, y un chaleco de polo. Al momento, Henry comprendió que «él» había estado allí. Henry estaba un poco borracho y desesperado, pero intentó ocultarlo. No quería estropear aquella noche, que sería la última durante un período indefinido.
– Pero no se trata de «un período de tiempo indefinido» -dijo Maud, imitando el tono enojado de Henry-. Volveré en agosto o septiembre.
– No me has dicho ni siquiera adónde vas -dijo Henry, hundiéndose en el sofá sin prestar atención al tocadiscos. Estaba harto de música, cansado, hastiado de cualquier tipo de sonido.
– Por cierto, ¿cómo ha ido la fiesta?
– ¿Qué más da? -gruñó Henry-. ¿Tienes algo de beber?
Maud fue a la cocina y regresó con una bandeja con ginebra y grappa.
– No bebas demasiado -dijo.
Henry cogió un paquete de John Silver, encendió un cigarrillo y se recostó en el sofá.
– No utilizas la pitillera… -dijo Maud-. ¿La has vendido?
– No la he vendido -dijo Henry, algo incomodado-. Pero la he empeñado. En cuanto consiga un poco de dinero la recuperaré.
– No importa -repuso Maud-. Tal vez tenía que ser así… De todos modos, ya lo sabe todo.
– ¿Y…?
– Le da igual. O al menos eso dice.
– ¿Te vas con él?
Maud asintió con la cabeza y se sirvió un trago corto. En el estado en que se encontraba, Henry no estaba especialmente inquisitivo. Solo sentía una leve y amortiguada sensación de celos, porque ya desde el principio había recibido un ultimátum y sabía que nunca conseguiría tenerla para él solo. W.S. estaría siempre allí como una sombra, una eminencia gris que nunca dejaría una tarjeta de visita completa. Henry había acabado por acostumbrarse a ello. No amaba a Maud de aquella forma apasionada con que imaginaba que debía hacerlo. La amaba de una manera completamente diferente, tal vez de un modo más serio y profundo que aún no lograba entender, y que tampoco quería entender.
Maud había decidido poner todas las cartas sobre la mesa, proporcionarle a Henry todos los datos sobre el caso, explicarle quién era W.S. y por qué ella los necesitaba a los dos.
Érase una vez, hace muchos años, un enorme baúl americano y un par de maletas en un sofocante vestíbulo, lejos, muy lejos. Maud había colocado con sumo cuidado las etiquetas con su nombre y después la palabra «Suecia». Durante mucho tiempo se estuvo preguntando por qué había escrito «Suecia», porque del mismo modo podría haber puesto «Yakarta» o «apátrida», porque así era como en realidad se sentía. Había vivido en tantos lugares que ya no se sentía sueca. Pero en ese momento el destino era «Suecia», justo en aquel fatídico día de hacía ya tanto tiempo.
Maud y todo el mundo sabían que su madre se olvidaba fácilmente de las cosas. Se debía a las pastillas que tomaba para los nervios. Si le decías algo por la mañana, a la hora de comer ya lo había olvidado. No siempre era así, pero casi. En ese momento no recordaba dónde estaba el padre de Maud. Esta le contestó que estaba en la Casa de Té.
Su madre se veía un tanto demacrada, aunque todavía conservaba gran parte de su encanto. Era la más hermosa de todas las esposas de los diplomáticos de Yakarta, incluidas las femmes fatales de la delegación francesa. De alguna manera, la madre de Maud había sido víctima de su propia belleza: la había hecho infeliz.
Le pidió a Maud que le sirviera una copa, una suave, porque ya habían dado las dos de la tarde. Le preguntó a su hija si sabía algo de Wilhelm.
Maud se dirigió hacia el carrito del té con las bebidas que estaba apoyado en la pared, cerca de la ventana. Miró hacia fuera, pero solo vio lluvia, la lluvia del monzón que caía sin cesar desde hacía una semana. Claro que sabía algo de Wilhelm. Había ido a la Casa de Té con papá. Querían comprar porcelana, y regresarían sobre las tres.
