Klas Östergren - Caballeros

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Cuando el protagonista, homónimo del autor, conoce al gentleman Henry Morgan comprende que ha dado con su alma gemela. A Klas acaban de robárselo todo, así que decide ponerse en manos de Henry: este le descubre un anacrónico mundo de lujo, y le revela que está planeando robar el oro del castillo de Estocolmo. Y entonces aparece Leo, hermano de Henry y poeta maldito, que acaba de salir del psiquiátrico.
¿Quién supondría que una peligrosa trama de gángsters y contrabandistas estaría a la vuelta de la esquina?

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Para Henry aquello era realmente extraordinario, pero sabía que no lograría convencer a Maud de que tuviera a la criatura. Había tomado una decisión, y no pensaba cambiarla.

Tal como me lo contó dieciséis años después, no se trataba solo de una mujer que acudió a un frío consultorio de la ciudad y dejó que un médico extrajera un organismo en gestación de su cuerpo, tras lo cual se fue a casa, se tomó unas cuantas pastillas y permaneció varios días en estado de letargo. También se trataba de un joven al que se denegó para siempre la posibilidad de convertirse en un ciudadano normal y decente.

Bajo la superficie de amargura y reproches, Henry sintió que aquella primavera algo mucho más grave que lo ocurrido a Maud le había sucedido a él. No tuvo lugar en la clínica abortista: fue en el interior de Henry. Afirmó sentirse como si nunca más pudiera querer nada, significara aquello lo que significase.

Aquella tarde en que había previsto celebrar su primer aniversario y en cambio Maud le contó que pensaba abortar, la velada acabó con Henry marchándose dando un portazo, herido en su orgullo y vagando por la ciudad como un personaje atormentado de Dostoievski. Los pensamientos se arremolinaban en su cabeza y, aunque sabía que la batalla estaba perdida, se negaba a darse por vencido. Tenía que dirigir aquellas fuerzas en apariencia invencibles contra algo. No le bastó con arrastrarse y pedirle a Willis que le perdonara y preparara su regreso al ring con sesiones dobles de entrenamiento en el Club Atlético Europa. No era suficiente. Dirigió toda su ira contra W.S. Imaginó su maldita cara de adonis justo en el centro del saco, y recompuso sus rasgos tal y como hubiera querido que fuesen. Para Henry, W.S. era un rostro lleno de promesas ya cumplidas acerca de su creatividad y su actitud emprendedora dentro del mundo de los negocios, y que estaba subiendo como la espuma. Y dentro de poco, sin ninguna duda, aquel magnate se convertiría en uno de los ejecutivos más influyentes del reino de Suecia. ¿Cómo sería Maud entonces? ¿Seguiría en un futuro deslizándose por los salones, sosteniendo con aire desenfadado un dry martini mientras devoraba con los ojos a jovencitos que la desearan, la adoraran, la veneraran como a un símbolo de la eterna juventud?

Si en todo aquel asunto había una fuerza maligna oculta, esa era Wilhelm Sterner. A fin de cuentas, era él quien estaba actuando irresponsablemente. Cuando por fin Henry tenía una oportunidad de demostrar que no era solo un bufón, un necio que nunca se responsabilizaba de nadie salvo de sí mismo, le negaron aquella posibilidad. El pequeño embrión de una vida decente fue arrancado en una clínica detrás de cortinas corridas.

Las iniciales W.S. se convirtieron en una especie de invocación, un misterioso anagrama, un código críptico, una señal de alarma. Henry no se había puesto en contacto con Maud desde hacía días, y ella tampoco lo había intentado. Después de la operación, había pasado la mayor parte del tiempo tumbada y durmiendo. Henry simplemente se plantó en el portal que estaba enfrente del edificio de Maud. Se descubrió a sí mismo allí, en un oscuro umbral, en una portería que olía a periódicos viejos apilados y a frituras nauseabundas. Del mismo modo que se decía que algunos asesinos y otros criminales despertaban a un nuevo tipo de conciencia tras el crimen cometido, de alguna manera Henry empezó a conocerse a sí mismo mientras estaba allí, oculto en el portal. No podía explicar cómo había acabado allí, ni tampoco por qué. Tomó conciencia de su propio aliento, del latido de su corazón, como si hubiera reconocido a un viejo amigo de la infancia, o a aquel hermano que has tenido toda la vida pero al que nunca has conocido.

