Klas Östergren - Caballeros

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Cuando el protagonista, homónimo del autor, conoce al gentleman Henry Morgan comprende que ha dado con su alma gemela. A Klas acaban de robárselo todo, así que decide ponerse en manos de Henry: este le descubre un anacrónico mundo de lujo, y le revela que está planeando robar el oro del castillo de Estocolmo. Y entonces aparece Leo, hermano de Henry y poeta maldito, que acaba de salir del psiquiátrico.
¿Quién supondría que una peligrosa trama de gángsters y contrabandistas estaría a la vuelta de la esquina?

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Los invitados -es decir, los evacuados- aplaudieron con efusión el breve discurso del conserje, y la maniobra se dio por finalizada oficialmente. Maud y Henry subieron al apartamento. Mientras Henry colgaba el abrigo en el perchero, que se tambaleó contra la pared, Maud ya iba camino del dormitorio.

Era una mañana a finales de abril de 1961 -la mejor época de aquella extraña relación-, y después de desayunar Maud se había sentado en el suelo delante del televisor, con el albornoz puesto y una taza de té entre las piernas. Henry estaba completamente absorto viendo cómo el buque real Wasa emergía de las aguas. Se pudo ver cómo Fälting, el jefe del comando de submarinistas, jadeaba en busca de aire a través de su tubo, y a la banda de la marina entonar una pieza musical con renovado vigor. La gente vitoreaba y aplaudía. Los cámaras de televisión en Lodbrok no paraban de filmar.

Para casi todo el mundo, aquello era una revelación que emergía desde las profundidades de la historia de hacía trescientos treinta y tres años: un casco de roble chorreante de limo y agua, lleno de cañones, barriles de aguardiente, monedas de cobre, vasijas de cerámica, jarras de vidrio soplado, cubiertos y esculturas. Y, mientras emergía a la superficie, era como si se oyeran las órdenes y contraórdenes proferidas por el capitán de fragata, lanzadas cuando el navío se dirigía hacia la bocana del puerto en plena guerra de los Treinta Años en Estocolmo. El agua había empezado a entrar por las cañoneras y el pánico se desencadenó con toda su virulencia. La catástrofe fue inevitable.

Pero para Henry aquel no era un momento de revelación. En absoluto. Más bien, todo lo contrario. Cuando el buque real Wasa emergió a la superficie aquel día, él estaba completamente absorbido por el acontecimiento histórico, pero a sus ojos no era algo que estuviera siendo sacado del pestilente cieno de las profundidades. En su lugar, algo se estaba sumergiendo, hundiendo, siendo consignado para la historia. Contemplaba aquello con su insaciable curiosidad, pero sus pensamientos estaban lejos, muy lejos. Estaba pensando en el Arca, el barco que habían intentado construir en la isla de Storm. Su abuelo materno, el constructor de barcos, puso el proyecto en marcha y todos los veranos trabajaron en aquella nave con la que pensaban dar la vuelta al mundo. Henry leía acerca de Joshua Slocum y Hornblower y se sumergía en sus ensoñaciones. Mientras soñaba iba cepillando todos los maderos, haciendo encajar cada vez más las juntas, hasta que se produjo la catástrofe y todo terminó allí en la isla de Storm.

El Arca nunca llegó a acabarse. Permanecía aún en uno de los cobertizos, a medio terminar, descarnada e irreal, como un monumental esqueleto de alce que encuentras en el bosque y cuyas entrañas han sido devoradas por los zorros hasta dejar sus costillas desnudas y apuntando hacia el cielo como las cuadernas de una quilla. El Arca seguía en la isla de Storm, donde los últimos componentes de la familia de su madre vagaban perplejos y confusos como locos degenerados, esperando a los visitantes estivales, el correo y las provisiones frescas. Henry había albergado el sueño de volver algún día, como si nada hubiera ocurrido, dar aguardiente a su abuelo hasta emborracharlo, insuflarle algo de vida al viejo, hacer que se pusiera los malolientes calzoncillos largos y llevarlo hasta el cobertizo para acabar el Arca. Pero el agua que rodeaba la isla de Storm estaba envenenada para siempre, pútrida y estancada en las ensenadas, donde flotaban las algas muertas que se descomponían lentamente en la profundidad, en la oscura profundidad. El Arca permanecería por siempre como un esqueleto de alce, descarnado por voraces hienas que dejaron sus costillas apuntando hacia el cielo como las cuadernas de una quilla, como una acusación, como un recordatorio de la tristeza y de la imposibilidad del descanso eterno.