La madre de Maud se sentía molesta. No sabía si era por la lluvia, pero suponía que debía de ser eso. Le dolían los hombros, lo cual se debía probablemente a la humedad. Se sentía molesta y también quería volver con ellos a Estocolmo. En Suecia era primavera, y podías comer alcachofas en las terrazas de los restaurantes. Echaba de menos las verduras suecas.
Su madre seguía parloteando, pero Maud no la escuchaba. Solo escuchaba la lluvia incesante, mientras intentaba discernir si se sentía nerviosa por el viaje y añoraba el «hogar» en Suecia, o si realmente echaba de menos algo de allí, pero no logró dar con lo que podía ser.
Aproximadamente al mismo tiempo que Maud colgaba su ropa en el gran baúl americano con la etiqueta «Suecia» y colocaba sus últimas cosas en las maletas, su padre, consejero de la embajada sueca en Yakarta, y su gran amigo Wilhelm Sterner estaban sentados en la Casa de Té charlando. La Casa de Té era el nombre de un pequeño refugio, o, mejor dicho, una cabaña de sencilla construcción, que habían alquilado para escapar de la ciudad de vez en cuando. Estaba ubicada en la ladera de una montaña a las afueras de un pequeño pueblo situado a unos treinta kilómetros al sudeste de Yakarta.
Las magníficas vistas daban a un extenso valle y a un antiguo y extinto volcán. El bosque tropical trepaba por las laderas del volcán en colores verdes apagados; densas nubes rodeaban la cima y ocultaban un monasterio budista. Más de una noche habían permanecido sentados allí, escuchando a los animales, bebiendo whisky y conversando.
Wilhelm Sterner y el consejero eran viejos compañeros de estudios. Los dos habían estudiado derecho y se habían especializado en derecho internacional, y ambos habían acabado en el cuerpo diplomático, la buena vida. Ahora, en el año 1956, Sterner había aceptado una propuesta para ocupar un alto cargo en el sector privado. Iba a dejar la buena vida diplomática y regresaba a casa, a Suecia. Pero el consejero pensaba seguir con su carrera.
Estaban sentados en la terraza de la Casa de Té, charlando acerca de la lluvia tropical. Sin duda duraría un par de semanas más, y Wilhelm Sterner no veía ninguna objeción en volver a casa. Prometió cuidar de Maud. El consejero se lamentaba: le parecía que se había alejado mucho de su familia y que las cosas no marchaban como deberían.
Wilhelm Sterner estaba algo incómodo. Nadie podría decir si el consejero sabía lo que los demás sabían: era, en cierto sentido, un idealista como Dag Hammarskjöld. El consejero y Hammarskjöld habían coincidido en Nueva York, y el padre de Maud se refería constantemente a aquel encuentro. Le costaba mucho explicar lo que había sentido en realidad. Se había sentido inferior y a la vez fortalecido, como si hubiera encontrado un hermano del alma en Hammarskjöld, como si sus visiones del mundo fueran exactamente la misma. El padre de Maud siempre había sido una persona abierta y cerrada a la vez, una figura pública pero muy celosa de su privacidad. De todos era sabido que su mujer no soportaba aquello. Ella había buscado sus propias vías de escape, y él parecía haber deseado y aceptado de buen grado la carga de esa cruz de Cristo tan pronto como tuvo la oportunidad de echársela al hombro.
Читать дальшеИнтервал:
Закладка:
Похожие книги на «Caballeros»
Представляем Вашему вниманию похожие книги на «Caballeros» списком для выбора. Мы отобрали схожую по названию и смыслу литературу в надежде предоставить читателям больше вариантов отыскать новые, интересные, ещё непрочитанные произведения.
Обсуждение, отзывы о книге «Caballeros» и просто собственные мнения читателей. Оставьте ваши комментарии, напишите, что Вы думаете о произведении, его смысле или главных героях. Укажите что конкретно понравилось, а что нет, и почему Вы так считаете.