Algunas personas solitarias salieron del portal de su edificio, pero no les prestó mayor atención. Hacia las nueve de la noche -había sido una larga tarde de primavera y ahora ya estaba bastante oscuro-, W.S. salió del edificio. Henry lo reconoció al instante, pese a que solo había visto su cara en una fotografía. En cuanto W.S. empezó a caminar por la calle, Henry salió de su escondite y le siguió. Henry quería acercarse más, ver cómo se movía y averiguar lo que iba a hacer después de haber estado unas horas en casa de Maud.

W.S. tenía un andar muy flexible. Llevaba un gabán azul oscuro, sombrero de ala bastante ancha y zapatos ligeros, probablemente italianos. Iba muy elegante, y sorteaba con presteza los ventisqueros que aún no se habían deshecho. Cerca de la calle Birger Jarl sacó un cigarrillo y lo encendió. Henry vio cómo se iluminaba su rostro al resplandor del mechero, e intentó recordar cuántos encendedores de plata con las iniciales W.S. había empeñado. Había perdido la cuenta. ¿Es que aquel tipo no se cansaba nunca de comprar nueva parafernalia?, se preguntó.

El hombre atravesó Engelbrektsplan, continuó hacia Stureplan y entró en el bar Sturehof, o pub, como se le llamaba a la manera inglesa. Henry esperó bastante rato afuera en la fría noche. Después se hartó y se fue a casa. No tenía dinero ni valor suficientes para entrar.

A la tercera noche, aquel proceso se había convertido en rutina. Henry la sombra conocía ya el patrón, como un auténtico detective. Se deslizaba fuera del portal de enfrente del edificio de Maud y seguía el rastro de W.S. Incluso se atrevía a silbar por lo bajo «Putti Putti», caminando con las manos en los bolsillos y el cuello del abrigo levantado. En una ocasión estuvo a punto de salir disparado a encenderle el cigarrillo a W.S. con su propio mechero. Pero se contuvo.

Aquella noche en concreto se armó de valor y entró en el Sturehof detrás de su presa. Incluso encontró un sitio a su lado en la barra del bar. Solo entonces empezó a sentir la excitación, el estímulo perturbador del perro de caza. Haciendo acopio de todas sus fuerzas, Henry fue capaz de controlarse. A punto estuvo de lanzarse a su cuello, echarle las manos alrededor de la garganta y apretar hasta que el cartílago se rompiera entre sus dedos. En cambio, se limitó a mirar fijamente las botellas que había tras la barra, suspirando profundamente. Intentó percibir el olor de W.S. ¿Olería a Maud? ¿Utilizaría la loción para después del afeitado que había en el cuarto de baño de Maud? Pero Henry no consiguió oler nada.

W.S. sacó un cigarrillo y Henry aprovechó la ocasión.

– ¿Fuego? -preguntó, girándose hacia W.S. y alargando un encendedor que pertenecía al hombre.

– Gracias -respondió W.S.-. Una Guinness -continuó, dirigiéndose al camarero de la barra.

– Sí, señor -dijo este-. ¿Y por aquí?

– Lo mismo -contestó Henry, a pesar de que no sabía lo que era una Guinness.

Henry observó a W.S. por el espejo que había detrás de la barra. El hombre ofrecía el aspecto que debía tener, es decir, estupendo. A pesar de moverse de forma ligera y flexible, había algo de pesado y contundente en él. Henry supuso que eso era lo que Maud llamaba el peso de la experiencia.

W.S. sacó un diario vespertino del bolsillo de su gabán y empezó a hojearlo distraídamente. Se echó a reír leyendo un reportaje acerca del campeonato nacional de twist, que se estaba celebrando en la sala Nalen.

– Supongo que tendré que aprender a bailar twist para estar al día -dijo en voz alta.

– No creo que el twist tenga mucho futuro -murmuró Henry.

– Creía que a todos los jóvenes les gustaba bailar el twist -dijo W.S.

– Yo odio bailar -repuso Henry.

W.S. se echó a reír de nuevo y observó a Henry con una mirada larga y penetrante, como si de pronto se le hubiera hecho la luz. A Henry le entró un poco de miedo, y empezó a preguntarse si Maud también tendría una foto de él, cosa que dudaba. No podía ser identificado. Simplemente W.S. tenía una mirada de acero, de las que haría falta un martillo para penetrar. Pero en realidad no había maldad en sus ojos; más bien cierta curiosidad, un interés compasivo. Tal vez fuera esa mirada la razón de su éxito tanto con las mujeres como con los hombres de negocios.

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