Solo entonces, mientras estaba tumbado junto a Maud viendo cómo el buque real Wasa afloraba a la superficie en medio de los vítores del gentío, pudo Henry hundir el Arca, dejar que llegara hasta el fondo, posarse sobre la tumba de cieno que había dejado vacante el Wasa . El sueño del Arca pertenecía a su infancia, y Henry quería dejarlo atrás porque en ese momento se sentía fuerte y ebrio de amor.

Henry empezó a reír cuando de pronto cesó la música y la multitud se quedó callada. Durante un perturbador instante todos se quedaron en silencio, como preguntándose: ¿Qué es lo que hemos hecho?, casi avergonzados por haber despertado a una dama de su letargo de trescientos treinta y tres años, en el que hubiera preferido seguir. Henry reía cada vez más fuerte, hasta que la risa dio paso a un callado sollozo; las lágrimas empezaron a aflorar de sus ojos y se sintió liberado, limpio y exonerado.

El apartamento estaba lleno de narcisos trompeta amarillos, que desprendían un fuerte olor a martirio y a sufrimiento. Henry había sufrido, y creía que siempre iba a sufrir, que nunca alcanzaría el perdón y el consuelo del gran amor. Pero ahora le había llegado, mientras permanecía allí sentado mirando cómo sacaban a la superficie un barco antiquísimo. Los narcisos olían a sufrimiento, pero Maud olía a vida y a deseo.

Ella no notó que había estado llorando cuando él se le acercó por detrás. Estaba tumbada sobre la moqueta frente al televisor con la vista fija en el buque real Wasa , mientras Henry descubría cuidadosamente su cuerpo, del modo en que solo puede descubrirse el mascarón de proa de un viejo balandro hundido.

Henry iba al instituto Södra Latin. Había ingresado como un joven pupilo varios años después del suicidio de su famoso alumno Stig Dagerman, y el pánico que le habían producido la película Hets y el libro La serpiente aún acechaba en las sombras terroríficas que la barandilla de hierro forjado proyectaba sobre las paredes. Henry había crecido en sus filas de muchachos sometidos a la rígida disciplina docente, en las colas de gruesos jerséis y cazadoras de gamuza y cuellos bien restregados, muchachos que con los años se van haciendo más grandes y fuertes, sus cazadoras son reemplazadas por abrigos y juegan a ser hombres jóvenes que van a los bares y fuman. Rondaban por los alrededores de la escuela para señoritas de la calle Göt, a la que asistían las muchachas de las zonas residenciales al sur de Söder, que se asomaban y se reían detrás de las cortinas a la espera de ser invitadas al baile del Södra Latin. Era este un instituto lleno de disciplina y rituales masculinos, e imagino que a Henry le fue bastante bien allí. Era pianista y boxeador, pero también fue uno de los que más ruidosamente celebró la llegada, gracias a la nueva ordenanza docente asistida por el derecho parlamentario, de la primera jovencita que cruzaría con sus delicados pies las macizas puertas de aquel instituto para recibir una enseñanza que hasta entonces solo estaba reservada a varones. Aquello fue en el otoño de 1961.

Pero en la primavera de aquel último año de instituto exclusivamente masculino, Henry deambulaba por los pasillos silbando «Tutti Tutti», y se dormía más profundamente de lo habitual durante las clases. El joven Morgan estaba disfrutando de una vida azarosa con una mujer madura.

Su cuarteto, claro está, debía actuar en las fiestas de graduación. Morgan no quería ni pensar en cómo podría soportar otro año más allí cuando aquellos vocingleros recién graduados atravesaron corriendo las pesadas puertas y descendieron al trote las escaleras que había bajo el reloj del instituto, borrachos y alegres, con las lágrimas mezclándose con polvos de tocador, perfume y ponche. Los orgullosos padres daban instrucciones al cuarteto sobre cómo debían sentarse en el tradicional camión que, a modo de carroza, llevaría a los homenajeados por la ciudad, y también que no empezaran a tocar antes de tal o cual momento, pero Henry se pasaba todo aquello por el forro. Tenía que tocar la guitarra porque nadie se atrevía a subir el piano a la caja del camión, y eso lo había puesto de muy mal humor. Por eso le traía sin cuidado si la actuación gustaba o no a quienes la pagaban. Había decidido que esa noche comería y bebería cuanto pudiera, completamente gratis, y después se dirigiría a casa de Maud. Ella se marchaba. Había llorado y había hecho llorar también a Henry. Maud se marchaba y estaría fuera todo el verano.

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